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UNA HISTORIA OLVIDADA: LA MAFIA EN CUBA

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Por Luis Sexto

Los habaneros podían ver, tocar, presentir al alcance de un nombre, un saludo, a los gángsteres que el cine coronaba con el halo atractivo de la maldad o los periódicos difundían como si fuesen artista o boxeadores afamados. A partir de 1933, la mafia ítalo norteamericana comenzó a ser una presencia dominante y sombría en La Habana. Le facilitó la aventura Fulgencio Batista que ese año, tras el golpe militar del 4 de septiembre, pasó de sargento taquígrafo a mandón supremo del ejército, y del país, con las estrellas de coronel.

 Pocas semanas después de la rebelión de los sargentos, tras el derrocamiento del tirano Gerardo Machado, Meyer Lansky, entonces y para siempre segundo de Lucky Luciano, capo di tutti capi, viajó de improviso a La Habana para negociar con Batista a quien trataba, según Cristo Kolev, autor de La “Cosa Nostra”, desde los años 20, cuando Cuba abastecía de alcohol clandestino a las tabernas y bares asediados por la Ley Seca en los Estados Unidos.  Aún falta por esclarecer cómo el soldado Batista, recordado por algunos en esa etapa como caballericero de los establos del castillo de Atarés, o custodio de la residencia del presidente Alfredo Zayas, se empató con el gángster. Ese es un detalle enigmático o más bien sepultado en un crapuloso silencio por cuantos biografiaron a Batista, o por quienes aún exaltan sus “virtudes patrióticas”en Madrid o Miami. Batista, en suma, aceptó la propuesta que le trasmitió Lansky. Autorizó a la Cosa Nostra a manipular y desarrollar los tapetes verdes del juego. Y surgió el casino del Hotel Nacional, una de las casas de azar más suntuosas de todas las Américas.

El ex tirano, que en 1973 murió en Madrid, colmado de la paz de los justos, al lado de una prostituta de marca, y rodeado de guardaespaldas, nunca se refirió a esa faceta de sus negocios; tampoco sus apologistas y biógrafos -empeñados como prestidigitadores en fabricar una imagen de gentilhombre y una estirpe hidalga al “guajiro de Banes”- permitieron que se les fugara una letra sobre tan escabroso asunto. Pero Lucky Luciano –cara afable, modales de cuelloduro- no esquivó el recato, no respetó la ley del silencio, y en sus memorias enumeró los pormenores de aquel primigenio affaire cubano. Escribió: “Nosotros debíamos entregar a Batista tres millones de dólares al contado y Lansky le abrió una cuenta en Zurick. Desde entonces Batista se aseguró una entrada anual mínima extra de tres millones de dólares y obtenía más bajo la forma de porcentaje.” Anticipemos que Batista se quejó de que los norteamericanos –cuya política de injerencia acató siempre-  lo dejaron solo tras su derrocamiento; ni siquiera pudo exiliarse en los Estados Unidos: allí nunca pudo entrar después de 1959. Pero no fue abandonado por sus aliados mafiosos después de su huida de Cuba. En El testamento de Lucky Luciano, de acuerdo con Cristo Kolev,  se asegura que Lansky “lo ayudó a transferir trescientos millones de dólares a un banco suizo”. “También con la ayuda de Lansky –se añade-, cierta parte de la fortuna de Batista fue invertida en las casas de juego de la capital de Las Bahamas, Nassau, y en Beirut y en Londres.”

Las primeras inversiones del Sindicato del Crimen reclamaron más espacio. Y en 1937, Lansky y Batista, que seguía  siendo el “hombre fuerte”, sostenido por la embajada de los Estados Unidos, suscribieron un nuevo convenio. Y entre otros acuerdos surgieron, como conejos de una chistera, nueve casinos, seis hoteles, y un hipódromo: el Oriental Park.

Lansky plantó su tienda en La Habana a partir de 1937. El eterno segundo de la Mafia, medio genio de los negocios ilícitos, se “aplatanó”, casi se acriolló, y discurría por la capital cubana como un chupóptero silente, inmiscuyéndose en lo más recóndito y corrupto de aquella república: tiraba barajas en la mesa del poder y prácticamente nadie se enteraba.

