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UN ECO FAMILIAR

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Por Luis Sexto

El barrio más pujante, moderno, céntrico de La Habana, partió de una paradoja y todavía continúa en ella, aunque sea en el nombre. Y residir en esa zona –lo digo sin ínfulas exclusivistas- me ha favorecido manosear, desde mi balcón, ciertas reflexiones sobre el carácter del cubano, en particular las actitudes menos dúctiles o las más intransigentes o intolerantes.

“Dile que no”. De frente o de espalda, esa es una de las frases -tan socorridas como la aspirina- del vocabulario habitual entre nosotros. Aunque después digamos sí, la afirmación se cuece, se ablanda, se retuerce primeramente en la negación. Y por ello, al igual que Enrique José Varona solía ver en 1916 y años posteriores a un émulo de Felipe Segundo en cada cubano investido de algún poder, aunque fuese un portero, me parece ver a un bodeguero español o a un celador de barrio durante la colonia, en cada letrero de “prohibido” o “no se puede”.

El origen de esa mueca ya suma cinco siglos. Entonces la faja de edificios, truncos remedos de rascacielos, punteada de hoteles, teatros, cines, restaurantes, luces, y dividida en anchas avenidas en donde confluye la ciudad desde disímiles rumbos, era una zona boscosa. En esos tiempos, el centenar y medio de habitantes de San Cristóbal de La Habana, no se volvían al mar buscando la plácida o poética visión de un azul que, aun en invierno, copiaba con limpieza la afilada luz  de Cuba.

Cierta pesarosa incertidumbre les coloreaba el rostro al poner los ojos en el agua, ahora calma y luego sacudida por el desenfreno de las turbulencias climáticas provenientes del norte... Cuando se aproximaban velas, la ansiedad poseía en primer término a los vigías de la caseta blanca de lo que más tarde fue castillo del Morro. Podían ser algunas de las naos que, en derrota hacia España, atracaban para tomar agua, leña, y otros bastimentos, haciendo del puerto de La Habana el más cursado por las naves procedentes de las Indias Occidentales.

Pero también hacia sotavento podían recortarse los voladores bergantines de piratas o corsarios. El filibusterismo paseaba entonces por su época de esplendor e impunidad. Diez años antes, el francés Jacques de Sores había asaltado la villa, tras desembarcar en la caleta de San Lázaro. El fuego abusó del caserío de guano y embarrado.

El Cabildo de La Habana, por ello, se removía inquieto en sus sillas  el 10 de diciembre de 1565. Empañaba  la paz de los ediles, la existencia de ese monte tupido que orillaba el litoral desde los límites del pueblo hacia el noroeste, y que, como a Sores, podía facilitar la ruta para atacar subrepticiamente por tierra  a la villa.

Qué hacer, se preguntaban los señores constituidos en concejo.¿Más vigilancia? Muchos en la villa se negaban a cumplir sus deberes  en la milicia, o se dormían mientras vigilaban  la costa. ¿Talar el bosque?  ¿Poblar esa área hasta la desembocadura del río Casiguaguas, llamado así por los aborígenes, y luego de La Chorrera y más tarde también Almendares por los vecinos?

Faltaban quizás recursos humanos y materiales. También los permisos de la Corte. Y tal vez aún no había fondeado en la bahía un galeón repleto de deseos de trabajar.

No había, pues, otro remedio que adoptar el acuerdo más simple, el menos costoso y fatigoso:  prohibir. Y el barrio más pujante, moderno, céntrico de la ciudad del futuro, heredará la paradoja como nombre. Porque, destinado por su ubicación al protagonismo urbano, surgió siendo un predio prohibido al tránsito y al desarrollo para impedir que cualquier enemigo de La Habana hallara una vía expedita dentro de aquella selva impenetrable.

El Cabildo decidió cerrar el camino natural que bordeaba la  costa, en el espacio que cedía la bajamar y el monte, y ordenó que, bajo pena de multas de 500 pesos para gastos de guerra o de 100 azotes, ninguna persona, por osada que fuera, podía residir, transitar, abrir senderos, cultivar y apacentar ganado en esa franja boscosa, que comenzó a llamarse El Vedado. Donde vivo.

 

 

 

 

 

 

 

17/10/2008 19:32 Luis Sexto #. Crónicas



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