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¿A QUIÉN LE REZAN BLAIR Y BUSH?

20060831232312-religion.jpgPor Luis Sexto

El hombre a veces hace a Dios según las  medidas humanas: lo rebaja, lo minimiza, lo pone a liderar los intereses y las causas que  escuecen y movilizan a los individuos de nuestra especie.  En el decurso de la historia, naciones repletas de ambiciones coloniales se acometieron mutuamente en nombre de Dios. Y en estos días Lo hemos visto  trocado en un plato de alta cocina bélica: bajo o alto de sal, frito o asado, a la norteamericana o a la inglesa, incluso  a la española.
 A qué Dios oró Anthony Blair antes de empujar a Gran Bretaña hacia la alcantarilla sangrienta de  Irak. A cuál levantó George W. Bush sus ojos antes de legitimar, con su anuencia, los ficticios pretextos de la guerra contra el primitivo asiento del Paraíso Terrenal. Ambos jerarcas, según hemos visto u oído en los medios, confiesan sabrosamente que sus decisiones fueron consultadas con Dios, como buscando la legalización ética ante un hecho que por las secuela de víctimas y ruinas y por los orígenes fraudulentos, les va desgastando su reputación, y sus pretendidos derechos, como líderes de sus países y de Occidente.

Dios, entre otros atributos, parece que es tolerante. Permite que Lo intenten confundir. 

Aceptemos esta evidencia: el Dios de unos no puede ser igual al Dios de otros. He querido meditar en el asunto desde el reducto íntimo, intransferible de la fe. Y he concluido que, en efecto, un creyente convierte por momentos a Dios en un fetiche. Ciertos teólogos enseñan que a Él no se le puede pedir nada que “sea inferior a Él mismo”, y mucho menos algo que se oponga a su esencia. Y es así cuando Dios, en vez de una presencia objetiva en la conciencia del creyente, se transforma  en una ilusión, en un mágico accesorio.

Eso es lo sabido. Y hemos de sostenerlo considerando que la contradicción parece ser  una de las fuentes de la verdad de Dios. Pero más difícil de interpretar que las paradojas divinas, es el silencio de Dios. El silencio de los hombres -conspiración que oculta, anula- posee una contabilidad inexorable; llegada a su cuenta definitiva, nada permanece detrás del sol.  La epifanía de la verdad negada por los hombres, o por ciertos hombres, se revela  en una explosión vindicadora, un desajuste de las paredes entre las cuales pervivió la deshonra. Nerón, Napoleón, Hitler, Stalin, Franco, Pinochet,  Sharon, Olmet... ¿Quién más? Bush y Blair. Y hay más, desde luego; más nombres que renombran etapas rodeadas de cortinas impenetrables y que, como la del templo de Jerusalén, se rasgaron un viernes santo de la ira del pueblo. Unos en nombre de Dios y otros negándolo. Pero todos  erigidos en enemigos del Hombre.

Comte y luego Stuar Mill y Nieztche han hablado del culto a la Humanidad, de una religión del Hombre. El cristianismo es también eso: una religión del Hombre. O qué es, si no, el mandamiento del amor, ese amar incluso a tus enemigos, ese mandato que está por encima de ideologías, partido, talentos, profesiones, riquezas. Jesús pregunta en una parábola: ¿quien fue el prójimo del viajero robado y herido: los que pasaron junto a él esquivándolo o el samaritano –ese apestado de entonces- que lo curó y lo llevó a posada segura y pagó los gastos? Ahí está la definición, la imagen focal de la religión del Hombre que parte de Dios -de la “idea del Bien” según el cubano José Martí- y llega a la Humanidad. Qué pintor nos la coloreará con la misma sutiliza de Leonardo en su enigmática Monna Lisa. El samaritano inclinado sobre el hombre atacado. ¿Podrá expresarse la llamada religión del Hombre con trazos superiores?

Ante quienes invocan a Dios pidiendo luz antes de acometer la matanza; ante quienes claman asistencia celestial para defender intereses terrenos de orgías petroleras, o de geopolítica imperial, el cristiano –sea católico-romano, protestante tardío, episcopal o mezclado en la New Age- no ha de permitir que lo confundan. Ya el Dios del Antiguo Testamento no promete, a pueblos mesiánicos, tierras ocupadas por otros pueblos. Ya no pide sacrificios de sangre. Ni considera justo el ojo por ojo, ni la esclavitud del hermano, incluso del enemigo, ni el apedreamiento de la adúltera. ¿Alguna vez verdaderamente los pidió, o legitimo esas reglas mechadas de odio y venganza?  La Biblia narra una escena que parece desmentir a ese Dios terrible del judaísmo más acérrimo. Cuando Yahvé exigió a Abraham el sacrificio de Isaac, su único, añorado, hijo de la vejez, y el patriarca obedeció por fe y confianza en el Altísimo, Dios no permitió que el anciano asestara la puñalada sobre el cuerpo del joven antes de calcinarlo en la pira del sacrificio. Detuvo la mano temblorosa del padre según la sangre. No podía ser posible que Dios pidiera una ofrenda que iba contra su designio de amor.

Por ello, juzgando la religiosidad que a veces se introduce en la mala política para justificarla, habrá que aceptar, en cualquier circunstancia, que Dios en vez de alentar, condonar, las decisiones de Bush y Blair, y otros personajillos de la ambición y la rapiña, las condena, porque van contra Él.  Bush y Blair no rezan al mismo Dios en el que creen los cristianos. ¿Tal vez sea Moloch? ¿O un idolillo de oro, rey en un reino de zapatillas, aire acondicionado, cadillacs y cocaína?

No he pretendido escribir de teología. Más bien de política. Pero millones de seres humanos  intervienen en la política desde la religión, y uno ha de estar atento. Porque los creyentes, por fuerza, no tienen que fumar opio, fanatizarse o embrutecerse, de modo que califiquen de sinceridad lo que es hipocresía o aviesa, injusta política, ni creer que todo aquel que diga Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos.
Si amamos al Hombre, estemos alertas.

 
31/08/2006 18:23 Luis Sexto #. sin tema



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