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LA HISTORIA DE FELIPE BLANCO

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Por Luis Sexto

Algo más que un sucu suco que habla de cuevas y “majases”. Una historia apta para cubanos nostálgicos 
En el Surgidero de Batabanó, en la costa sudoccidental de Cuba, desconocen que en una casa de madera, frente al antiguo Juzgado, con las letras FB en su fachada, vivió Felipe Blanco. Las indagaciones entre la gente estudiosa de la historia local o con edad suficiente para evocar rumores o leyendas, sólo consiguieron una pregunta por respuesta: ¿Felipe Blanco? 
Datos de origen confiable aseguran que ese señor residió allí a principios del siglo XX y que la casa, en 195l, todavía estaba enhiesta, mostrando las iniciales de su propietario, según aseguró el doctor Waldo Medina, el reconocido  juez  y colaborador de la revista Bohemia y el diario El Mundo. Pero quién pudo ser FB para que los habitantes del Surgidero recordaran o apuntaran en papeles la estadía de alguien que, como cualquier cubano, era una ignota referencia en un registro civil o en el archivo de una iglesia parroquial. Cuando, al concluir la Guerra de Independencia, se asentó en el puerto de las esponjas, solamente lo conocían en la Isla de Pinos, donde había nacido, había reunido una hacienda ganadera y había acopiado diversas famas, una de las cuales, al menos, parloteaba en la letra de un sucu-sucu, crónica rítmica del entonces despoblado solar pinero. En la década de los años 40 fue cuando su nombre rompió la cáscara del anonimato nacional y voló por el país de uno a otro confín, balanceándose de una boca a otra boca, en la estructura de una canción vivaracha y contagiosa, y en cuya letra ciertos suspicaces creían interpretar una críptica narración sexual. Eliseo Grenet había rescatado y purificado el sucu-sucu de su agreste ajuar. Y lo echó al aire en discos y emisoras radiales. Uno, entre tantos, enamoró el gusto del pueblo. Y todavía hoy, cuando ya ese género consumió su turno de gloria y  regresó a su isla de partida para perdurar colgado de las cuerdas de Mongo Rives y su conjunto, la letra y la música de aquella pieza sigue zumbando en el oído común: unos porque la recuerdan de la niñez o la juventud; otros porque la aprendieron en los encantamientos de la tradición. A ver, diga usted si no puede tararear conmigo: “Ya los majases no tienen cuevas/ Felipe Blanco se las tapó,/ se las tapó, se las tapó, se las tapó/ que lo vide yo...” 
Pero no presenció su apoteosis. Para cuando se transformó en una cita musical recurrente y en referencia de una historia que muchos no podían explicarse, Felipe Blanco había muerto. Vivió una decena y algo más de años en el Surgidero. Y un día, oliendo en su piel la cercanía de la muerte, retornó a la Isla de Pinos. Allí murió el 2 de junio de 1917, a las cinco y treinta de la tarde, a causa del mal de todos los que viven largamente: cansancio vital. Tenía 87 años. Su entierro, masivo. El ataúd navegó por sobre lágrimas, en hombros y  manos de familiares y amigos.

LA GÉNESIS DE UN NOMBRE

Fue un hombre manifiestamente querido, a pesar de que la crónica que recoge el sucu-sucu con su nombre podría infamarlo. Tengamos en cuenta que los Blanco fueron fundadores de Nueva Gerona, es decir, de la Isla de Pinos. Aun hacia 1830, la llamada Isla del Tesoro, cubil de piratas y evadidos de la justicia española, había carecido de atención por parte de la metrópoli. Desierta, intocada en sus capacidades económicas, la Evangelista, como la llamó Colón  en su segundo viaje, pellizcó los ánimos imperialistas de Gran Bretaña, cuyo gobierno advirtió a Madrid que si no la poblaba y la utilizaba, la tomaría para así. El monarca español habilitó al Capitán General Francisco Dionisio Vives, déspota aficionado a gallos finos, barajas y vino, cuyo lema era si vives como Vives vivirás, para que fundara la colonia Reina Amalia en la islita del sur. Convocatorias y pregones convencieron a numerosas familias con la promesa de cinco caballerías de tierra exentas de impuestos por diez años. Muchos de los nuevos colonos procedían de Pinar del Río. Cierta familiaridad geográfica entre la isla solitaria y el occidente de Cuba armaron el espejismo de que en aquella porción de tierra se podía cultivar tabaco, caña de azúcar... Y los Blanco y los Hernández se sobrecogieron de ilusión cuando, desde el mar, en lontananza, vieron sobresalir, como en una silueta casi fantasmal, las alturas de aquel Eldorado. Avanzaban las hojas de 1831. 
Felipe nació en 1834. Creció lidiando con puercos en la finca paterna La Cisterna. Llegó a ser alto, flaco. Vistoso. Con ojos azules. Afable. Apegado a los amigos. Con sentido del humor. Las mujeres lo miraban de reojo, inventariándolo. Por todo ello. Y porque ya también había expandido una finca ancha, salpicada de ganado bovino y de cerdos. Era, en estricto cálculo de la época, un partido ideal, que mereció doña Manuela González, y que le gratificó la preferencia con siete hijos. Aunque Felipe Blanco, como en un  chiste que para algunos no lo era, decía cuando veía pasar a un niño ojiazul: “ese es también hijo mío, que lo digo yo.” Porque, en efecto, tenía, la costumbre de apostillar sus afirmaciones con esa frase  contundente, inapelable. Cuenta el doctor Waldo Medina, juez de Isla de Pinos, instrumento de  justicia verdadera y voz periodística que difundió muchas costumbres y hechos de aquella porción cubana, que Felipe Blanco miraba preocupado a su hija Venturita, adulta y sin novio. Y cuando la mujer se enamoró y cambió su ordinaria depresión por manifestaciones de alegría bullanguera y jocosa, el padre, en un salto de expresividad, comentó: Cará, “Venturita se despabiló, se despabiló, que lo digo yo.” Y esa jaculatoria pasaría más tarde a rematar como un sonsonete el sucu-sucu compuesto sobre su  hija y el dedicado a él mismo, pero modificado con el arcaico “que lo vide yo”.

