Facebook Twitter Google +1     Admin

UNA LUZ QUE AÚN PARPADEA

20110326164959-iglesiascatolicosdibujosreligiosos001.gif

Por Luis Sexto

Las relaciones actuales entre el Estado cubano y la Iglesia Católica parece estar de acuerdo en un antiguo refrán: “Más vale encender una luz que maldecir las tinieblas", asumiendo que por cierto tiempo comunistas y católicos se tildaron mutuamente de habitar en la oscuridad. Los días de encono parecen haber pasado hoy al sepulcro de la historia, que las mejores tendencias en ambos sectores de la sociedad cubana quisieran  a prueba  de arqueólogos.

De acuerdo con respuestas del cardenal Jaime Ortega, arzobispo de La Habana a la agencia Zenit, la vista pastoral de Juan Pablo II a Cuba, articuló el comienzo de un período gradual hacia la proximidad y "una lenta, pero progresiva mejoría". Sin embargo, no es posible comprender el presente sin que echemos un vistazo sobre aquellos primeros años de los 1960, cuando numerosos católicos de verdadera fe, y muchos sin ninguna, al  amparo de la Iglesia, conspiraron contra la naciente revolución. Fueron, en efecto, años de confusión, de dilemas, torpezas por ambas partes. Y mientras el Che Guevara aseguraba que la revolución intentaba unir todas las aspiraciones honestas y no separar a los cubanos por su fe o sus creencias, algún templo se prestó a esconder armas –el articulista lo puede atestiguar.  La jerarquía firmó cartas pastorales condenando el comunismo y a los gobiernos de esa ideología como enemigos de “todas las obras sociales, caritativas, educacionales y apostólicas de la Iglesia”. El resto de la historia  es conocido: nacionalización de la enseñanza;  expulsión de unos 130 sacerdotes;  expatriación voluntaria de unos 470 curas y clérigos….

Los años siguientes mantuvieron  al catolicismo en una posición defensiva. Suele acudirse al término de “Iglesia del silencio”. Pero  los templos continuaron abiertos, aunque el culto fue  limitado al interior,  y prosiguió la catequesis. Pocos sacerdotes se ordenaron o vinieron del extranjero en esa etapa.  Y por el lado oficial, la mentalidad revolucionaria olvidó las ideas que el Che había expresado y empezó a juzgar a todo creyente como enemigos. Según se estrechaban los vínculos con la Unión Soviética el ateísmo se convirtió en aspecto básico de la cosmovisión socialista. Y los católicos sufrieron discriminación en el acceso a las universidades o a ciertos empleos. El primer congreso del Partido Comunista, en 1975, atemperó un tanto el enfoque en su tesis sobre la religión, la iglesia y los creyentes, al supeditar “la lucha contra la religión” a la necesidad de sumar a los creyentes a la construcción del socialismo.

Resumiendo, en 1986 la Iglesia convocó su primer encuentro nacional eclesial (ENEC) donde aceptó que el socialismo era ya un sistema estable en Cuba y que la iglesia debía asumir esa realidad. Admitió, incluso, que la revolución, con sus estructuras de justicia social había enseñado a la iglesia una nueva dimensión de la caridad. El ENEC se definió así como uno de los momentos más audaces de la Iglesia Católica a favor de la unidad de la nación. En 1990, Fidel Castro aceptó públicamente que la única discriminación aún vigente en Cuba era religiosa. Un año más tarde,  el cuarto congreso del Partido Comunista aceptó el ingreso de creyentes en sus filas, lo que  ciertos católicos consideran un acto de oportunismo. En 1992, la Constitución modificó su condición ateísta y se declaró laica. Un año después,  cuando el llamado período especial iniciaba su obra de deterioro social y económico, el episcopado firmó una carta pastoral titulada  “El amor todo lo espera” en la que la Iglesia pedía el diálogo y cambios económicos, políticos y sociales. El acto fue tildado de prematuro, incluso de oportunista por la prensa oficial. Y por ello las relaciones entre la Iglesia y el Estado retrocedieron hacia las tinieblas, tal vez hasta cuando llegó Juan Pablo II.

En la actualidad, las relaciones parecen encontrar un término de recíproco entendimiento. El Gobierno ha devuelto paulatinamente antiguas edificaciones confiscadas, ha concedido espacios radiales en fechas muy significativas. Y  por lo visto, la Iglesia Católica ha sido, de hecho,  reconocida por el gobierno de Raúl Castro como una institución fundamental, al aceptarla como garante de la amnistía de los condenados en 2003 y otros condenados por delitos contrarrevolucionarios. El arzobispo de La Habana calificó este proceso como un acto de la participación pública,  humanitaria y servicial de la Iglesia, en nuestra sociedad, lo que constituye un modo positivo de “afianzar la libertad religiosa” en Cuba, derecho reconocido claramente en la Constitución vigente en Cuba.

En cambio, dentro de ese clima de “expresiones y gestos nuevos”, según  la revista Palabra Nueva, órgano de la arquidiócesis de La Habana, el Gobierno, aunque respeta el ejercicio del culto, incluso en el exterior de los templos, y reconoce la vocación caritativa, no acepta el papel profético, es decir, el papel crítico de la Iglesia, que al parecer es lo que más inquieta a determinados sacerdotes entrevistados por Progreso Semanal y que solicitaron el anonimato. Para estas voces, el papel del cardenal Ortega, su colaboración con el Gobierno equivale a  rendir “la misión profética”. Desde luego, habría que admitir, como  medios de expresión crítica, las homilías, a veces crudas,  y las publicaciones de la iglesia, cuyo número supera incalculablemente las que existieron antes de 1959 y que circulan sin siquiera el permiso legal del Ministerio de Justicia. Un ejemplo son la propia Palabra Nueva y Espacio Laical; en ambas revistas aparecen artículos que competentemente critican la estrategia  anticrisis del Gobierno  o proponen fórmulas distintas.

La Iglesia Católica, que históricamente tantas figuras aportó a  la cultura, a la consolidación de  la nacionalidad y al desarrollo de un pensamiento cubano, y a pesar que muchos en la Iglesia aceptan que Cuba se ha descatolizado, tiene por delante mucho más que ganar. Porque también resulta apreciable que un sector de los fieles y el clero piensa “en cubano”. Hay que tener en cuenta que el cardenal Ortega, a pesar de los inconformes, es un obispo que ha evidenciados sentimientos muy cubanos. Recordemos que cuando Fidel Castro se enfermó de gravedad, y algunos creyeron inminente la caída del Gobierno,  el cardenal, en una conferencia de prensa, afirmó tajantemente que la Iglesia Católica no permitiría ninguna acción de intervención extranjera en los asuntos de Cuba. Esas declaraciones se completan con otras más recientes en las que el purpurado estima necesario el diálogo entre Cuba y los Estados Unidos. “El presidente Raúl Castro –dijo el cardenal- propuso a los Estados Unidos este diálogo sin condiciones. En su campaña política presidencial, Barack Obama también indicó que cambiaría el estilo al uso y buscaría ante todo hablar directamente con Cuba”. Pero, según reconoció Ortega, a pesar de cualquier medida positiva, Obama ha retomado el mismo lenguaje de sus predecesores.

No habrá que dudarlo,  la Iglesia Católica y el Estado socialista han encendido un candil, aunque aún los vientos la hacen temblar. (Tomado de Progreso Semanal)

 

 

 

26/03/2011 11:49 Luis Sexto #. Política



Powered by Blogia

Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris