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¿NOMBRE O SEUDÓNIMO?

Por Luis Sexto

 Lo volví a ver ayer en el escaparate con ínfulas de almacén donde echo la papelería fuera de servicio o la que esperar servir alguna vez. Fue mi seudónimo por un tiempo, y con él intenté dar propiedad a aquellas cuartillas escolares entre las cuales había unos versos a la romántica y una semblanza de Manuel Acuña, el poeta mexicano a cuyo suicidio José Martí comentó que una conciencia limpia valía más que el amor de una mujer.

Lo inventé a los 18 años. Y yo no sabía entonces qué mueve  a un escritor o a un artista a inscribirse con un seudónimo en el arte, la literatura, el periodismo. Intenté responder la pregunta mucho tiempo más tarde en una nota difundida por Prensa Latina a propósito de Gabriela Mistral. Y alegué que quizás en el hecho de borrar con otro apelativo el recibido sin previo conocimiento, ni consulta, interviene un brumoso afán de expresar nominalmente el yo que uno desea ser y sustituir al  que siente no ser.

Era una tesis somera que explicaba el trueque de patronímicos mediante razones de inconsciente. Me parecía que cualquier fisgoneo en los móviles de un artista  y de un creador literario debía introducirse en lo recóndito de la sensibilidad y despejar el entramado de intuiciones, rasguños, acumulaciones secretas del vivir que concierta y desflora el imperativo poético.

Ahora sé que el problema puede ser menos complicado. La observación me ha convencido de que el maquillaje publicitario influye significativamente en la adopción de un seudónimo. Porque hay nombres que no tienen raíz para engarfiarse, y el artista, el creador, cambia o transforma su Juan Bautista Poquelin en Moliere, su Lucila Godoy en Gabriela Mistral, su Charles Romuald Gardes en Carlos Gardel, su Norma Jean Becker en Marilyn Monroe, convocando así la eufonía, la rotundez, que inviten al contacto con un libro, una obra de teatro, una película.

Tuve un amigo que, por el contrario, no quería agradar, ni atraer; quería protestar contra el periodismo despersonalizado que le obligaron a hacer. Y eligió el anónimo como seudónimo: no firmaba. Era un talento de originalidad sigilosa, comedida. Y si un seudónimo hubiera amparado su identidad habría sido Cero: esto es, nadie.

Los seudónimos abundaron en Cuba con la copiosidad de las palmas entre la gente de letras. Actualmente no. Al parecer nadie los necesita. Porque somos más sinceros, o más diáfanos o más sencillos, y portamos un mal nombre con la misma dignidad que una alopecia. Elías Entralgo, que con tantos aciertos topó en sus estudios sobre la cultura cubana, afirma que un diccionario hoy desconocido acopió dos mil 378 seudónimos. Lo sorprendente es, sin embargo, que al menos solo cuatro  traspasaron el techo de su instante para sobrenadar en las claridades de la posterioridad y anular el nombre legal de sus autores. Tal vez pocos cubanos sepan decir cómo se llamaron el poeta Plácido, el publicista El Lugareño, el periodista Justo de Lara y el alimonado polemista Fray Candil.

Entralgo considera que en la elección de un falso nombre operan dos causas: timidez del carácter y el instinto de conservación. O se teme aparecer en escena por pusilanimidad. O se cuida uno la cara de cualquier ladrillo que vuele a ajustar cuentas por lo que se publica o se exhibe. Falta por decir que quizás ahora no los usemos, porque somos más valientes o... más descarados.

¿Yo a qué temí? No puedo determinar si en mí mayoreaba la timidez, o el miedo, o la tradición, o la conciencia de que mi nombre no era lo suficiente atractivo. Lo cual me parece en este instante un simple asunto de opinión. Pero para concluir algo tan práctico tuve que afrontar la verdad que ridiculizó mis más severas creencias.  Después de un extenso juego de combinaciones, escogí a Felipe Sarduy. Registré la guía telefónica: no recogía  ningún suscriptor homónimo. Y lo estampé como respaldo de mis escritos novicios e inéditos. Pero más adelante me enteré que un pelotero flemático, seguro, potente, empezaba a convocar con ese nombre el alarido en los estadios de béisbol. Renuncié a mi seudónimo. Desistí incluso de inventarle un sustituto. Me conformaría por el momento con el santo y seña que inscribieron mis padres en el Registro Civil.

Con mi identidad legal llevé un primer artículo a una revista. El jefe de Redacción pasó la última cuartilla; limpió los espejuelos. Y esperó unos instantes como para otorgarle desventaja a mi ansiedad, en una técnica que caracteriza a los que abusan de su poder. Al fin dijo:

-Está bien. Pero fírmalo con tu nombre, porque  Luis Sexto debe de ser un seudónimo, ¿no?

 

 (Del libro El día en que me mataron y otras crónicas en primera persona)


 

 

27/08/2008 13:01 Luis Sexto #. Crónicas



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