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ES PRECISO RESPETAR LAS CULTURAS

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Entrevista a Mons. Carlos Manuel de Céspedes  

(Fragmentos)

Cintio Vitier afirma que su nombre y su apellido se remontan a lo que José Lezama Lima llamó “nuestro señorío fundador”. ¿Cómo percibe esa presencia en su formación y crecimiento como hombre de fe?
—Eso tiene que ver con lo que me preguntaban de las metas en la vida, y a lo que yo respondí con un término un poco anticuado, lo del “honor de la familia”. Al principio uno sabe que es Carlos Manuel de Céspedes y García-Menocal y punto. Después se va enterando de que ambas familias están en Cuba desde principios del siglo XVII. No he conocido a nadie cuyos dos troncos familiares hayan permanecido en Cuba desde mil seiscientos y pico.

«Lezama me decía si me veía por casualidad: “Tú no eres ni aristócrata ni burgués, sino un patricio”. “¿Qué patricio ni patricio?”, le contestaba yo. Y él insistía: “Sí, porque perteneces a los que fundaron este país. Buenos o malos, tu gente, los García-Menocal y los de Céspedes, fueron quienes fundaron el país”. No me quedaba más remedio que reconocer que era verdad. Saber que en todo lo que fue pasando en Cuba desde el siglo XVII en adelante, de un modo u otro, había personas de las dos familias, resultaba en cierto sentido una carga, una preocupación, porque exigía ser coherente.

«También me enteré de que en esa historia tan larga no todo el mundo había sido santo y ejemplar, que había habido pillos a más no poder, y pillas también. Pero en honor a la verdad, no fueron la mayoría, la mayoría ha sido buena gente, sin ser héroes ni cosas por el estilo. Un poco de todo. Y uno sabe eso, y uno va como que… es difícil de definir. Sientes que la identidad de la propia familia, y por tanto, la tuya propia, pertenece al tronco del país, ¿no? Cae mal hablar de eso, podría parecer presunción, pero es que es así. ¿Qué culpa tengo yo de eso? Ninguna. ¿Y qué mérito? Ninguno tampoco.»

¿Cómo se apropia de la cubanía alguien que ha heredado esa condición ancestralmente?

—Muchas veces me pregunto: “¿Y por dónde me entró a mí la cubanía?” En mi caso, supongo que por los genes. Era muy natural el pensar en cubano y como cubano y apreciar las cosas cubanas como quien aprecia las cosas de su familia. Para mí hablar de la Guerra de Independencia no es hablar de una Cuba ajena, es hablar de mi familia. Me ocurre lo mismo con la Iglesia, porque ambas familias han estado muy presentes también en ese ámbito. Cuba y la Iglesia son para mí dos realidades muy importantes, está la identidad del país en juego.

«La cubanía para mí es eso: ser yo y lo que aprendí de chiquito. Los cuentos que me contaban en mi niñez no eran los de Blancanieves y los siete enanitos, sino: “a tú tatarabuelo le cogieron preso un hijo y le dijeron que si él se retiraba de la guerra, pues entonces se lo entregaban y que si no lo fusilaban, y se lo fusilaron porque él dijo que era el padre de todos los cubanos” (…).


Usted considera que los jóvenes de hoy usualmente viven sólo lo inmediato y tienden a no hacer proyectos a largo plazo.

—No se puede generalizar, como tampoco pensar que todos los jóvenes de antes tenían proyectos a largo plazo. Pero como tono ambiental, me parece que los muchachos de mi época hacían más planes a largo plazo que la mayoría de los de ahora. Y es algo que percibo no sólo en Cuba, sino en otras partes también: se vive más de la inmediatez y hay menos preocupación por el futuro. En mis tiempos de adolescente, disfrutábamos o nos entristecíamos con las cosas inmediatas, pero pensábamos a largo plazo tanto en el plano personal (cuestión de estudios, profesión) como en cuestiones del país. Tras el golpe de Estado de Batista, nos preguntábamos: “¿cómo vamos a salir de esto?, ¿qué va a pasar ahora?”. Eso es a lo que me refiero. En general, repito, no digo que no haya jóvenes similares en ese sentido a los de hace cincuenta años (los hay y conozco algunos espléndidos), pero el tono que predomina no es ese.


¿Y qué clase de joven era usted, qué cosas le interesaban?

