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¿OFICIO O PROFESIÓN?

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Por Luis Sexto

Hace poco escribí  en esta columna un alegato por mi oficio –así se titulaba-, y la crónica pudo pasar como un texto más si algunos no me hubieran reprochado el que yo rebajara a tanta poquedad lo que es técnicamente una profesión. Vuelve así a confirmarse la refranesca verdad de que no hay palabra mal dicha sino mal interpretada. Un alegato, desde luego, no rebaja, sino exalta; no condena, sino defiende. Y por lo tanto puede colegirse que el concepto con que utilicé el término oficio no es el que engaveta al periodismo en los casilleros de lo mínimo o lo vulgar.Conozco que esa nomenclatura compone los extremos de un debate. ¿Profesión u oficio?, establecen los tratadistas la disyuntiva. Y yo, que solo soy periodista, me ubico en el medio, allí donde parece estar la verdad a salvo de la manipulación y la intolerancia. Es profesión  -apuntemos ahora someramente- porque se cursan estudios superiores en universidades que licencian o doctoran, o porque  cuantos la ejercen se inscriben en colegios de profesionales. Y es oficio… Ah, ¿por qué es oficio?, me preguntan y ya la respuesta no parecer estar tan pronta, ni tan clara.

Una de las tendencias en litigio aboga por que el periodista sea ducho en los instrumentos primordiales de su ejercicio. La cultura, el conocimiento general, la preparación teórica  componen solo vestidos de domingo para cuantos exaltan el papel del dominio del instrumental técnico estilístico. Lo que necesitan los periodistas –sostienen- es “saber escribir y reportear”. Con mi elección del término oficio no me adscribo a ese concepto tan escueto. Poco podríamos acarrear para defenderlo. ¿Es posible un periodismo sin cultura, o solo con la cultura como elemento aleatorio, temporero?  El periodismo es una manifestación de cultura. Y mal comprenderíamos su papel en la sociedad humana, si lo excluyéramos del ancho universo donde la cultura se nos define –según Nicolás Abbagnano- como el conjunto de la obra material y espiritual de la humanidad. O, en otra vertiente o acepción como el dominio que un pueblo o un individuo ejerce sobre la cultura general como resultado de la Historia. Soy culto –es un decir- en la medida en que estoy pulimentado, versado en los modos de vivir, conocedor, en particular, de la cultura espiritual.  Silvio Rodríguez  aseveraba recientemente en una entrevista que sin saber quién es Jean Valjean no se podría aspirar a dirigir hombres. Ni a escribir en un periódico, añado para establecer mi posición exacta ante la falsa disyuntiva de que el periodista sea un profesional o un obrero o un artesano.

Parece evidente que simplifican el dilema cuantos se abroquelan en uno de los extremos: o mucha técnica y práctica periodística, o mucho conocimiento universitario.  Y, resumiendo, creo que la razón está en el equilibrio de ambas opciones. O de ambas vocaciones, porque tanto el periodismo como la cultura dependen –como definió un ensayista cubano- más de la vocación que de la preparación académica. Por tanto, no estimo plausible una reducción del conocimiento de las formas periodísticas para  priorizar el dominio de las historias de la literatura, la filosofía, la política, la economía y otras materias de cultura general.  Ni considero apropiado disminuir el currículo de materias que formen, sobre todo, al futuro periodista para desarrollar la capacidad de asociación de los fenómenos de la realidad, a cambio de exagerar el aprendizaje de los secretos del periodismo.  Los males que sobrevendrían en caso de que se acumulara mucho saber culto, pero se careciera del dominio del estilo y la técnica periodísticos, tendrían que ver con  cierto descrédito del periodismo y la comunicación al faltarles a los enunciados  la clara, rápida y atractiva síntesis de la prensa, sea impresa, radial o televisiva. De otro lado,  mucha sagacidad y rapidez reporteril, pero sin la influencia de la cultura, limitaría la profundidad del reportaje.

García Márquez, para quien la universidad que enseña periodismo nunca ha sido una institución afectuosa, ha propuesto esta norma curricular: “Técnicas básicas (narración, investigación periodística, fotografía, edición). Ética periodística y sus conflictos (libertad de prensa, responsabilidad social, independencia profesional). Nuevas tecnologías y sus efectos en la práctica profesional. Especialidades del oficio (economía, internacionales, etcétera).”

 ¿Quién no lo ve claro? Sin embargo, hay algo más. A mis alumnos de periodismo les suelo recordar un saber que va más allá de los libros: el de la vida. Eso que el norteamericano  James J. Kilpatrick llama el desván de la abuela.  Se precisa vivir, haber vivido, para convertirse en un periodista. Saber lo que se siente cuando a uno le cantan el tercer strike, y cuál es el color de la angustia cuando te quedas sin gasolina en una carretera desierta. ¿Cómo puede el profesor, el aula universitaria, impartir esas lecciones de experiencia vital? Tal vez esa asignatura se resuelva en la ética de cada estudiante, de cada graduado. Hay que vivir para luego escribir. Por ello, les recomiendo a mis alumnos que no se anticipen en firmar en la página de opinión; que anden, desanden caminos y veredas, que aprendan a saber en contacto con la gente del llano y la sierra; del mar y la ciénaga; de la ciudad y el campo. Oír, copiar, reportar, y más tarde, curtido como la piel de un becerro sacrificado, escribir con la útil gravidez de la universidad, el medio y la vida.

Ya voy argumentando el porqué llamé al periodismo oficio. Oficio es lo que habitualmente se ejecuta con las manos.  Así nos referimos a las funciones del albañil, el plomero, el carpintero, el ceramista… Oficios manuales. Y cómo las manos son, quizá, los miembros más humanos del hombre -porque con las manos trabajamos, acariciamos el vientre de la mujer, la cabeza del niño-,  por ello el oficio está tocado de una integridad cordial que tal vez no tenga el término profesional.  Kapuscinski, que se ha vuelto imprescindible, ha dicho que “El periodismo no es solamente una profesión, sino también una manera de vivir y de pensar.” Y para el argentino Tomás Eloy Martínez –lamentablemente menos conocido entre nosotros-  el compromiso del periodista con la palabra es “a tiempo completo, a vida completa”.

Es decir, hace falta una dosis de cordialidad, de entrega, de sensible apropiación de la realidad asumiéndola con todo lo que uno es, con los jugos de la vida, además de que con el instrumental técnico y los datos de la cultura.  .García Márquez , y no sobra volver a citarlo, ha dicho que se equivocan los que niegan que el periodista es un artista. Y traduciendo a una imagen el razonamiento de este artista que lo ha sido en la novela y también en el reportaje o la crónica,  me  parece que quien lo niegue está tapando la verdad con una cuartilla.  Y esa cortina siempre queda corta.




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