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LA MUERTE NO ES VERDAD

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Por Luis Sexto

Ha muerto ayer, primero de octubre el escritor cubano Cintio Vitier. Nacido en Cayo Hueso, Estados Unidos, en 1921, quizás pocas veces  el gentilicio cubano  ha sido tan exacto y tan justo. Porque Vitier se dobló sobre cuartillas frescas y documentos viejos para  dar a Cuba una visión clara, ancha de sí misma a través de la literatura. Escribió versos, ensayos, estudios críticos, novelas. Fue habitualmente un  poeta de aproximaciones lúcidas al investigar y evaluar la papelería de cinco siglos concerniente al pasado literario cubano. No dudo en llamarlo el último de nuestros humanistas. También, por ello, asumió en estilo y verdad la talla de los  descubridores.

Al saber de su deceso, he tomado de entre los libros domésticos, dos de los títulos más recurrentes en mis horas: Ese sol del mundo moral y Vida y obra del Apóstol José Martí. Tal vez ninguno de los cubanos que hallan en la lectura la justificación de su ser y su circunstancia, pueda permanecer impasible ante estos volúmenes. Si en alguna ocasión reciente he dudado de mi vocación o de mi modesta persistencia en asumir el destino de mi patria, he  hallado en estos libros la justificación de los días que desvivo. Cintio me recuerda que la historia, que el pasado y la tradición prometen el sentido de la vida a quienes eligen las  incertidumbres del ser ante las certidumbres del tener.

Muy joven me convertí en lector asiduo, admirador lejano y anónimo de Cintio y de su esposa Fina, pareja  tan ejemplar en lo artístico como en lo ético. De Cintio leí cuanto podía hallar. Al adentrarme en sus letras sabía que era un autor en plenitud de sinceridad y cultura. Aun en cuanto podía estar en desacuerdo, encontraba yo una razón de aprendizaje. Su clásico texto Lo cubano en la poesía me trasmitió otra dimensión de la historia. Y la vida y la obra de José Martí me alcanzaron desde un mirador  íntegramente eticista, sin la cual -me parece que  Cintio lo demostraba- no es posible juzgar ni entender a Cuba y su historia

Esta nota no puede, sin embargo, transitar por el resumen de todo cuanto Cintio escribió. Su muerte me toca como si muriera con él uno de mis miembros más útiles. No he de decir que me apareé al pie de sus jornadas, como un centinela o un vecino de puerta con puerta. ¿Pero acaso ha de ser necesaria la proximidad espacial  para  estar próximo? ¿No tienen los afectos más entrañados el pudor que los distancia del objeto querido a la vez que los exalta y los acendra?  

En 1968, tenía yo casi 23 años. Un sábado visité, como de costumbre, al ensayista, investigador, polígrafo José María Chacón y Calvo. Y mientras esperaba por la lentitud de su pierna enferma, registraba sus libreros de modo que tropecé con el polémico libro de don Ramón Menéndez Pidal sobre el Padre Las Casas. Me lo regaló. Otra noche, encontré Temas Martianos, de Cintio Vitier y Fina García Marruz. Pero me lo negó. Está dedicado, le oí alegar en cierta protesta de su generosidad.

Entonces opté por pedírselo a los autores, en una carta cuya línea inicial recuerdo: “Husmeando en la biblioteca de nuestro común amigo Chacón y Calvo…” Ellos no me conocían ni de nombre: no había ninguna razón; tampoco las hubo en lo sucesivo. A poco, el cartero me entregó un ejemplar de Temas Martianos, firmado por Cintio y Fina: “A Luis Sexto Sánchez con saludos martianos de sus amigos”.  .

Lo que quiero decir, pues, es que aquel gesto de 1968 fue el anticipo, la piedra fundacional, el imán, de la dicha que  en 2005 merecí sin merecerla. Momento es para volver a contarla. Un día de ese último año Cintio y Fina me invitaron y recibieron  como amigo tangible. Leían mis prosas periodísticas, y querían decírmelo como si fuesen lectores comunes deseosos de conocer al autor predilecto. ¿Sabían que premiaban la lealtad de un lector? 

