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EL TIEMPO EN CUBA

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Por Luis Sexto

Como me inclino, aunque a veces trastabillee, hacia el equilibrio para tratar de mantener la misma distancia de los extremos, he interpretado el discurso del presidente Raùl Castro en la todavìa reciente sesiòn plenaria de la Asamblea Nacional del Poder Popular, no como la promesa de que una “Cuba mejor es posible”, sino como la certeza de que Cuba va siendo mejor. Mejor, que es decir màs justa, màs racional en las formas de tener y hacer y sobre todo de ser en un paìs con propòsitos socialistas. Y va siendo también màs equilibrada y abierta en los deberes, derechos y métodos que componen su entramado polìtico, ético y jurìdico.

El episodio relativo a pràcticas discriminatorias contra  una militante del Partido Comunista por  su fe religiosa, y que el Presidente contò en sus pormenores, me parece revelador de que los hechos se juntan a las palabras. Uno pensaba que en 1990, Fidel Castro y luego, en 1991, el Cuarto Congreso, habìan clarificado la actitud màs revolucionaria, màs inclusiva: la de dar cabida a todos cuantos quisieran participar en la obra de alzar sobre nuestro cielo, la comba transparente de  una sociedad sin discriminaciones por creencias y otros atributos, y sin privilegios que repugnaran la equidad del trabajo y del mérito. Pero, como ha sido reconocido, la incomprensiòn, el oportunismo,  los intereses desnaturalizados o burocràticos pueden tejer sus intrigas en cualquier conciencia. Alienta, persuade y convence, pues, que quien reclamò su derecho a sentir y practicar la fe religiosa y conjugarla con su fe y militancia polìticas, sin antagonismos, haya sido atendida como si la injusticia contra una persona  fuera cometida contra toda la naciòn y, en particular contra la revoluciòn, en cuyos combates murieron hombres y mujeres con pluralidad en sus creencias. Recuerdo haber leìdo que el Che Guevara, en 1959,  despidiò el duelo de tres soldados rebeldes fallecidos en un accidente, y destacò en su oraciòn que los tres habìan peleado por la misma causa patriòtica habiendo dos de ellos profesado religiones distintas y el tercero, ninguna. Porque  la revoluciòn no podìa dividir a sus combatientes por la fe religiosa o por la ausencia de esta.

Habremos de considerar, no obstante, que hostilidades desde varios frentes, incluìdas instituciones religiosas, e influencias dominantes por imperativos de la defensa de la revoluciòn  –que no menciono porque subyacen “en la cultura latente” que la historia y los medios echan al aire y en él permanecen-  distorsionaron en algun momento y por largo tiempo principios e intenciones  humanos y participativos.  Mas, lo primordial ahora, en Cuba, no es el pasado. Màs bien el presente, en que  planillas con preguntas acerca de la religiosidad no pueden caber en la gran planilla del amor y el servicio a la patria, que necesita refundarse sobre los mismos principios de su fundaciòn, sobre todo en el principio de que todos cabemos, si queremos caber, dentro de las leyes que como advertìa el Padre Felix Varela, y Raùl Castro reiterò, nos mandan a todos.

Por ello, las preguntas de una planilla para aspirar a esto o a aquello, no podràn referirse jamàs a si creo o no creo en Dios. Màs bien, tendrìan que preguntarme si soy honrado, y no miento, y no discrimino a nadie por sus creencias, color de la piel o sexo, si soy un padre amante y celoso, e  hijo agradecido y generoso, y un estudiante aplicado y limpio, y un trabajador solidario, disciplinado y productivo. Son esas las condiciones y actos que nos avalan o disminuyen ante la conciencia crìtica de la sociedad cubana. Lo demàs es competencia de la democracia que Cuba intenta y tendrà que ampliar y ajustar de modo que los legìtimos intereses colectivos e individuales se desarrollen sin conflictos.

Servir en la libertad y la  verdad  de la honradez y el apego a las leyes compone el antìdoto contra la doble moral, esa inmoralidad que resulta tan perjudicial, pues uno nunca sabrà quién sirve de verdad al paìs o lo aparenta servir para servirse de la obra colectiva. Si echamos la vista al pasado, tal vez uno lamente no haber cerrado los atajos a tantos yerros, simulaciones, arbitrariedades y deserciones  si se hubiese respetado completamente la elecciòn de cada persona.

El discurso de Raùl Castro me sugiere, pues, que la recurrente apelaciòn a la incondicionalidad con que ciertos buròcratas se ahorran el trabajo de dialogar, persuadir y mejorar el medio, recibirà un edicto de expulsiòn, màs bien de extinciòn. Esta claro: La democracia y la libertad no pueden defenderse mediante instrumentos que la nieguen. Y la incondicionalidad, ese exigir a los individuos que obren pegados al techo, sin las necesarias escotillas para decidir, compone, bajo el subterfugio de la integraciòn polìtica, un recurso que limita y empobrece la elecciòn consciente y libre.

¿Quièn, asì, cuestionarìa que la unidad de una naciòn serà màs apretada en sus lados y su centro cuando esté compuesta por la diversidad,  mezcla en que el espacio sirva para participar y no para simular la participaciòn? Ya hoy tenemos una respuesta parcial; luego  seguiremos acercàndonos al fondo. Todo, ha dicho el escritor bìblico, tiene su tiempo, aunque ahora solo lo tengamos para reconstruir y perdurar.

 

 

 

04/08/2011 09:05 Luis Sexto #. Política



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