— (Risas) Eso tendrían que preguntárselo a mis amigos. Un joven bastante común. Nada de particular: era, que sé yo, estudioso, muy estudioso, pero muy salidor, me gustaban mucho no sólo las salidas a fiestas y comidas, sino también al teatro, la ópera, el ballet, y los conciertos. Me sentía muy comprometido con la Iglesia, pertenecí al grupo de Acción Católica e incluso fui catequista en barrios pobres de La Habana. Después en la universidad, estudié Derecho y llegué a ser presidente del grupo de Acción Católica de esa Escuela. Estuve muy metido en los problemas estudiantiles en tiempos de Batista. A los veinte años decidí ingresar al seminario, pero seguí siendo joven, porque a los veinte años se es joven todavía.

Cuéntenos de aquella conversación “larga y húmeda” que sostuvo con el Cardenal Arteaga antes de partir a estudiar a la Universidad Gregoriana de Roma.

—Éramos tres seminaristas los que fuimos bien temprano aquella mañana a su casa en el último piso del edificio donde se encuentra actualmente el Seminario San Carlos y San Ambrosio. Lo vimos después de misa con la idea de decirle que en uno o dos días partíamos para Roma, y despedirnos. Pero él dijo: “¡No!, vamos a sentarnos a conversar un ratico”, y entonces, en una terracita del tercer piso, fue escuchar los consejos de hombre viejo que había vivido mucho, que conocía bien Roma, la Universidad Gregoriana, y cosas que creía podíamos aprovechar más. Los tres estábamos convencidos, dado que el Cardenal a sus ochenta años no tenía muy buena salud, que si nos íbamos al menos por cuatro años, no lo volveríamos a ver. Él era un hombre muy cariñoso, muy cercano a nosotros. Esa despedida fue para siempre. Murió en marzo de 1963, y yo regresé en agosto.

¿Qué angustias personales le ha traído asumir el sacerdocio?

—No diría angustias, sino ciertas preocupaciones. Al comienzo de asumir mi vocación sacerdotal, me preguntaba: “¿Hasta cuánto te atreves a ser sacerdote si no tienes garantía de que serás fiel siempre?”. En Roma fui a hablar con un cura viejo amigo mío y le dije: “Padre, a mí me parece que soy un descarado. Aunque me comprometa cuando me ordene de sacerdote a esto, a aquello y a lo otro, ¿qué garantías tengo...?”. Él me interrumpió antes de terminar: “No las tiene nadie. Nadie. Si dijeras ahora que las tienes, te diría que no te ordenes, porque estarías loco. Uno confía en la gracia de Dios y en que tiene la voluntad y el deseo, y en que si ha sido fiel hasta ahora, lo podrá seguir siendo después también. Y si en algún momento quizá tú fallas y caes, te levantas y sigues caminando.”

¿En algún momento resultó un inconveniente cultivar paralelamente la amistad con marxistas, creyentes, exiliados?

—Eso nunca fue un problema, ni antes ni después de la Revolución. Para mí las relaciones humanas, y la amistad en particular, tienen que estar por encima de todo. Me he sentido capaz de ser amigo, antes y ahora, de personas que piensan como yo y de personas que no piensan como yo. Por otra parte, uno tiene que ser transparente. Nunca he ocultado mi pensamiento ni me gusta que me lo oculten, porque además, no menosprecio a nadie, ni me disgusto con nadie porque piense distinto a mí, ni en materia religiosa, ni en política, ni en ninguna otra. Se intercambian puntos de vista y se discuten si se tienen que discutir, pero nada más (…).

¿La jerarquía eclesiástica cubana incomprendió alguna vez su inclinación por las artes y su cercanía con quienes las cultivaban?

—Tanto decir “la jerarquía”, no. Se habla de “la jerarquía” y se piensa en los obispos. Imagino que unos mirarían eso con simpatía y otros no. Cuando era joven y tenía treinta o treinta y pico de años, me daba la impresión de que algunos sacerdotes de los mayores que me trataban con mucho cariño y con mucha atención, veían con cierta preocupación que fuera tan amigo de escritores, poetas, bailarines de ballet. Quizá les parecía que iba a ser un sacerdote mundano. Ya ha pasado el tiempo y se sabe que eso no ha significado un deterioro en mi vida sacerdotal y que sigo siendo amigo de aquellos que también ya son mayores como la misma Alicia, quien hace poco me dijo: “Mira que hace años que nosotros nos conocemos.” (Se ríe). Toda una vida.

¿Qué apreciaciones tiene acerca de la situación que enfrenta la sociedad cubana hoy?

