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NO SE PONCHE, CÉSAR VALDÉS

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Luis Sexto

¿Será cierto? El sitio Cubadebate ha informado que César Valdés, uno de los oficiales mejor calificados en el béisbol cubano,  se retira del terreno. No vestirá más de negro. El luto lo llevará en el alma. Está dolido. Porque -ha dicho-  aficionados y periodistas han culpado a los árbitros de haber estropeado la última etapa del  campeonato nacional.

La renuncia, según Valdés,  es irrevocable. En particular, le temo a los adjetivos  inapelables. La experiencia me ha enseñado que nada  humano puede darse por definitivo, salvo la muerte. La sabiduría popular  lo ilustra con esta máxima: nunca  digas que de esta agua no beberás. Recientemente,  tuve que rectificar cuando cerré, “irrevocablemente”,  la opción de comentar mis post. Y luego, tras pensarlo, y consultarlo en un aparte durante la discusión de una tesis universitaria sobre la blogosfera, mis colegas del tribunal me recomendaron abrir.  Abre tu blog a los comentarios; no importa que entren los zafios, los peseteros, los tontuelos que disfrutan con insultar o estorbar.  Abre para que los internautas inteligentes y bienintencionados  enriquezcan tus textos. Y abrí…

Ahora bien,  qué más puede uno intuir, aparte de su ofendida dignidad, en el retiro de este hombrón, ancho como una muralla y que suele ser certero como un misil cuando canta out o safe. Los árbitros habitualmente han soportado injurias del público y protestas de los jugadores. Pero comprendo que en el presente ya es intolerable la agresividad verbal e incluso física.  Peloteros y directores olvidan que las jugadas de apreciación son inapelables, y aquí el absoluto si cabe en propiedad. Imaginemos que un árbitro canta: ¡estrai!,  y luego, a una reclamación, rectifica y grita: ¡bola! A dónde irá  el béisbol, sin orden, sin disciplina, sin autoridad.

Lo dije en otro texto, publicado en mi blog: la crisis del béisbol es la misma que la del país. La pelota cubana sufre una crisis de autoridad, una crisis de valores y una crisis técnica. Pero hablar de crisis no significa hablar de decadencia. Crisis no significa ruina. En su etimología griega quiere decir que quien está en crisis está sometido a juicio, a prueba. Y el juicio y la prueba dan la oportunidad de superar el momento crucial. Si no puedes pasar el examen, te desmoronas.

Nada desconocido revelaré. Pero, como el campesino azuza el trabajo  repitiendo el  nombre de sus  bueyes mientras aran,  es preciso  vocear que un número estimable del público ha rebajado el respeto por el juego. El fanatismo ha usurpado el aire de la pasión sana ante un partido de béisbol. Digamos que se ha desviado hacia un fanatismo soez.  Y  me atrevo a preguntar: ¿acaso las apuestas ilícitas no estarán  calentando la grosería y la violencia en  las gradas, incluso fuera de ellas?

En el terreno, la vergüenza y el honor deportivo en ciertos jugadores han empalidecido;  se han quedado como en ropa interior.  Y parece que los mentores, unos o todos, han perdido metodología y facultades para alzar como causa, más que la vitoria, el triunfo del juego limpio y entero. El deporte es un drama, un drama que estimula la catarsis hacia la transformación denodada, capaz de besar la arcilla o la hierba por una tarde o una noche de gloria.  Si yo fuera pelotero, me preguntaría cada vez que corriera, guante en mano, hacia el campo corto, puesto de mi adolescencia soñadora: ¿Estaré dispuesto a no figurar en los elencos y estadísticas, a renunciar a que mi nombre sea mencionado y consultado dentro de un siglo por quienes seguirán creyendo  en  las hazañas del pasado?

Los árbitros, sabemos, se equivocan. Estos hombres vestidos de negro, como se titula un reciente libro de José Antonio Fulgueiras, sufren cuando yerran, y a veces no quieren errar. El propio  periodista villaclareño  cuenta en sus entrevistas que uno de ellos le confesó: la jugada era quieto; debí abrir los brazos y  sin embargo levanté el pulgar. Qué me pasó.  No lo sé. ¿El relámpago de la velocidad me habrá dictado la orden contraria? Sólo sé que esa noche no comí ni dormí.

César, César Valdés, escuche. Soy periodista. Comprendo que algunos de nosotros no sabemos que el equilibrio es la mejor evidencia de nuestra capacidad técnica para juzgar y expresarnos.  Nos falta equilibrio; nos falta cultura; nos falta sensatez. A mí me faltan esas cualidades que establecen la diferencia entre el profesional y el aventurero.  Pero escúcheme: ¿A pesar de su experiencia, persistirá en su decisión? ¿Creerá usted que un hombre útil y honrado puede apartarse irrevocablemente  de sus deberes cuando sabe que otros hombres necesitan de él?  

Que renuncien los ineptos, los aprovechados, los de la vista gorda; que renuncien  los copilotos de Julio Verne, que dan la vuelta al mundo sin ningún objeto creador, salvo el de vestir elegantemente; que renuncien los que se mojan el dedo índice y lo exponen al viento  para  decidir qué responden o qué dicen o qué ocultan. Esos pueden y deben dimitir.  Pero qué será de nuestro país si los mejores renuncian.

22/08/2013 22:21 Luis Sexto #. Ética



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