Experimento, desde luego,  cierta desazón al contar este episodio. Mi escasa relación personal con Cintio y Fina a quien honra es a mí. Ellos pudieron seguir nutriendo su crédito, su prestigio de personas y artistas, sin haberme conocido en cuerpo y alma. Yo, en cambio, gané el estímulo, el reconocimiento de dos poetas a los que había querido, enconchado en la incógnita, durante casi dos tercios de mi existencia. Los empecé a querer primeramente, como quería Martí, por su integridad y  por su sabia y lírica sustancia cubana. Luego, por su obra literaria de quintaesencias humanistas. Y siempre con la misma intensidad del discípulo que necesita maestros y los asume en actos y libros ajenos.

A esa entrevista –a la que faltó Fina involuntariamente; después nos veríamos- llevé un libro: Prosas leves, de Cintio. Al final, le pedí que me lo dedicara. Es mi predilecto entre sus libros, le advertí. Yo también lo prefiero, confesó. Su dedicatoria fue para mí la plenitud de aquella inicial, tan delicada y sobria, de 37 años antes. Ahora sí podría estar seguro, satisfecho, de que tanto Cintio como Fina –o tanto Fina como Cintio, el orden del binomio no alteraba la sensibilidad- conocían, en la acepción de “poseer”, al Sexto a quien le autografiaban un libro. Los días se habían amontonado larga, despaciosamente, para favorecer esta confluencia que traté de presagiar y disponer en mis años liminares como aprendiz de letras y estilos. Cintio escribió esta dedicatoria: “Para Luis Sexto, periodista de prosas leves…” Y lo demás, lo guardo en ese lado izquierdo donde afirma nuestra lengua, tomándolo del cor, cordis latino, que radica lo más entrañable del ser humano. Y en ese mismo nicho conservaré aquel modo tierno, sincero, inesperado, quizás inconsciente, con que Cintio, en mitad de nuestra charla, me dijo: Hijo mío.

¿Podría ahora no llorar o lamentar la muerte de Cintio? Puedo llorarlo. Y puedo prometerme continuar leyéndolo, reencontrándome con el estilo de un escritor cordialmente de cubano. Sobre mi mesa continúan abiertos sus libros. En hombres como Cintio Vitier, la muerte carece de tinta para poner el punto final. Como dijo Martí: no es verdad.

