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VACACIONES IMPOSIBLES

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Luis Sexto

 La semana pasada dicté mi crónica por teléfono. El cierre de un periódico ruge tan espeluznantemente como un león y estira los brazos como un pulpo de ciencia fantástica, de modo que me alcanzó a 200 kilómetros de casa. Nadie en la redacción puede burlarse de la urgencia del cierre. Y quien no lo lleve adherido, como huecos nasales, aún no podrá titularse periodista. Érase un periodista a una nariz pegado, / érase un cierre implacable y egoísta... Así más o menos lo hubiera versificado don Francisco de Quevedo.

El episodio no merece contarse. Es lo común. Y común ha sido telefonear o teclear un télex -ahora también pulsar un e-mail- desde cualquier sitio para enchufar las líneas compuestas a veces durante el último minuto en condición de corresponsal, o periodista viajero. O del que, como yo, pretendía descansar unos días lejos de sus habitaciones cotidianas, y la ilusión del descanso derivó en eso: humo y ceniza. Porque las secciones fijas o constantes carecen del derecho a las vacaciones.

Me encontraba en el central España Republicana. Desde hace más de 40 años ese sitio se disfraza para mí de Varadero, Viñales, Soroa... Mis placeres son muy sobrios. El paisaje que envuelve al ingenio –en la Llanura de Colón- no califica para un concurso de exclusividad. Sin embargo, me place, me suministra unas cuantas cucharadas de paz. Quizás se adosó a mis ojos por recomendaciones de la costumbre. Llegué al ingenio el 10 de enero de 1966 a estudiar, y aún, como ya saben, no me he ido. A lo mejor a uno le parece bello lo que ama. Pero a quien juzga desde la orilla, le parecerá aburrido ese ir durante tres décadas al mismo sitio. Pobre mujer, compadecerán a mi esposa. Posiblemente ella añore otros lugares, pero ha visitado el ingenio con mucha frecuencia y con demasiado entusiasmo: allí nació, y allí  hasta el deceso vivieron sus padres.

No es verdad que el uso continuado genere la repulsión. La paso muy bien en el central España. Leo. Irremediablemente escribo. Converso con algunos amigos que han leído tanto, o más, que  cualquier vecino de la ciudad. Y, sobre todo, camino por los callejones desde donde la llanura me conforta con sus claves en verde. Supe cuanto amaba ese lienzo nueve días después del ciclón Michelle. Entonces –escribí en un poema- “los árboles semejaban culpables alambres, bailarinas fugitivas, en los cuernos airados del  espacio. Los vientos acababan de pasar. Ya no había sombra”. 

De ese escenario visual, la caña me disgusta; no entona los mismos mirajes con el coro de la naturaleza. Los cañaverales implican la monotonía, la anestesia de la vista. Y a pesar de cuanto sirvió la caña de azúcar durante 400 años, nunca los poetas la consideraron un tótem, como a la palma, ese árbol que Anselmo Suárez y Romero no se cansaba de contemplar. Ni el ingenio inspiraba imágenes paradisíacas, como la haciendas cafetalera, “edén perfecto” para Wurdemann, viajero norteamericano, incondicional enamorado de nuestro paisaje. Las cuentas presumen que los rendimientos de la sacarosa se amenguaban artísticamente en un poema. Y, además, de una forma u otra, durante cuatro siglos, los trapiches molieron caña y huesos esclavos o asalariados, y el azúcar se cristalizó en granos de dinero e injusticia. Comprensible el rechazo de los cantores. Siluetas dolientes fueron las cañas.

Un poema célebre del siglo XX las convirtió en protagonistas, pero La zafra de Agustín Acosta no las reivindicó como sustancia poética; las sintetizó como campo de sometimiento y angustia. ¿Acaso no iban las carretas rechinando hacia el ingenio norteamericano? Recuerdo que mi amigo Félix Contreras es posiblemente el segundo poeta que haya ensamblado un libro con los cañaverales. Lo publicó en 1971. El título: Debía venir alguien. Alguien que rescatara al hombre de la caña y transformara la zafra en una épica de versos humanos y jubilosos, en los brazos de  “macheteros que miran el ferrocarril pasar”. “El Ferrocarril viene echando como el recuerdo. / Exhala su aroma de leña/ y desgrana entre nosotros, / el deseo de ser niños.” Mi propio deseo cuando descanso y escribo. Y el cierre me agita desde lejos. (Crónica escrita en 2003 y publicada en Juventud Rebelde)

 

            

 

 

 

 

06/02/2012 09:19 Luis Sexto #. Crónicas



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