—La sociedad cubana atraviesa por problemas que son propios de Cuba y que dependen de la evolución del hecho revolucionario y la concreta situación actual. Pero hay muchas cosas, de las positivas y las negativas, que vienen del mundo global. Cuando uno va a otros sitios y habla, por ejemplo, del cambio del concepto de la familia, se percata de lo que te dice un brasileño, un argentino o un francés es más o menos lo mismo que diríamos nosotros. Hay una serie de modelos culturales y de paradigmas culturales y éticos que han ido cambiando en el mundo, algunos para bien, por supuesto, pero otros para mal, y entonces hay que ver cómo se va armando ese mundo nuevo.

«Se dice en muchas partes, esto no es ninguna originalidad, que esta no es una época de cambios, sino un cambio de época, y cuando hay un cambio de época, pasa eso. Uno lee a los pensadores de principios del siglo XIX, después de la Revolución Francesa, y comprende que había un cambio de mentalidad. A nosotros nos está pasando igual, estamos en un instante de un cambio de época, y hay una serie de valores que vienen de atrás y que hay que tratar de conservar, no como piezas de museo, sino insertándolos en la vida nueva.

«Por estos días asistí al Congreso de Cultura y Desarrollo y todos estos temas salían constantemente, entre ellos la pluralidad cultural en el mundo contemporáneo. Es muy fácil de decir que hay que respetar la cultura, pero ¿cómo se va a ensamblar sin que el mundo se convierta en un caos? Tienes que respetar las culturas de manera tal que puedan articularse, si no es como vivir todos contra todos. No son cosas muy fáciles, ni creo que estén todas resueltas. Hay que pensar mucho, conversar mucho, buscando un camino común que nos ayude a todos.»


¿Qué senderos ha recorrido como intelectual y sacerdote para acercarse a la realidad personal del cubano medio, su sensibilidad, su criteriología, sus certidumbres y dudas?

—Vivir con ellos. Yo soy un cubano medio también, y vivo como un cubano medio y por ahí me entero cuáles son los problemas que tiene todo el mundo, que son más o menos los que tengo yo y los que tiene cualquiera. Uno intercambia criterios y oye y ve, y siente y padece. Nada más que eso.


Estima que las relaciones entre la Iglesia y el Estado cubano, aunque mejores de lo que fueron, no llegan a ser todavía tan buenas como quisiera. ¿Qué tendría que cambiar para que se aproximaran a su ideal?

—Lo primero que debe cambiar (y está cambiando con respecto a otro tiempo) es que las relaciones personales sean más naturales, más espontáneas. Cuando hay buenas relaciones, de confianza, entre personas que tienen distintas posiciones, aunque uno sea obispo o sacerdote y el otro funcionario del gobierno a nivel nacional, todo se plantea de manera distinta. La Iglesia aspira a tener espacios en materia de educación, más espacio en materia de medios de comunicación, pero todo eso se ve de una manera diferente cuando se conversa en una tertulia en torno a una mesa de amigos, no desde posiciones enfrentadas y de desconfianza, y yo creo que eso, lamentablemente, por razones que no vienen al caso recordar ahora, primó al inicio de la Revolución. Después ha ido cambiando, pero muy poco a poco, y hoy creo que son más grandes esos círculos de personas que se tratan con naturalidad y son capaces de discutir sobre esos puntos de vista distintos sin pelearse necesariamente.

¿Por qué una gran cantidad de cubanos, a pesar de declararse católicos, lo son en un grado, según su propia opinión, “superficial y elemental”?

—A eso no se puede dar una respuesta única, habría que ir prácticamente grupo por grupo. En general, la evangelización en Cuba casi siempre fue un poco superficial, y por supuesto, después de la Revolución, cuando la educación quedó en manos del Estado, y no de un Estado indiferente frente a la religión, sino de un Estado que se proclamaba ateo, la formación religiosa quedó muy reducida al ámbito de la familia y de la parroquia, en la medida que la familia se acercaba a la parroquia. Por eso, si en un tiempo anterior había un porcentaje relativamente alto de personas que por lo menos hasta la escuela primaria tenían una educación religiosa paralela, después no ha sido así en cuarenta años. Cuarenta años no es mucho en la historia de la humanidad, pero si es mucho en la historia de una generación.

«La mayoría de los cubanos que tienen menos de sesenta años jamás pusieron sus pies en un templo, ni tuvieron una educación religiosa. En ese sentido la catolicidad de los cubanos es muy superficial, porque sus padres los bautizaron cuando eran pequeños, porque si tienen parientes fallecidos, mandan a decir una misa de difuntos, o cosas así. No es un compromiso ético, eso supone una vida habitual dentro de la Iglesia, una vida sacramental, un conocimiento del contenido de la fe.»


