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¿CUÁNDO, DÓNDE?

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 Por Luis Sexto

De dónde habrá brotado mi vocación por el periodismo. A quién se la debo. Apareció de improviso, impensablemente, en la niñez, como la caída de una estrella cuyo destello te alumbra aunque estés lejos del fuego. Y digo periodismo porque periodista soy, pero fue una inclinación por la palabra escrita. Cuando en casa -donde no había un libro- me preguntaban qué iba yo a estudiar cuando fuese mayor, respondía invariablemente: Yo voy a ser poeta.

Poeta o periodista, o periodista y poeta qué más da. Ambos oficios, ambas sensibilidades, se conciertan en el gusto por la forma de las palabras y por el apego a lo primordial de la vida: el dolor por  la injusticia y el orgullo de resistirla, la solidaridad con el que sufre y el júbilo por el que trabaja y vence. Tocó al periodismo acogerme como horno y medio donde radicar mis inclinaciones y mantenerlas con lo que los latinos llamaban el pane lucrando. Y sobre todo compuso el horno y el medio donde aguzar mi olfato sentimental al sintonizarlo con un ejercicio cuyo interés se  enraíza y se nutre en el humus, lo humano, de la sociedad.

Y entré en ese andamiaje de técnica, estilo, disciplina, rigor,  a través del pasadizo que me labró, cuando ya mis esperanzas se habían entibiado, el movimiento de corresponsales voluntarios. Recibí una silla en una redacción a los 27 años. No tenía ningún título, porque una parte de mi generación tuvo que armarse cuando aún todavía la infancia no era un lineal proceso que terminaba a los 23 años con un pergamino universitario. Me había preparado, por supuesto, en la escuela de los que quieren a toda costa: la lectura. Pero a esa edad ya resultaba muy comprometedor que alguna publicación te diera un puesto, sin mostrar como mínimo el diploma de bachiller.

Suspiraba, pues, por mi vocación fallida sobre una mesa de bibliotecario, luego de ejercer como vendedor de ostiones y refrescos, trabajador de la construcción, agrimensor, soldado. En algún momento, en el buró regional de prensa de Plaza, topé con Leandro Carvajal, cujeado periodista que trasmitía la técnica del lid, el saber precisar y redactar el quién, el qué, el dónde y el cuándo de los acontecimientos, a los que querían ejercer de suministradores voluntarios de noticias. Más tarde, en la Unión de Periodistas, Ricardo Cardet, de vuelta de todos los entresuelos de la prensa, se conmovió tanto ante mi empeño que cada mañana me citaba en la casona de 23 e I, para ayudarme a desflorar “la virgen triste”de mis sueños.  Fue el primero que me enseñó que la palabra es una música.

Entre, sin embargo, con un equipaje que me ha aportado los paños básicos del oficio: la experiencia vital. De la gente y sus misterios aprendí durante esas horas al lado de un puesto de ostiones -legítimos de Sagua- en los portales de Cuatro Caminos. O vendiendo refresco de melón en la calle Muralla, vía y corte de cuantos entonces pretendían comprar barato. En la ostionera afronté la primera oposición a mi afán por la cultura, porque el propietario de aquel punto me sorprendió leyendo, y me lo prohibió con el argumento de que espantaba a los clientes.

Traje al periodismo, además, el respeto por su grandeza. Escribir nunca me ha resultado un expediente baladí, una faena carente de conflictos. A las escuelas de curas -incluido el seminario salesiano- donde estudié durante cuatro o cinco años, había llevado decidida mi inexplicable, espontánea, inspirada vocación por las letras. Mis composiciones ganaban allí crédito. Pero nunca el cien. El profesor de redacción, el entonces  joven dominicano Teófilo Castillo -hoy todavía mi hermano- me calificaba con 80 puntos. Un día le reclamé.

-¿Y por qué esa injusticia?

Y él, en un acto pedagógico que aún le agradezco, me trasmitió la más clara lección de estilo de mi vida.

-El cien –dijo- es solo para Cervantes y Shakespeare. Intenta  a ver si puedes.

Y aquí sigo. Tratando de ganar la nota. ¿No es así, Padre Castillo?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 




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