Luciano en esos años vivía enrejado en Norteamérica. Al saber  del nuevo concordato, se enfureció; botó al cesto el cuello duro de sus modales, y llamó a Lansky a visitarlo. Pensaba que Batista y se segundo lo habían soslayado. La cárcel para un mafioso con mando, significaba un cambio de oficina. Su delegado en La Habana le explicó la letra secreta de los acuerdos. Y Lucky –Salvatores Lucania en propiedad natal- detalló en sus recuerdos de fin de vida en qué consistió el nuevo arreglo con el mayoral de bota, fusta y lustre cuartelero. Lansky le contó: “La transacción en Cuba es para todos, tal como lo acordamos hace cuatro años. Lo que es solo para mí es el negocio logrado sobre el azúcar… En lo que a Batista se refiere, es lo mejor que jamás haya sucedido en nuestro interés. Yo me lo eché en el bolsillo, independientemente de si es presidente o si coloca a otro en ese cargo. Eso no tiene importancia. Él nos pertenece. Manejo todo su dinero, cada dólar, cada peso que obtiene. Manejo su cuenta en Suiza.”

PARAÍSO SOÑADO


Década de los 40. Etapa del desmande. Juego. Prostitución. Y, sobre todo, droga. La Habana se transformó en el túnel a través del cual pasaba a Estados Unidos el tráfico de estupefaciente.

Enrique de la Osa (1909-1996)  se dedicaba por esos años a “revolver el estercolero” con sus indagaciones y denuncias en la sección En Cuba de la revista semanal Bohemia  -fundada en 1908 y aún con una edición quincenal en La Habana-. A una de mis preguntas, poco tiempo antes de morir, evocó aquellas circunstancias con la precisión de un testimoniante enterado e incisivo: “…Cuba iba camino de ser el paraíso de los narcómanos, agentes policiales hubo que fueron cesanteados por atreverse a arrestar a los poderosos traficantes de drogas. El vicio, amparado por los regentes de la policía y el ejército, socios de los grandes contrabandistas.”

Cuatro familias mafiosas comenzaron en esos años a distribuirse los negocios turbios. La primera, y a la cual las demás le rendían acatamiento, la encabeza el “pequeño genio” Meyer Lansky. Regían el resto Anmleto Batistti, Amadeo Barletta y Santos Traficante. Los dos primeros con trajes de personas decentes: Batistti, aspirante al Congreso de la república en cierto momento, y Barletta, dueño aparente, entre otras empresas, del canal Telemando y del periódico El Mundo.

Nadie lo dudaba. La Habana era zona, territorio, patio de la mafia norteamericana. Y Lucky Luciano la eligió en 1946 para su sede de jerarca mayor. Excarcelado por sus favores a los servicios secretos norteamericanos durante la Segunda Guerra Mundial –entre los cuales se recordaba con gratitud las facilidades conseguidas por il capo de tutti capi para el desembarco en Sicilia-, Washington, sin embargo, lo deseaba lejos. Era carroña. Y lo deportó a Italia, país de nacimiento del mafioso.

Desde la capital cubana Luciano pretendía tramitar su reingreso a los Estados Unidos y deshollinar su trono de zar del crimen organizado. Sobre la duración de su estancia en La Habana no existe un dato definitivo. Afirman unos que vivió dos años aquí; inicialmente en el Hotel Nacional y luego en una residencia de los suburbios exclusivos de la ciudad. Aseguran otros que Lucky radicó solo unos meses en la capital cubana. Al parecer, la Casa Blanca presionó al palacio de la avenida de las Misiones, en La Habana Vieja, para que los cubanos expulsaran al líder gangsteril. Y estos lo subieron en un vapor turco con destino a Nápoles, según constaba en el boleto, cuyo facsímil alguien se interesó en publicar en Bohemia.

