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EL REY DEL SUCU SUCO

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Mongo Rives cuenta su historia

Por Luis Sexto

Desde hace tiempo la fama es otra cuerda del laúd de Mongo Rives. Allí, en la Isla de la Juventud, lo cuidan como a un valor del patrimonio pinero, y lo veneran como cronista de la cotidianidad, a quien cualquiera acude para proponerle fijar en música algún incidente. Cierta vez, más o menos cercana, en una cafetería de Nueva Gerona servían té y café en tazas sin asa. Un cliente, viendo allí al trovador de quemado y resignado cliente, lo conminó: Ea, Mongo Rives, meta esto en un sucu suco. Pues ya está hecho, respondió. Y de vuelta a casa, se empalmaron los versos del estribillo, luego el resto de la letra y también la música: “La taza no tiene asa/ y no la puedo agarrar,/ si sigo con esta taza/ al fin me voy a quemar...’A mí me urgía entrevistarlo. Los periodistas se enamoran... es un decir. Se enamoran  de ciertos hechos, ciertos temas, ciertos personajes. Cuando lo veía en la Televisión -no muy frecuentemente por desgracia- recordaba mi empeño fallido de conversar con este guajiro de voz aguda y recia que mantiene vigente un género, un ritmo, del siglo XIX. Recientemente, apenas salí del aeropuerto, me embarqué para Santa Fe, comarca del primer asentamiento poblacional de Isla de Pinos, en 1809, y el pueblo donde Ramón Rives Amador nació en 1929, creció, aprendió a cantar y donde aún radica, porque mejor que Santa Fe, “no hay nada en el mundo”, aunque en julio del 2000 haya visitado a Sevilla, y triunfado en esta ciudad de títulos olímpicos en belleza, imponencia, en atmósfera de cultura e historia, donde rebautizaron a Rives con el sobrenombre de El rey del sucu suco. Así, terminado en O para él, porque así lo pronunciaban los pineros desde cuando se empezó a llamársele sucu suco. Fue Eliseo Grenet quien le quitó la o cuando en la década de 1940, echó a volar la música pinera por los escenarios, los gramófonos, la radio del país y de otros puntos en los que la gente oyera y bailara con la música de Cuba. El autor de Mamá Inés pretendió uniformar la onomatopeya escribiendo y pronunciando la segunda sílaba como la primera. Para Rives, hizo mal... Desde el principio no se llamó sucu suco, ni sucu sucu. Surgió hacia 1840 con el apelativo de rumba, y rumbita. Y en 1910, le pusieron cotunto, y a partir de 1920 el pueblo lo renombró como sucu suco.  Aún hay desacuerdo en el origen. Los pineros  consideran al sucu suco como un ritmo nuevo, pero con el son montuno dentro. Es un son distinto. O “mal tocado”. La diferencia se aprecia en la percusión. La tumbadora y los bongoes, donde están las células rítmicas, suenan de otra manera en el sucu suco. Los estudiosos, sin embargo,  lo clasifican como una variante del son. No se conoce exactamente cuál fue primero: si el sucu suco, llamado en sus inicios rumba, o el son. Están muy emparentados. En 1840 se interpretaba el primer sucu suco. Campana sube la loma, y dos números más de doble sentido. Uno de estos decía: “Levántate Carmelina/ que debajo de la cama hay gente;/ registra bien los colchones/ que alguno se queda siempre.” “Los versos, bueno, quedan cortos. Pero yo escogí como patrón a Campana sube la loma, y le arreglé la letra, que solamente la sabían los más viejos. ‘Campana, campana,/ campana sube la loma./ Si no fuera por campana/ en Cuba no hubiera lomas’.”   El apellido de Mongo Rives, inscrito como Ramón, es uno de los fundadores de la población de la antigua Isla de Pinos, e indica también prosapia musical. Su bisabuela paterna, Braulia Castillo, nacida en 1870, “le enseñó a papá El melón, compuesto por ella”. Se inspiró en Campana sube la loma. Así se cantaba: “Melón, melón,/ melón da melón./ Melón, melón,/ melón da melón.” El padre de Mongo tocaba algo en la bandurria, a la que luego sustituyó con el laúd, y había organizado un grupo. Le decían Los retardados. ¡¿Los retardados?! “Si, porque llegaban siempre tarde a todas las fiestas. Y como llegaban tarde se iban más tarde de lo que tenían que irse.” Iban a San