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¿NUESTROS NOMBRES CON MINÚSCULA?

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PERIODISMO Y ÉTICA 

Conferencia leída el 2 de noviembre de 2016 durante el Festival de la prensa, en Holguín 

Luis Sexto - @Sexto_Luis

Colegas, compañeras y compañeros:

   Con las manos bajo el mentón, viendo  llover en La Habana, se me ocurre, sin ánimo de teorizador, que nuestra época deriva de la postmodernidad, aún sin cuajar, hacia cierta post eticidad. Intenciones de indigestar aparte, ese es un signo progresivo, que no progresista, en nuestros días: la inmersión en las tinieblas de ciertos islotes de la ética, y su resurgir del ojo de agua de lo que fueron, trastornados en no-ética. Pero, ¿es posible entre nosotros la no-ética en el sentido que pretendo añadirle, esto es, una sustancia convertida en su contrario? Desde luego, la no-ética implica lo opuesto de la ética. O incluso supone una nueva ética entrecomillada que usurpa y modifica en nuestra sociedad la ética  del ser solidario,  que se extingue en este o aquel individuo, en este o aquel ambiente.

   Tal vez el periodista que soy no haya articulado el filosofema según las reglas del pensar. Ilustra, sin embargo, mi percepción de que la ética, la que hasta hoy hemos asumido aquí como justa y conveniente, experimenta un proceso de rebajamiento. No todos -es de suponer- piensan igual que este hablador. Más bien, en alguna conversación entre amigos me han dicho que cada época, o un determinado conjunto sucesivo de épocas, según sea su desarrollo científico, técnico, comunicativo, implanta nuevos mandamientos éticos, porque las circunstancias sociales y económicas condicionan cambios en las relaciones y la mentalidad de los grupos humanos. Acepto ese juicio por su más o menos evidencia teórica y práctica. Pero dudo cuando me aseguran, refiriéndose al periodismo, que hoy no necesitamos secretos, ni datos clasificados, ni respeto al derecho ajeno en lo que atañe a la información, la noticia, o  lo confidencial.

  Así lo he oído. Porque ante la velocidad misilística, y la capacidad camaleónica de los impulsos y artilugios computadorizados,   todo lo que hasta hoy fue respetable ha perdido parte de su  dignidad, para quedar bajo la caótica ejecución de la “era cibernética”. Lo digital es el nuevo dios. Y ante ese dios en minúscula, uno pregunta: ¿Qué sitio ocupa el Hombre con mayúscula? ¿Miembro programado de la servidumbre; número racional de una tripulación que sólo manipula los instrumentos, y los aparatos definen el rumbo y el comportamiento humanos?  No conozco la respuesta. Percibo, sin embargo, mi pronta involución hacia una especie de robot con un cerebro biológico alimentado mediante programas informáticos  y custodiado por sistemas de antivirus contra cualquier mal, menos contra la deshonra.

   Lo admito: El perfil delineado hasta este punto parece exagerado. No obstante, anclando en nuestro tema, el micromundo del periodismo en Cuba revela síntomas de manifestaciones no-éticas, o de una nueva ética, a la cual tendremos que variarle el nombre. ¿Ética? ¿Qué es la ética? En palabras comunes es un código, un compendio de preceptos que rige, en lo  general, además de las leyes, la conducta de los seres humanos en relación con sus semejantes, o el proceder profesional, también vinculado por decreto social a otras personas. Lo apreciamos sin mucho ahondar: la ética se articula, porque al frente o al lado,  más allá o acá de la mujer o del varón, existen otros sujetos. Y esa presencia percibida en múltiple dirección -presencia que mira y es mirada-, necesita y justifica el comportamiento ético. Por ello, hacia el año 1760 antes de nuestra era, se compuso, verbigracia, el código de Hammurabi, y más adelante el decálogo judío y luego cristiano. Esas piedras, y otros cimientos morales, coadyuvaron a encuartonar el animal de fondo que aún ruge y nos desgarra en nuestra esencia social.  

