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PATRIA Y HUMANIDAD

Escritores, músicos y pintores

EL CUENTO DE NUNCA ACABAR

EL CUENTO DE NUNCA ACABAR

Por Luis Sexto

 

Los escritores temen sentarse a escribir. La cuartilla en blanco o la pantalla de la computadora -vidriado papel de la actualidad- se les presenta usualmente como la sádica sonrisa de un déspota, el guiño burlón de un misterio, o el guante tirado por un enemigo impredecible.  Puede ello colegirse de confesiones y entrevistas. Cierto escritor holandés, que conocí en un hotel de Paramaribo, me definió la cuartilla en blanco como un edificio en proyecto al que hay que levantar. Y Norman Mailer, después de 40 años de frecuentarla la describió como una "señora muy fría".  Por esas dos definiciones y por la metáfora de García Márquez acerca de que escribir un cuento es como "vaciar concreto" y una novela, "pegar ladrillos", se evidencia que escribir no implica el ejercicio de un trabajo liviano. Tal vez porque algunos así lo estiman, personas poco dotadas o nulamente tecnificadas retan a la cuartilla en blanco. Y el resultado es eso: lo blanco, la nada. Se van en cero, como bateador sin jits en un partido de béisbol. 

He indagado en memorias y declaraciones de numerosos escritores extranjeros, y habitualmente les disgusta escribir, aunque aparenten en lo escrito que gozan de un juego hedonista. De un placer vivido a toda máquina. Escribir, por supuesto, no es un juego, ni ocupación de vagos. No juzgue mal a los escritores -periodistas entre ellos- que se aficionan a la conversación. Al hablar trabajan: limpian y tienden al sol sus ideas, o, en el intercambio, les suman perfiles complementarios. Tampoco rechace al que permanece silencioso, como alelado, o se aísla: sólo piensa, se concentra. Un libro, una crónica, se arman en la cocina de la meditación.

Cuando vea a un escritor doblado sobre un machete, una guataca, una escoba, no crea que trabaja. Simplemente, descansa.  Son variados y disímiles los modos de creación. Luego de recordar que Maiakovski advertía que no hay reglas para hacer de un hombre o mujer un poeta, Ilia Ehrenburg apuntaba: "Diferentes escritores llegan a la literatura por distintas vías, escriben de modo diferente y tienen diferentes maneras de experimentar el proceso creador." Sólo una regla permanece invariable y se ajusta a todos los temperamentos y las técnicas. La prescribió François Sagan y ella, temiendo le colgaran el escapulario melodramático de otros momentos, aclaró que podrá parecer "un poco folletinesco", pero "un libro se hace con leche, sangre, nervios, nostalgia, ¡con todo el ser humano, en una palabra!".  Y tales ingredientes suponen un esfuerzo, una aplicación demoledora. Flaubert construía lenta, escrupulosa, sistemática, obsesiva, terca, documentada, fría y ardientemente sus novelas. Y mientras escribía Madame Bovary –lo reveló Vargas Llosa-, "un buen día de trabajo" podía "significar media página definitiva". Aunque a veces estaba "loco de furor por haber pasado horas tratando de mejorar una sola frase". 

Otro fanático de la corrección fue Isaac Babel. "Hay -decía- quienes escriben algo y no soportan verlo más. A mí, en cambio, me cuesta escribir y me encanta modificar." Y añadía: "Podrán flagelarme en plena calle (...) pero no entregaré el manuscrito ni un día antes de considerarlo terminado.".  A Norman Mailer no le gustaba lo que escribía. Una vez le confesó a Le nouvel observateur: "Sólo muchos años después me digo: caramba, si esto es mejor de lo que pensaba. Por tanto no estoy impaciente por escribir. Reflexiono sobre un libro hasta que él se presenta de la mejor forma posible. Todo está en la preparación. Pero el hecho de escribir no es agradable." 

Entre el acto de escribir y el momento de realizarlo se interponen a veces ciertas operaciones, manías más bien, que aplazan el acometimiento, el acople del creador y la máquina, la pluma o el lápiz. García Márquez las llama pretextos en una entrevista con La Gaceta de Cuba. "A mí, por lo menos, me da mucho terror sentarme a la máquina de escribir. Le estoy dando vueltas, viéndola ahí, y hablo por teléfono, prefiero leer primero el periódico; voy ganando tiempo (...) Entre la máquina de escribir y uno, uno va creando una cantidad de obstáculos que pueden volverse espantosos."

  Marcel Proust escribió sus libros en una habitación de paredes acolchonadas. A prueba de ruidos. Tal vez si le hubiera faltado semejante hermetismo, habría hallado el pretexto para tirar sus proyectos al limbo de los inocentes: el aplazamiento.  Probablemente, la Isla del Diablo que en lo inmediato le promete la cuartilla en blanco, compulsa al escritor a madurar en la cabeza la obra. Ezequiel Martínez Estrada dijo que hacia 1930, Horacio Quiroga escribía muy poco. "Pero aún no había madurado su aversión a hacerlo. Produciendo lentamente, construyendo mentalmente el cuento hasta en sus menores detalles; una vez encabado lo trasladaba al papel sin que tuviera que retocarlo mayormente.". 

