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ENTRE OSCURIDADES Y ESCOTILLAS

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Por Luis Sexto

Apostillas

El prejuicio es uno de los fantasmas que estorban la visión mental, como un aguacero al caer sobre el parabrisas sin escobillas. Dicho más directamente, si es posible, el prejuicio es una deformación del juicio, una evaluación desde lo supuesto, desde una oscuridad que se cree preclara.

Uno de los mayores puntos de conflictos, de torpezas subjetivas en la sociedad cubana se remite al prejuicio. Entre las relaciones interpersonales, el prejuicio maldice a quien nos cae mal por añadidura, es decir, sin razón. O encona la amistad por exceso de suspicacia… Pero, en fin, el agravio queda entre dos o pocas personas más. Lo dañino se nos encima cuando el prejuicio se convierte en un método en aquellos que han de de someter a su criterio el crédito de un subordinado, o han de juzgar un acto, o de aplicar una norma o decisiones superiores.

Y en estas líneas, sin atribuirme un conocimiento de índole lingüístico o psicológico, he de afirmar que el prejuicio tiene varios sinónimos: retranca, negatividad, inconsecuencia, injusticia. Proviene, a mi parecer, de la rigidez del pensamiento. Por ello, cuando hablamos de modificar la mentalidad en Cuba estamos también recomendando que renunciemos a los prejuicios, esto es, a los juicios prefabricados, a ese creer que el “malo” lo es, porque me lo dijeron, o porque lo que contradiga mi esquema de actuar y pensar sobre la gente y las cosas, es siempre “malo”.

Las pruebas son visibles: cada uno de nosotros ha sido blanco de los prejuicios. Esa es la experiencia más común. Y las denuncias de lectores en los medios acerca de los desvíos en la aplicación de ciertas leyes, están acusando la aún actuante influencia de los prejuicios. Ya vemos que el litigio, más que con las personas, es contra los hábitos que estorban, suprimen, que dan por supuesto lo que unos  y otros se niegan a comprobar o a reflexionar, o aplicar aunque violen o distorsionen la ley.

Estamos, pues, asediados por un modo muy rígido de entender el desarrollo de la vida social, o del comportamiento o las necesidades de los individuos. Ya parece que los ciudadanos no podrán seguir siendo nadadores en medio de un mar de prejuicios y evaluaciones reductoras. Hace poco, una lectora me contaba su experiencia en un agromercado, pequeño campo de prueba de nuestras contradicciones diarias. Había comprado una pierna de carnero, y la pesadora, luego de cantar tres libras, le preguntó al tarimero cuánto cobraba, y este dijo: 75 pesos, y agregó: “Nunca preguntes el precio, siempre hay que ganar”. En esa jugada le estafaron a la clienta quince pesos. Y por tanto, además de la maldad, actuaba el prejuicio , un prejuicio especial: todo el que compra es bobo, un necesitado merecedor del engaño y el abuso.

Al contar esta historia, puede aparecer enseguida, como el “superman” del cuento, el prejuicio de signo contrario y creer que todos los tarimeros, todos los que trabajan en esas actividades por su cuenta son gente malvada, extorsionadores. Y de ese estereotipo supuestamente socialista parte la estrechez con que algunos, desde sus funciones, enjuician el trabajo de índole particular o privada con asco, como un mal.

Ya vemos, pues, que el prejuicio se relaciona con el dogma, con las miradas unilaterales, severas, de modo que suelen resolverse ciertos asuntos de forma muy expedita, sin más preámbulo que dar por verdadero lo que creo, aunque sea injusto. El prejuicio juzga, generalmente, por apariencias, por reflejos condicionados. Y cuánto más daño causa es cuando pasa a lo político. Porque daña la esencia que la sociedad cubana trata de cimentar: la esencia de una patria que, como una sombrilla, cubra a todos.

Y cubrir a todos equivale, según el pensamiento más revolucionario,  a no exigir la unanimidad tan improductiva ni la anuencia tan negativa mediante el débil, aunque prepotente empuje de lo autoritario.  Todo esto, se empieza a combatir inevitablemente hoy en Cuba. Y se intenta  comprender que la sociedad se mueve y se compensa en su fluir mediante el debate y la extensión de los espacios. Menos riesgo hay en la argumentación peleadora que busca esclarecer y persuadir, que en el silencio rencoroso de quienes no entienden y como respuesta el prejuicio los confunde, los menosprecia y los limita con su enfoque inflexible.   (Publicado en Juventud Rebelde)

 

 

 

 

 

29/08/2011 09:23 Luis Sexto #. Política



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