NOTAS TÉCNICAS

Afirman los musicólogos que el sucu-sucu es una variante del son. Con base instrumental en el tres. Fue en sus principios, que Elio Orovio remite a fines del siglo XIX, como una expresión lírica del guajiro pinero: la tonada local, la crónica cantada de la infinitud de dichos y actos costumbristas de aquella vida signada por el trabajo, en un paraje del que, a pesar de la colonización, nadie se acordaba hasta 1959. Amoríos, ruindades, broncas, adulterios, integraron la masa con que, en sus rumbas o fiestas, también llamadas sucu-suco, donde se bailaba hasta los claros del día, los improvisadores armaban la tonada, la canción, cuyo nacimiento el propio Waldo Medina afirma datar del primer tercio del siglo XIX y, por tanto, asevera además, teniendo la  sangre del son lo antecede en el tiempo. 
En el sucu-suco compuesto con su nombre y un episodio de su vida, Felipe Blanco es blanco, a la vez, de una almibarada crítica popular. Los que alguna vez vieron en el majá y las cuevas una metáfora erótica, olvídenla. Los majases eran los revolucionarios deportados a la isla que Luz y Caballero, en uno de sus aforismos, llamó “la Siberia de Cuba”. Cuando la Guerra Grande (entre 1868 y 1878), muchos mambises (insurrectos)  de las ciudades y el campo viajaron encadenados a ese presidio enorme. A expensas de la vida. Sin nada seguro. Ni techo. Ni cama. Ni comida. Unos, tal vez, pudieron pagar posada, o recibir favores. Otros, los más, habitaron en cuevas y grutas, como cromañones de la libertad. El alimento lo conquistaban por las noches, matando una ternera o un puerco. Y como las autoridades no les querían facilitar ni esa existencia tan precaria. Y como el látigo y el encierro en barracas, no podían impedir la satisfacción de tanta necesidad, los mandones ordenaron a los terratenientes que tapiaran las cuevas de sus heredades. Y Felipe Blanco, amigo del gobernador y del regidor y, temeroso también –dicen- de la bestialidad del mando, tapó sus oquedades para que aquellos majases, a quienes calificaban de ese modo por analogía con los insurrectos que rehuían la pelea y se refugiaban en los montes, se quedaran sin puntos donde habitar solos o con sus familias. Y esa es la historia. Con menos o con más. Porque otros apuntan – el historiador Juan Colina, entre ellos- que Felipe Blanco era tan solo un mayoral. Y las cuevas participaban de una metáfora, como  alusiones  a la hostilidad que  perseguía y vigilaba a los infidentes. Y Mongo Rives, el músico maestro del sucu-suco, asegura airado que Felipe Blanco era un enemigo de la libertad de Cuba. 
Sea lo bueno o lo malo, o una mezcla de ambas sustancias, Felipe Blanco es el hombre a quien el arte anónimo del pueblo le ajustó cuentas por su acciones en un sucu-suco que lo acusaba de perseguir a los peleadores por la independencia, convirtiéndolo, paradójicamente, en el primer pinero, según aseguran juicios muy antiguos, que se encaramó en el papalote de la fama, entre música y pasillos de bailadores trasnochados.

 
10/01/2007 18:36 Luis Sexto #. Cultura



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