   De acuerdo estoy, por tanto, con quienes sostienen que la ética, tabla  reguladora,  no procede del orden; más bien del desorden. Porque  ética, en su raíz griega, significa costumbre, como la moral, cuya etimología latina proviene de mos, moris (si recuerdo con exactitud la declinación), y que tanto relacionamos con la ética hasta convertirlos en términos y conceptos sinónimos, aunque se diferencien en sus funciones: la moral dicta cómo debemos actuar y la ética establece por qué debemos actuar de esta u otra manera. Es la ética, sobre todo, una disciplina filosófica que intenta ordenar el desorden, equilibrar el desequilibrio, someter el libertinaje para que evolucione hacia el ejerció de la libertad mediante la opción voluntaria entre la ética y la no-ética.    

   El individuo elige, en efecto. Tal vez un sujeto, un periodista, educado con rigor en los valores de la solidaridad, le resulte casi imposible atribuirse lo sustancial del trabajo de un colega, o lo que significa lo mismo: plagiar. Tampoco se burlará  de su entrevistado, y de  los receptores, adulterando las respuestas a las  preguntas que  le haya formulado a aquel. Pero en esos ejemplo no me refiero al determinismo biológico –ser generoso por nacimiento-,  incluso ni al determinismo social -ser justo por decreto inapelable. Si nos guareciéramos en términos absolutos bajo esos toldos, hasta el castigo de los jueces no tendría ninguna justificación ante el delincuente. El pobre: nació con un defecto: es incapaz de ser honrado. No resulta determinista, en cambio, el polaco Rysiard Kapuscinski, uno de los John Reed de nuestros tiempos, cuando reconoce que los cínicos no sirven para ejercer nuestro oficio. Y me parece que el calificativo de cínicos lo aplica el autor de El emperador, a quienes eligieron practicar contra la ética, o sin ética, el periodismo. Si los periodistas promovemos valores en quienes leen, ven, oyen  nuestros enunciados, la aplicación consciente de la ética del periodismo es, por tanto,  uno de los métodos para colaborar en “la agónica rectoría moral del pueblo”, de acuerdo con frase textual de Martí.

   Por lo dicho, violar preceptos éticos implica en cierto extremo, la inefectividad o el fracaso de nuestros cimientos educativos. Cuando aceptamos que en nuestro presente, aquí en Cuba, el periodista puede ser susceptible de retroceder hacia un descomprometimiento con la ética del periodismo solidario, veraz, equilibrado, achaco  en parte a la pedagogía y a la escuela cubana, en su extensión incluso universitaria, debilidades que facilitan lo que en denominaciones de la casuística religiosa podría clasificarse como “conciencia laxa”, o carencia de escrúpulos morales. Entre paréntesis pregunto: ¿Cuenta la ética con el número suficiente de horas en el currículo de nuestras escuelas y facultades de periodismo?

Colegas:

   Ya he sugerido que existe, en primer lugar, una razón para la ética del periodista: ejercemos una profesión de servicio. Y los destinatarios de nuestro trabajo, le profesan al periodismo, y por ende al periodista, un respeto que linda con lo uncioso. Todos tenemos la experiencia de ser observados, y juzgados como personas abrillantadas por un aura de sacralidad. ¿Qué puerta por lo común no se nos abre? ¿Quién no cree que tocamos los vasos de lo exclusivo? Esa valoración popular tan extrema implica la razón máxima de nuestra ética profesional. Lectores, telespectadores, oyentes, incluso cibernautas, esperan de nosotros una actitud, un crédito, una autoestima que no supongan vanidad, o irresponsable búsqueda de noticias o inconsecuente gestión de privilegios materiales a cambio de mi letra o de mi voz ahogadas  en  la crema de apologías particulares. Obligados estamos a servir, pero sin renunciar a la honradez. Seamos  audaces y creativos sin trucos. Serviciales sin propinas.

   Nuestro único privilegio habría de ser el servir con modestia. Nuestra faena se concreta en solidaridad. Recuerdo a Félix Pita Rodríguez cuando lo entreviste un año de los 1980, a petición de la revista Bohemia, siendo yo periodista de Trabajadores. En aquella conversación -luego reeditada muchas veces entre el aprendiz y el maestro-, Félix, el poeta, el narrador de espejeante humanismo, me confesó que su divisa era: “Servir es más precioso que brillar”. Más adelante, me recordó otra de sus frases poemáticas: “En lo más alto el corazón”, que remachaba, con clavos de cordialidad, la ética del ser, del ser solidario, en el autor de Tobías..

