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CRÓNICA ENLUTADA POR UN AMIGO

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Luis Sexto

Este texto se publicó en Juventud Rebelde hace unos años e incluso integró mi libro El día en que me mataron y otras crónicas personales. Ahora, modificando algunos tiempos verbales, puedo reproducirla haciendo lo que entonces revelé qué hacia ante sucesos como éste, aunque entonces no existía la razón que me justifica hoy

Suelo leer ciertos libros dos veces. La primera se explica naturalmente por la carnada que me tienta a morderles el título. Y la segunda cuando sus autores significan para mí la amistad de visita y afecto, o la admiración distante pero entrañable, y al morir mi duelo se manifiesta en el repaso zaherido de alguna de sus obras.

Ahora, precisamente, acabo de leer un libro por segunda vez. El escritor falleció el domingo 16 de diciembre de 2012, a los 82 años.  Si su autor no hubiese muerto, merecería también la relectura. La primera vez matriculó en mis ojos un regusto de obra oportuna y artísticamente compuesta. Es Gente del llano, firmado por Enrique Oltuski. El libro recrea las memorias estudiantiles, políticas, clandestinas del escritor durante la década de los 50. Historia e individuo se trenzan en el ámbito que le corresponde al hombre único e intransferible que es aquel. Cuenta lo que vio, oyó, vivió en suma. Y ese es el valor más representativo de la obra: la pequeñez que proscribe lo obvio, y facilita acceder a la menudencia desconocida, pero recargada por los conflictos y las contradicciones del subsuelo. Lo expresa, además, con los lujos de la técnica y el estilo de la novela: color, ritmo, armonía, síntesis, incluso dramaturgia.

Pero no quiero hoy demorarme en la crítica literaria. Más bien prefiero repetir lo que he dicho a cuantos me han oído hablar del estilo, sea periodístico o literario. La primera lección, la primordial, digamos, es la honradez. El escribir exige su ética. Y Oltuski la empleó, porque he reconocido al hombre en sus letras. Es decir, la imagen que el autor ofrece de sí mismo es la misma que me reveló un diminuto primer  contacto con él.  

En Gente del llano, Marta, la esposa del escritor, despierta recurrentemente a su marido por la madrugada. Enrique, te buscan. Y entonces, siendo él coordinador en estricta clandestinidad del Movimiento 26 de Julio en Las Villas, o jefe de alguna esfera insurrecta en la capital, es perentorio, urgente, que ella, si oye primeramente los toques, llame a Sierra, entonces el seudónimo de su marido. La  costumbre, tras la guerra, continuó. Y una mañana de 1969, sobre las siete, me presenté en la casa donde el matrimonio residía provisoriamente. Oltuski ejercía como director de la Empresa Azucarera de Matanzas. Yo me afanaba como topógrafo en el central Amancio Rodríguez(antes Francisco), copia de Macondo por lo remoto, inscrito entonces en el sur de Camagüey. Marta abrió. Me presenté y pregunté por el ingeniero. Ella  me dijo: hace una hora que se acostó; trabajó hasta muy tarde, pero lo voy a despertar. Y, en efecto, Oltuski salió al portal con ojos de recién nacido. La entrevista consumió un minuto. Le extendí un sobre, y él me preguntó si ahí estaba toda la información. En efecto, le pedía, aunque él no me conociera, favorecer mi traslado hacia Matanzas para acercarme a mi padre enfermo y a mi novia

Y a Matanzas partí una noche cuando, desde la ciudad de Camagüey, me orientaron ir a trabajar hacia la empresa del Yumurí. Pasaron unos meses. El sindicato convocó para el próximo domingo una siembra voluntaria de caña en Jovellanos. Me preguntaron en cuál brigada quería formar. Pedí la del director. Y aseguro que ni la adulonería ni el arribismo inspiraron la decisión. Pretendía verlo sin molestarlo y agradecerle el traslado. Solo eso. Y para eso no bastó el tiempo. Las horas cayeron en el surco. Merendamos aprisa. Y estimé que hacia las dos de la tarde podía saltar los 18 kilómetros que me distanciaban del central España Republicana y visitar a Zenaida. A las dos, toda la gente, salvo nosotros, se marchó. Oltuski seguía ahilando canutos de caña, y nosotros, detrás, a su ritmo rápido y constante. Sobre las cinco se detuvo. Miró al cielo que ya se apagaba. Parece que ya es tarde, comentó, y ordenó recoger.

Cuando a las ocho de la noche llegué a casa de mi novia, y me preguntó qué había sucedido, tuve que admitirlo:

-El jefe no me dejó venir antes.

-¿Cómo? Exclamo Zenaida, abriendo los ojos más allá del azoro, como le es común.

-Sí; es un hombre especial. Fue uno de los que ayudó al Che a difundir el trabajo voluntario en el Ministerio de Industrias...

-Bueno, hay que perdonarlo; te trajo para acá.

-Es cierto, pero el que no se perdona soy yo.

-¿Por qué?

Y le expliqué que había elegido trabajar con un jefe de quien yo sabía no señalaba hora para levantarse de la cama, ni tampoco para acostarse...

-¿Comprendes?- y tiré contra mí mismo un puñetazo que rebotó en las maderas del portal.

 

21/12/2012 13:34 Luis Sexto #. Política



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