Antes de embarcarse, il capo de tutti capi presidió la reunión mafiosa convocada para La Habana a fines de diciembre de 1946. Unos 500 jefes, pandilleros, administradores de lavado financiero y demás cortesanos y burócratas de la Cosa Nostra, se congregaron en el Hotel Nacional, que cerró sus habitaciones, salones y bares para turistas normales y periodistas mientras el aquelarre sesionaba. Frank Sinatra amenizó las noches, agradecido de cuantos le habían financiado la carrera durante la cual más que en una “voz de oro” se convirtió en un bolsillo dorado. El cantante arribó en un yate, de acuerdo con algunos diarios de La Habana. Aparte de Luciano y Lansky, la gerencia separó cuartos para Joe Adonis, Albert Anastasia, Frank Costello, Vito Genovese y otros de la misma prosapia y rango.

MAR EN CALMA

Hablamos a largos trazos. La tolerancia en los Estados Unidos y en Cuba favorecía una travesía con viento en popa para la Mafia. Había bonanza. Batista le había propiciado la invasión a Cuba; la había afincado, y los gobiernos subsiguientes –Ramón Grau y Carlos Prío- continuaron esa política de dejar hacer. Pero en 1950, el futuro insinuaba, en su bola de cristal, dificultades para las familias mafiosas. Un político carismático y fogoso, Eduardo Chibás, prometía una alternativa a los electores inconformes. Su lema: Vergüenza contra dinero, y su prédica encendida e incendiaria clamaban  por la regeneración patriótica del quehacer público. Para las elecciones que se efectuarían el 1 de junio de 1952, el Partido Ortodoxo, el de Chibás, que se había suicidado,  lograba las preferencias en las encuestas.

Tres meses antes de los comicios, en la madrugada del 10 de marzo de 1952, apareció “providencialmente” Fulgencio Batista. Se había dedicado hasta entonces a ejercer una senaduría y a hacer infructuosa campaña por la presidencia de la nación. Con el apoyo de militares en activo y en retiro, ocupó la principal unidad militar del país, Columbia,  abolió la Constitución; integró gobierno con corifeos y aprovechadores del río revuelto.

La Historia se ha quedado al pie de los entretelones del golpe militar del 10 de marzo de 1952. Existe en ese acto mucho de secreto, de pérfido, además de sórdido. Nadie ha podido rechazar o confirmar la opinión de que entre el ex general golpista y el presidente golpeado –Carlos Prío- hubo una especie de entendimiento, de pase de poder. En aquellos días fue una sospecha con valor de evidencia. A la CIA, cuya injerencia en América Latina era entonces muy asidua y profunda, le inquietaba el cariz del porvenir. Y utilizó, como ya era habitual, a la Mafia como instrumento. Lansky ejerció nuevamente como intermediario. De ello está convencido el escritor Enrique Cirules, autor de El imperio de La Habana. La Cosa Nostra sería una de las más beneficiadas con el golpe de Estado. Batista era su ahijado. Y, así, una de las primeras leyes del gobierno, luego del golpe, fue la legislación hotelera, que concedía a la mafia la administración de varios hoteles modernos, que empezaron a edificarse con dineros de Cuba. Puedo indicar que el Habana Hilton –hoy Libre- se construyó con los fondos del retiro gastronómico. Las familias ocupaban espacios sin invertir también en el Havana Riviera, Deauville, Capri, Jagua…

Los sueños eran tranquilos. Tan apacibles que invitaban a seguir soñando. Y en Apalanchin, Nueva York, en 1957, los capos acordaron que La Habana sustituiría a Las Vegas. La enorme ciudad casino, capital del juego, ese coágulo crapuloso de Nevada, se mudaría a la soleada y azul ciudad del Caribe. La noble Habana de los escudos coloniales españoles.

 Solo fue un sueño de verano. O de invierno. Pero sueño al fin. El 1 de enero de 1959 la revolución de Fidel Castro bajó de las montañas. Durante unas semanas, los pandilleros pulsaron la temperatura política. Calcularon. Consultaron. Y comenzaron a reservar sus asientos en Pan American.





 

03/08/2006 08:34 Luis Sexto #. Historia



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