    Afanado y afamado redactor de periódicos y guionista renovador de espacios radiales en la década de 1940, Pita Rodríguez puede ofrecernos eso versos para resumir la ética fundamental de los periodistas cubanos. Pero sospecho que algunos de nosotros preguntarán: ¿Dar tanto a cambio de tan poco? Y cuando escribo “tan poco” me refiero a las limitaciones prácticas del periodismo generadas por la regulación exógena, es decir, desde fuera. Mi edad, y mis 44 años de servicio en el periodismo revolucionario, me permiten asegurar que no siempre la prensa de la Revolución redujo tanto sus funciones. Y si lo sostengo, sostengo también que aquel uso creativo, regulado y autoregulado  desde dentro, en franca dialéctica entre la ética y la técnica, tendrá su retorno. La experiencia confirma que la regulación externa condiciona un periodismo de escasa factura y de menor rendimiento informativo y político.

   Ahora bien, periodistas, cuál será nuestro papel en el mejoramiento de nuestra prensa. De acuerdo con la experiencia, habremos de actuar de modo que merezcamos confianza. Y la mereceremos con la ética como fundamento. No; no seamos víctimas del ilusionismo en el uso de los cristales de la web como si fuese un potrero tan ancho como la pampa, donde la inteligencia, en vez de ampliar su libertad y su saber, sucumba aplastada por los cascos de la desregulación o la estolidez, o consumida por los humores impunes de los seudónimos, o sepultada por la injuria, la mentira, la verdad a medias o distorsionada. El fantasioso paraíso de la impunidad en las redes sociales pasará en el mundo, incluido el mundo del capitalismo. Ya algún medio de sociedad capitalista, ha advertido de los riesgos. Y ha comenzado el reordenamiento de esa llanura polar. De nuestro amigo Juan Marrero, presidente de la Comisión Nacional de Ética de la UPEC hasta su deceso, tomo este dato:

 “…La Dirección General de BBC, una corporación pública, dio a conocer normas que implican a todos sus empleados en las redes sociales. Y, entre esas normas, figura el consejo de ´no hagas nada estúpido…cuida tus mensajes, sean privados, directos, abiertos o públicos´. ´Aunque creas que un mensaje sea restringido, puede ser compartido muy fácil y rápidamente con un público más amplio´”. También  estas otras reglas, según Marrero: “No critiques a tus compañeros, no reveles información confidencial de la BBC”.

  Previamente, de acuerdo con la misma fuente,  la BBC emitió un documento titulado Reglas de juego para los periodistas, donde señalaba que “las normas y recomendaciones de la Guía del Productor de la BBC se aplican a todas las actividades en todos los lugares del mundo y en todos los medios de difusión de que dispone. Son parámetros para proteger la reputación de la organización a nivel internacional”.  Y finalizaba Juan Marrero:  “Otros medios como RTV Española, la prensa norteamericana y La Jornada, por solo señalar algunos, también han creado normas para sus periodistas en las redes sociales”.

   Lo hemos oído: A la prudencia convoca hasta la BBC.  Según José Martí, él éxito o la felicidad  radican en el “uso prudente de la razón”. Y un principio ético de la sabiduría oriental  nos refuerza  la recomendación del Apóstol: Nunca quieras demasiado de nada. Nunca estés demasiado seguro de nada; solo la ignorancia está segura, la sabiduría duda. Quizás hoy el periodismo urja de que al Homo sapiens sapiens, puerto de partida del Hombre actual, lo acompañe el Homo sentiens, el ser humano sensible, capaz de conmoverse y conmover; servir antes de servirse.

   La audacia, la frescura, la agilidad del periodista se fundamenta en la responsabilidad personal, encarecida por nuestra ética. Porque, parece claro, la virtud técnica de los medios no impone las normas morales; normas imponen la profesionalidad honrada, la agudeza política y el compromiso con la verdad en oposición a lo falso o inseguro, a lo que no es, en definitiva, caña de interés para los molinos de la información pública, en una sociedad convocada a relacionarse en un orden socialista, solidario en suma.

   Amigas y amigos:

   El decursar de nuestra especie enseña que el futuro no admite arrastres: arrastres de problemas, de dudas, de vicios y conductas impropias u obras incompletas. Porque significaría llevar lo peor del presente al mañana. Y el tiempo por venir vendría a ser parte de nuestro mal tiempo. O lo que es igual,  si no mejoramos, seguimos estacionados. Porque no basta con dictar nuevas leyes, modificar otras, aprobar estrategias y métodos, si carecemos de la capacidad y la voluntad de concretarlos, o los interpretamos como nos parezca o convenga, en un  acto de indisciplina que reta al orden y que retrasa o paraliza la necesidad de mejorar.