 Según su criterio, ¿cómo se valora actualmente la influencia de la herencia católica y de la herencia africana en la cultura cubana?

—Ahora se está haciendo una supravaloración de la herencia africana. No hablo sólo del aspecto religioso, sino cultural. Evidentemente, hay que tener en cuenta la herencia africana, la raíz africana es una de las influencias cubanas fuertes, pero yo creo que todo eso se inserta en la matriz hispana dentro de la cual entra la religión también. Antes las ramas, los injertos africanos, eran silenciados, y ahora, sin embargo, se exagera en sentido contrario, y se descuida, digamos, el tronco. La religión católica en este momento se valora menos a nivel oficial que las religiones africanas, de las cuales se habla constantemente, pero todo se reduce a un problema de época, de modo, de balance. Las aguas siempre tienden a tomar su lugar.

¿Acaso su interés por la poesía, la narrativa, el periodismo y la ensayística de la Isla está relacionado con el hecho de que aprecie con mejor evidencia el alma de la nación cubana en estas manifestaciones artísticas que por ejemplo en la reflexión filosófica y teológica anterior?

—Todo lo que hago está lleno de filosofía y de teología. No se pueden separar. Uno no puede separar la teología y la filosofía del pensamiento, de la poesía. Hay pocas cosas tan cargadas de filosofía y de teología como una de las obras poéticas más hermosas de toda la humanidad: La divina comedia, de Dante. Me interesa la poesía y el ensayo porque me interesa el pensamiento humano y la vida humana. Algunos tienen más vocación para un género que para otro. Alicia Alonso lo expresa bailando y yo escribiendo.

¿Cuáles son las ventajas y desventajas que trae consigo construir una obra desde el silencio?

—Cuando me llamaron para decirme que tenía el Premio de la Latinidad, pregunté: “¿Pero por qué?, ¿qué he hecho yo para que me den el Premio de la Latinidad?”, y Ana María Luettgen, la directora de la Unión Latina, me dijo: “¿Y usted se cree que aunque no ha hecho gran publicidad, nosotros no sabemos que hace treinta años está enseñando latín y griego en Cuba, que se ha preocupado por la labor de la latinidad?”. A ese silencio me refiero, que no quiere decir hacer de manera oculta.

«Yo pensaba que ese ámbito no tenía tanta divulgación. Pero parece que la gente estaba atenta. Nunca he hecho ruido porque nunca me he creído un bárbaro en materia de cultura clásica, ni de latín, ni de griego. Lo enseño, pero porque en el país de los ciegos el tuerto es rey a veces, no por otra cosa. No obstante, considero que toda obra requiere del silencio de la reflexión, de la meditación, y claro, también requiere como les decía hace un rato, del intercambio con la gente y con la realidad. Depende del tipo de obra, algunas veces hacen falta más espacios de silencio en la vida para llegar a una conclusión, otras, menos.»

¿Qué privilegios halla al enfrentarse al arte, no como un crítico, sino como un consumidor de la belleza encarnada?

—No tengo lenguaje para la belleza. Sólo sé disfrutarla. Yo soy un consumidor informado, como me dice alguna gente de habla francesa. Siento placer ante las cosas bellas, las naturales, y por supuesto, la belleza de una obra literaria, de una escultura, de la pintura, de la música, que ha sido la gran compañera y amiga de mi niñez. Las disfruto, pero no puedo categorizar, sería decir boberías. No podría vivir sin ellas.

¿Cómo logra vivir la ancianidad a modo de prolongación servicial de sus dotes y capacidades de antaño, aun cuando siente que está limitado por sus padecimientos en gran medida?

Resulta que estoy menos limitado que lo que creía que iba a estar, porque sigo haciendo lo mismo que hacía hace veinte años. Me canso un poco más, pero lo hago igual. Me costaría mucho vivir con limitaciones tales que no pudiera hacer las cosas que hago. Cuando estuve más grave, el miedo mío no era morir, porque sé que un día hay que morirse de una cosa o de otra, y más pronto o después, eso nunca me ha impresionado demasiado. Mi miedo era quedarme inválido, no poderme valer por mí mismo. Me sentía con poca fortaleza para asumir eso. Pero afortunadamente no tuve que enfrentarlo, porque en menos de un año ya estoy haciendo todo lo que hacía antes de enfermarme.

(Tomado de La ventana)

29/11/2007 22:35 Luis Sexto #. Cultura



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