BREVE RESUMEN

VITIER BOLAÑOS, Cintio (Cayo Hueso, Estados Unidos, 25.9.1921). Es hijo del educador Medardo Vitier. Inició sus estudios en el colegio «Froebel», fundado por su padre en Matanzas. En 1935 se trasladó a La Habana. Estudió en el colegio La Luz, donde conoció al poeta Eliseo Diego. Se graduó de Bachiller en Ciencias y Letras en el Instituto de La Habana. Editó los cuadernos Clavileño (1942-1943). Se graduó de Doctor en Derecho Civil en la Universidad de La Habana en 1947, pero nunca ha ejercido la carrera. Durante sus años de estudiante hizo amistad con Lezama Lima y con Fina García Marruz, con la que contrajo matrimonio en 1947. Formó parte del Grupo Orígenes junto con Lezama Lima -su figura central-, Eliseo Diego y otros poetas. Entre 1947 y 1961 ejerció como profesor de francés en la Escuela Normal para Maestros de La Habana. Ha ofrecido conferencias en diversas instituciones culturales, como el Ateneo de La Habana, el Círculo de Amigos de la Cultura Francesa, el Lyceum, las universidades de La Habana, Las Villas y Oriente. En la Universidad Central de Las Villas fue profesor de literatura cubana e hispanoamericana y director de su Departamento de Estudios Hispánicos (1959-1960). En 1959 dirigió la Nueva Revista Cubana. En la Biblioteca Nacional, donde trabaja como investigador literario, ha sido director de la Revista de la Biblioteca Nacional «José Martí» (1962), del Anuario Martiano (1968-1972) y de la Sala Martí (1968-1973). Participó en el Coloquio Internacional José Martí, celebrado en la Universidad de Burdeos en 1972. Ha viajado además a Estados Unidos, Italia -como participante en el congreso Terzo Mondo e Comunitá Mondiale (Génova, 1965)-, España, México, Unión Soviética y Checoslovaquia. A todo lo largo de su trayectoria intelectual ha colaborado en numerosas publicaciones periódicas: Espuela de Plata, Poeta, Orígenes -revista del grupo del mismo nombre, en la que colaboró asiduamente y dio a conocer sus traducciones-, Lyceum, Revista Cubana, Boletín de la Academia Cubana de la Lengua, Prometeo, El Mundo, Diario de la Marina, Grafos, Luz, Magazine Social, Mensajes, Cuadernos de la Universidad del Aire, Islas, Cuba en la UNESCO, Lunes de Revolución, Casa de las Américas, Unión, La Gaceta de Cuba, Bohemia, Signos, Taller Literario, Santiago, todas cubanas. Ha colaborado además en las publicaciones extranjeras Cuadrante, Cuadernos Americanos, Revista Mexicana de Literatura, Asomante, Sin Nombre, Diálogos, Cuadernos Hispanoamericanos, Europe, Courrier du Centre International d’Etudes Poétiques, Journal des Poètes, Odissey Review. Es autor de las antologías Diez poetas cubanos. 1937-1947 (La Habana, Orígenes, 1948), Cincuenta años de poesía cubana. 1902-1952 (La Habana, Ministerio de Educación. Dirección de Cultura, 1952), Las mejores poesías cubanas (Lima, Organización Continental de los Festivales del Libro, 1959), Los grandes románticos cubanos (La Habana, Organización Continental de los Festivales del Libro, 1960) -reeditada con el título Los poetas románticos cubanos (La Habana, Consejo Nacional de Cultura, 1962)-, La crítica literaria y estética en el siglo XIX cubano (La Habana, Biblioteca Nacional «José Martí». Depto. Colección Cubana, 1968-1974. 3 t.), José Martí. Antologia di testi e antologia critica a cura e con una introduzione di [...] (Roma, Edizioni di Ideologie, 1974). Editó y prologó la Obra poética de Emilio Ballagas (La Habana, 1955), Espejo de paciencia (La Habana, Universidad Central de Las Villas. Depto. de Estudios Hispánicos, 1960 y La Habana, Publicaciones de la Comisión Nacional Cubana de la UNESCO, 1962, ésta en facsímil), de Silvestre de Balboa, y el Epistolario (La Habana, Academia de Ciencias. Instituto de Literatura y Lingüística, 1966. 2 t.), de Juana Borrero. Prologó el cuento de Tristán de Jesús Medina, Mozart ensayando su requiem (La Habana, Biblioteca Nacional «José Martí». Depto. Colección Cubana, 1964), y la antología de Jean Lamore, José Martí. La guerre de Cuba et le destin de l’Amérique Latine (París, Aubier Montaigne, 1973). Es autor de diversos ensayos sobre Martí, recogidos en Estudios críticos (La Habana, 1964), donde se incluyen también trabajos de Fina García Marruz, y en Temas martianos (La Habana, 1969), también en colaboración con su esposa. Ha traducido a Paul Valéry («Primer fragmento de Narciso»), Stéphane Mallarmé («Un golpe de dados»), Paul Claudel (El canje y poemas), Arthur Rimbaud (Iluminaciones, publicado en Ebro en 1961 con un ensayo introductorio). Una parte importante de su obra poética fue antologada en De la poesía cubana contemporánea (Regino E. Boti, José Manuel Poveda, Emilio Ballagas, Cintio Vitier, Eliseo Diego) (Moscú. Progreso, 1972), traducida al ruso por Pavel Grushkó. También ha sido traducido al inglés, francés, italiano, alemán. Ficha tomada del Diccionario de la Literatura Cubana)

02/10/2009 10:19 Luis Sexto #. Cultura



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