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¿QUÉ ES ESCRIBIR BIEN?

 Por Luis Sexto

Ojalá podamos responder esta pregunta. Nos recomiendan que seamos claros, concisos, interesantes. ¿Y serán estas tres cualidades la fórmula ideal para escribir apropiadamente en las páginas del periodismo tradicional, incluso en el periodismo personal o literario? Me contradigo con la pregunta, porque hasta este momento cuanto hemos escrito tiende a demostrar que, en realidad, no hay otra alternativa. Podríamos profundizar con las herramientas de la semiótica, indagar en una filosofía del estilo con términos incomprensibles y, por ende impresionantes, pero llanamente habremos de inclinarnos ante la verdad de que, abajo, en la base, esas que hemos mencionado  son las características primordiales del estilo periodístico. Tanta evidencia, incluso, aturde, o confunde. Y uno pregunta, como el Abate Brémond en la Academia francesa sobre la poesía, qué es en fin escribir bien. Claridad, concisión, interés. Y uno siente que haría falta encontrar un término que los englobe y los explique de modo más claro y conciso, aunque no más interesante, que esa condición no importa en la respuesta.

Me parece, pues, que la armonía es el efecto, más que la palabra, que puede contener la definición exacta de lo bien escrito. Cuando uno apenas puede leer textos colmados de sabiduría, de datos verdaderos o de observaciones atinadas, lo que echa de menos es precisamente la armonía. Creo que, en efecto, lo armónico es lo claro, conciso, también lo interesante, pero a la vez algo más. Probemos:

 

Les tocó en suerte una época extraña.

El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras.

López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward, en las afueras de la ciudad por la quae caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote.

El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en una aula de la calle Viamonte.

Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.

Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.

El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.

 

Claridad, concisión, interés progresivo caracterizan esa página, y el algo más es la impresión eufónica. Cada palabra, cada signo, el tamaño de las frases se combinan de manera que el efecto general del enunciado se percibe armónicamente. Alguien podría argüir que ese texto de Jorge Luis Borges clasifica como una prosa poética. Y, como poesía, la música la acompaña. Pero la prosa, aun la periodística, urge de la armonía. El mismo origen etimológico de prosa nos remite a una palabra griega –progeo- que indica  paso ordenado, rítmico, armónico. La ausencia de la armonía acusa cierta cojera en enunciados escritos  para decir, exponer las cosas, y no para ser leídos, degustados, o ser leídos por notoria obligación, como un estudiante o un investigador un manual de historia o de ciencia social.

Pero, qué es la armonía.  El español  Luis Miranda Podadera la define como “la grata sonoridad que produce el conjunto de las palabras reunidas en una acertada combinación y en una buena distribución de acentos y pausas”. Usualmente, todos los tratadistas coinciden con palabras parecidas. El propio Miranda Podadera, quizás sin pretenderlo, reproduce en su Curso de Redacción un relato de Fernán Caballero, como modelo de prosa narrativa. El penúltimo párrafo niega la definición que, poco después,  escribirá sobre la armonía. Nunca me pareció afortunado. No obstante, otros autores también lo eligen como antológico. Un día, revisando La formación del estilo, del Padre Alonso Schökel, hallé una severa crítica del aludido párrafo de Cecilia Bohl de Faber, conocida en las letras como Fernán Caballero. Respiré. Resultó estimulante haber coincidido con el jesuita, un especialista con sobrado crédito. Analicemos en qué radican los defectos del enunciado.

           

Cuando cayó la primera paletada  de tierra sobre la caja, produjo un sonido hueco y sordo, cual si la rechazase, el que fue acompañado por un gemido que exhaló aquel de los tres hombres que había quedado algo apartado, retorciendo entre sus manos el sombrero, que se había quitado por respeto al lugar sagrado, donde dejaba al hijo que había sobrevivido a dos hijos mayores que había perdido recientemente.

 

A simple vista, o a simple oído, el párrafo cojea: anda con muletas. La imprescindible fluidez de la narración se resiente de lentitud. La causa se detecta con irreprimible evidencia en el excesivo empleo de la partícula que en la cadena de subordinación del enunciado. Conocemos el vició: lo llaman queísmo. Y apreciamos cuánto limita, al casi cerrar el texto la última, y definidora, impresión del lector, porque el fragmento corresponde a una pieza que, en general, sobresale por la sensibilidad romántica de su atmósfera. Editarlo, sustituyendo algunos que sin amanerar el  idioma,  devendría un ejercicio inolvidable. No me place convertirme en un suministrador de fórmulas; solo soy, como advertí, un provocador de inquietudes. Haciendo una excepción, podíamos sustituir el que superabundante con participios (activos o pasivos) o preposiciones,  o eliminándolo, o usándolo correctamente, si fuera el caso, escribiendo como, donde, cuando  en lugar del llamado que galicado: fue allí que la vi. En suma, en cualquier manual hallaríamos las opciones correctas.