   Los periodistas cubanos estamos hoy ante una disyuntiva: ser consecuentes con lo que pensamos. Esto es, ser honrados para no quebrantar nuestro compromiso con la sociedad cubana y sus ideales. A pesar de que algo normativo he expuesto aquí, me asusta decir a mis colegas cómo han de pensar o actuar. Pero si somos leales a nuestra vocación, nuestro índice señalará el lado de la ética y del deber profesional. Lo cual sería, a mi pensar, aliarse también con el sentido común. Quizás, por ello, no debamos omitir esta cápsula en apariencias paradójica y que a veces he tenido junto a mí para preservarme de actos improvisados sin móviles, sin efectos, y sin afectos: El sentido común es la primera expresión más inteligente del periodista. Milenios antes, Salomón nos recomendó en uno de sus proverbios: El hombre cuerdo encubre su saber, mas el necio publica su tontería.

    Día a día, los seres humanos afrontamos diversas encrucijadas morales. Unos, ante la necesidad de tener algo más que lo básico -aspiración justa-, pueden intentar conseguirlo de manera poco honrada y honrosa. Por supuesto, la necesidad sólo explica la ruptura ética; nunca la justifica. Quien roba para satisfacer urgencias de índole material, no pasará el visto bueno de ningún tribunal.

   Otros, en cambio, prefieren ser consecuentes con lo que estiman sus deberes morales, incluso políticos, y acuden a métodos que preserven su entereza ética. El Hombre, en defensa de su integridad, no debe ir en contra de lo que ha creído y defendido: porque  se exponen a fragmentarse como unidad cultural y ética. Si evaluamos con criterio filial el país donde nacimos y aprendimos a vivir, incluso a hablar y a  escribir, quien pretenda usarnos en sentido opuesto a los  ideales de justicia e independencia, pivotes de la historia de Cuba, aprovechándose de nuestras carencias, habrá de oír una sola respuesta. Según una perspectiva económica, el periodista puede vender su trabajo, su talento. Eso hacemos: trabajamos y cobramos, o mal cobraremos hasta un momento, pero  mi nombre, mi firma, por pequeña que sea, no está en venta. Que tenemos necesidades  domésticas, incluso profesionales, sí; que aún no componemos en nuestros medios el periodismo que deseamos  o el país necesita, sí. Pero  quien vea la vida como una causa que exige compromisos con la ética y la  política, sabrá escribir o hablar para expresar los imperativos de su conciencia y de las urgencias sociales. Quizás  –digo quizás- el problema  actual de los periodistas cubanos no consista sólo en tener poco espacio físico y jurídico, sino en no saber usar hasta lo máximo posible el espacio puesto a nuestra elección.

   En fin, todo se trata de una opción ética o no-ética. O soy el que soy, o soy dos a la vez. Y ser dos a la vez, es decir, el periodista escindido, con dos caras, me parece que es incompatible con la moral más humanista, revolucionaria y profesional. Sobre todo cuando los tiempos nos presentan dos o tres rutas para intentar ser personas y profesionales satisfechos en sí y de sí.

   En la Unión de Periodistas de Cuba, un código de ética establece cómo debemos actuar y por qué debemos actuar de este modo. Pero es necesario que todos nos preguntemos: ¿Para qué soy periodista? ¿Para construir o para destruir, para formar o deformar? ¿Soy periodista sólo para comer, o viajar,  o ganar fama? ¿Sólo para aprovecharme de lo que yo puedo representar en la sociedad desde el ejercicio del periodismo? De las respuestas quizás dependa parte de la solución de las quiebras y tropiezos de hoy.

 Resumo: mi tinta es pálida, pero es mi tinta: la que elegí  hace 44 años y he  usado hasta hoy. ¿He de echar a perder su final? Quien comienza, quizás crea tener tiempo para elegir entre dos o tres propuestas. A mí sólo me queda una boleta: ser el que he sido, y defender lo que he vivido y soñado, aunque se interponga alguna decepción.

Muchas gracias.

lusman2@yahoo.es

07/11/2016 09:39 Luis Sexto #. Ética



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