Pedro, por donde se levanta ahora el hotel Colony, en carreta, y tocaban en la casa de Joaquín Pérez, ganadero. Los campesinos, hambrientos, iban a la fiesta a comer. “La comida hacía pila en las tiendas, pero los pesos eran malos para dejarse ganar.” En una ocasión, al amanecer, Rives, el viejo, dice: ya es hora, nos vamos. Y Joaquín Pérez le responde: ¿Irse? De ninguna manera. ¿Qué ven debajo de aquel pino? Una ternera. Pues nos la vamos a comer asada. Y los guajiros, y el grupo musical, más retardado que nunca, continuaron bailando y comiendo y bebiendo vino hasta el día siguiente.Mongo cuenta todo esto entre risas. Su voz, a secas, tararea, canta, para ilustrar cuanto narra. Y luego termina en una risa ruidosa, abierta, casi inocente. Porta un sombrero, de alas tejanas, aun dentro de la casa. No me atreví a preguntarle por qué se cubre a la sombra de un techo. A lo mejor no quiere que le conozcan los secretos del otro techo, el  cabelludo. O tal vez el sombrero integra su personalidad de artista. O es un hábito el andar como caballero cubierto. Porque este músico fue agricultor, y presidente de la base campesina Camilo Cienfuegos, y dirigente de la Asociación Municipal de Agricultores Pequeños. Sabe del trabajo al sol. En esa familia, donde la bisabuela componía, y el padre cantaba como pocos puntos guajiros,  y rumba o cotunto, o sucu suco, y nadie, como él, frotaba el cuchillo contra la palma del machete para producir un rítmico rayado, en esa familia musical Mongo formó su talento. Ya mayor, luego que la Revolución le facilitó estudiar hasta el segundo semestre de la Facultad Obrero Campesina, cursó solfeo unos seis meses. Los profesores se asombraban de aquel músico silvestre,  que repasaba la escala musical sin haber estudiado antes. “Es que la llevó aquí, en la cabeza.” Con lo que llevaba dentro de la cabeza, con nueve años de edad, fabricó su primera guitarra, empleando una lata de sardina, unas tablitas. Y con ella aprendió. Y oyendo por la radio a Coronita, célebre laudista, sacó a la guitarra los arpegios del laúd. De modo que sabía tocar laúd sin haberlo visto. Sobre los 15 años, formó un quinteto. Aún, con las variaciones lógicas, es su grupo. Antes de 1959 amenizaban fiestas “especulativas, que eran para bailar y vender bebidas y pan con lechón, y ganar dinero. También tocaban en fiestas de beneficio: voluntariamente, para ayudar a una familia que las organizaba con el fin de recaudar fondos y trasladar a un hijo enfermo a La Habana. En las fiestas de dinero, cobraban tres pesos. A los americanos, que durante un tiempo abundaban más que los cubanos en Isla de Pinos, les pedían cinco. Y a los músicos les parecía un capital. Muchas de las piezas eran de Mongo. Ha compuesto más de 60 sucu sucos.El nombre de sucu suco proviene de los americanos. Ellos, para identificar el ritmo, preguntaban qué es ese suc, suc. Era el rayado que producían  los pies sobre el piso al bailar la rumba o el cotunto y el de los  instrumentos al sonar.  Y de ahí se impuso sucu suco.Le recuerdo a Mongo un sucu suco que yo oía en mi niñez. El de Felipe Blanco. “Era un asesino. Delató a los insurrectos, a los que provocaron el levantamiento de 1896 aquí en la isla chica, la de Pinos. Por causa de él fusilaron a Rafael Pimienta y a su familia: una hermana y a tres más. Se escondían en una cueva.”El sucu suco se cantaba por 1898. Los españoles decían: ”Los majases no tienen cuevas/ Felipe Blanco se las tapó,/ se las tapó, se las tapó/ que lo vide yo. ”Y los pineros ripostaban: “...Felipe Blanco los traicionó,/ los traicionó, los traicionó/ que lo vide yo.” Y seguía otro verso: “Martínez Campo tenía una flor/ y Maceo se la quitó,/ se la quitó, se la quitó/ que lo vide yo.” Grenet lo popularizó con otra letra. Y de ella provino que se le asumiera como una metáfora sexual. “Conozco a una chiquita,/ alegre y sandunguera/ que está media loquita,/ caramba, por ver al majá”...                                                                                                                                 



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