 

Quiero recalcar cuánto influye la armonía en el resultado final de un enunciado. Podíamos decir que lo escrito clara, concisa, interesantemente, posee un carné de identidad en la armonía.

 

Tal vez este silencio de Javier, todo ese como mal humor callado, roto a veces por “le voy a contar un cuento que tiene su filosofía”, no sea otra cosa más que el anverso de su pena secreta, la que ningún anciano comparte con nadie por decoro; esta pena de los tantos años.

 

Los tres que, número que podría ser el normal en un párrafo de esa o mayor dimensión, encajan armónicamente en la estructura del párrafo.

Expongamos un ejemplo contrastante:

 

Salta a la vista ahora la necesidad de precisar la razón fundamental por la que se produce esa escala en la significación social de la religión. Obviamente las explicaciones del marxismo, recogidas en particular en La ideología alemana y el Prólogo de la contribución a la crítica de la economía política, ofrecen los elementos para un análisis racional cuyo primer paso es encontrar el factor principal que determina en última instancia. El modo de producción, y en él las fuerzas productivas, condiciona las relaciones de producción y toda la organización social, la vida espiritual y con ella la propia religión con sus posibilidades de significación.

 

El texto pertenece a un libro que, en  sus páginas todas, confirma la sabiduría y la inteligencia del autor. Sin embargo, aunque al estilo de las ciencias sociales, no se le deba exigir preciosismos en la composición, la eficacia de sus verdades conquistaría mayores alturas si este segmento, y en general el volumen, hubiera sido revisado con  intenciones de ajustarlo a fines armónicos. La ruptura de la armonía proviene ahí de la aglomeración de consonancias y la concurrencia de vocales, hiatos y aliteraciones, como los subrayados. Técnicamente  rasgan, demuelen la sonoridad de la expresión. Son, como decimos hoy en lenguaje familiar, “ruidos en el sistema”.  Intentemos mejorarlo. Al menos, aumentará en fluidez y sonoridad.

 

Se hace visible ahora la necesidad de precisar la causa primera por la que se produce esa escala en el significado social de la religión. Obviamente, las explicaciones del marxismo, recogidas particularmente en La ideología alemana y en el Prólogo de  La contribución a la crítica de la economía política, ofrecen  los elementos para un análisis racional cuyo primer paso  es encontrar el factor básico que determina en última instancia. El modo de producción, y en él las fuerzas productivas, condiciona las relaciones de producción y toda la estructura de la sociedad, la vida espiritual y con ella a la propia religión con su posible significado. 

 

No niego que  con el propósito de suscitar un efecto tajante, rotundamente ingenioso, podamos escribir, por ejemplo, como Julio César: “Veni, vidi, vici.”. O con un fin publicitario componer un lema: Una copa de Viverol invita a vivir. Célebre en la historia de Cuba es la frase del general Dionisio Vives, despótico y corrupto Capitán General de la Isla: “Si vives como Vives vivirás.”

Tuve un alumno, locutor radial, que, sin embargo, creía que tales efectos disturbadores “sonaban bien”. Y es, coincidentemente, en los medios aéreos donde tanto enturbian la expresión informativa. En el Noticiero de Televisión uno ha oído con frecuencia frases como esta:

La reunión se convocó para tratar sobre la fundación, ordenación y administración de un nuevo complejo industrial previsto en la planificación de 1989.

 

El estilo reclama evitar esas y otros sonidos cacofónicos. Miren y oigan:

 

La larga laguna  cubría la zona latifundaria que la crueldad de un hombre sometía a las lamentaciones de decenas de labriegos.

 

No hay, desde luego, que exagerar. A veces es imposible impedir esos deslices. Y menos en nuestra lengua. Pío Baroja anota que “un idioma como el castellano o el francés no tiene más remedio que pasar por las repeticiones y las asonancias, tiene que echar mano de los que a cada pasos y emplear los verbos auxiliares”. Pero una cuota de cuidado manifestará que, como mínimo, conocemos “el secreto de los grandes escritores”.

(Tomado del libro de este autor: Periodismo y literatura: el arte de las alianzas, Ed. Pablo de la Torriente, La Habana, 2006, de este autor.)




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