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¿ACUMULA INTERESES EL MÉRITO?

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Por Luis Sexto

La conducta humana se parece a ciertas novelas que empezando bien terminan mal o empezando mal terminan bien. La Historia amontona ejemplos de ambas posibilidades. Hubo algún personaje del siglo XIX cubano a quien le minimizamos intrigas, indisciplinas, tendencias racistas al valorar su postura intransigente frente a la Enmienda Platt, ya al final de la ejecutoria del patriota. A otros, en cambio, les difuminamos sus años de libertadores meritorios por haberse convertido después en tiranos o en mayorales de fusta y privilegio.

Vemos, así, que el último acto -ese que acometemos hoy- es el que cuenta. Lo que hice jamás podrá valer más que lo que hago, porque tal rasero causaría un proceso de ruina personal. Tengo la sospecha de que cuantos se corrompieron en los últimos años, comenzaron por adormilarse sobre sus previos merecimientos, creyendo que con su pasado habían adquirido el pase definitivo a la casta de los impunes. O los infalibles.

El mérito, pues, es una medida de los seres humanos. Pero una medida temporal. Y por ello el mérito necesita ser defendido; reclama una perenne renovación, un constante rehacerse del individuo en su proyección social y política. En verdad, el mérito no cuenta con la naturaleza de una moneda que, atesorada en un banco, acumula intereses solo por estar guardada.

A menudo, una frase nos abruma. Es como una contraseña, una justificación que neutraliza cualquier reproche. Basta con decir que hacemos el “mayor esfuerzo” y parece que todo lo demás sobra. Ya tenemos un mérito. Hemos venido olvidando que el mérito no proviene solo del hacer, sino del hacer, del actuar bien. De estos desvíos he escrito en otra ocasión. Recuerdo, incluso, que un lector –creo recordar que de Camagüey- me remitió su desacuerdo. Él creía en el mérito del esfuerzo. Y a mí, por el contrario, me parece que el camino del fracaso se pavimenta con “los mayores esfuerzos” que no conducen a ninguna parte.

El mérito a veces nos corresponde por casualidad. Uno se halla de pronto en ciertas circunstancias que exigen nuestra participación. Y respondemos adecuadamente. Ahora bien, el mérito de más valor es el que elegimos conscientemente. Nos esforzamos, y el esfuerzo termina en un resultado creador, productivo. Cuando resulta baldío puede responder a dos móviles: o no sabemos o no queremos. ¿Qué pasa –me decía un trabajador de cierta empresa- que comerse la comida de mi centro equivale a un suplicio. ¡Qué mal cocinada! Sin embargo, ante las críticas, la respuesta es la misma: hacemos el mayor esfuerzo. Pero el gusto de la gente se niega a tragar aquel alimento tan “esforzado”.

Voy a concluir esta cháchara suscribiendo el criterio de que el mayor mérito, el más consciente y consecuente, es la conducta que habiendo empezado bien, termina bien. Esto es, termina defiendo sus méritos… con nuevos mérito

21/12/2009 11:25 Luis Sexto #. Ética



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