 Juan Marsé intenta desligarse cuanto pueda de la construcción de la obra. Sortea el orden. Porque, al parecer, el orden esclaviza con la disciplina. Generalmente parte de recuerdos personales, o experiencias ajenas. "De alguna manera estas imágenes se relacionan entre sí o yo veo una posibilidad de relación para organizarlas." Y cuando nota que de ellas puede resultar una historia interesante, empieza a redactar muy caóticamente. "Incluso puedo empezar por un capitulo final o por la descripción de un personaje que no sé dónde meteré luego. Voy acumulando material, se va estructurando el libro, se va haciendo por sí solo".

El escritor de ficción afronta una dificultad suprema según el criterio de José Revueltas. El creador elabora "con mucha lentitud" una vivencia que procede de una memoria ficticia. "Tiene que recordar lo que imagina, lo que no existe." Por ello, "amo profundamente el orden, sobre todo en el trabajo, y creo que nada se puede hacer sin la cabeza lúcida y que no hay peor contrariedad que pensar que se puede escribir con hongos alucinantes o con alcohol en la cabeza".  Juan Carlos Onetti piensa un tanto contrariamente. A la propia periodista mexicana que entrevistó a Revueltas -Margarita García Flores- le admitió que "generalmente bebo cuando escribo". Pero poco. "Casi siempre bebo como una incitación, porque soy muy perezoso para sentarme a escribir. Entonces saco unos tragos y, no sé, me despiertan la voluntad..." 

Pablo Neruda era también medio vago, según  Matilde Urrutia, la viuda. Sus poemas, por extensos y rotundos que fueran, no le exigían una labor larga, paciente, incómoda. "No trabajaba casi nada. Se sentaba a una mesa y escribía como si le dictaran. En 40 minutos o menos de una hora hacía su trabajo diario." La oda al abecedario la compuso en una reunión en la casa. Su esposa le recordó que aún no la habían enviado a El Nacional. Y el poeta le dijo: ahora la escribo. "Se sentó a una mesa en la que había gente tomando vino. Llegaba una muchachita y lo interrumpía, llegaba otro amigo que preguntaba algo, y Pablo escribía, escribía. Tomaba un trago y decía ¡salud! Y luego me entregó la oda para que la pasara en limpio. Parece muy elaborada y fue escrita en una reunión.".  En esta técnica portentosa, además de un talento pulidísimo, se adivina la previa y demorada cocción mental del poema.

Lo fundamental de la creación se resuelve en las horas aparentemente sin hacer nada.  Ese trabajo silencioso apuntala, consolida la intuición que luego irrumpe en minutos.  Son pocos los ejemplos. Pero no dudo en aseverar que son universales. Con más o menos intensidad, con cambios entre uno y otro que no lastiman la regularidad, los escritores se comportan con similares actitudes y normas ante la cuartilla en blanco. Hace unos 12 años indagué entre cubanos, y las respuestas, que publiqué en Bohemia, se mezclan, se cruzan con las de los autores extranjeros recién nombrados.

Termino. Dejo estas cuartillas en la redacción. Y empiezo a calentar, en las circunvoluciones de mi habitación interna, la crónica del domingo próximo. ¿Habrá alguien que se atreva a afirmar que los escritores y periodistas no trabajamos...? 

 

SEMBLANZA DE LEÓN BLOY

SEMBLANZA DE LEÓN BLOY

Por Luis Sexto

Este fue mi primer artículo publicado. Apareció en la revista mexicana Ábside hace exactamente 40 años.  Entonces yo tenía 22. En esa época, escritores como  León Bloy seducían mi vocación de escritor. Creo que elegí bien el modelo.

El triste penitente jura de rodillas ante el sacerdote enmudecido por la perplejidad, execrar sobre los vasos sagrados donde la sociedad oficia su culto a la avaricia y la sinrazón ¿Quién es este desesperado imprecador que armado de su total abandono se arroja alas calles de Sodoma para defender los derechos de Dios? León Bloy. A fuer de ser originales no nos ahorraremos el título que universalmente se le ha dado: Vociferador de lo Absoluto. Quizás un fanático con la evangélica misión de ejercer de carillón a las trompetas celestiales.

Nace a mediados del siglo decimonono, en los años en que un fehaciente positivismo ocupa a muchos espíritus  de Francia, no tanto el propugnado por Comte o Spencer cuanto un positivismo mercantil de dividendos y acomodo. Surge a la vida, que será hasta su postrer alarde de vitalidad combate ininterrumpido, con un prisma doloroso, estoico, ante los ojos. La Gracia formaba desde los primeros vagidos al profeta, y ella en su sabiduría no permitiría  que el elegido conociese el sosiego de los simples cuando poseen un salario de por vida.

Es intensamente aleccionar ahondar en la existencia de León Bloy. Resulta asombroso seguir los pasos del joven inadaptado rebuscando su espacio en el mundo, atenazado por las lecciones de buena economía del padre mesurado y materialista. Era un genio; nadie lo sabía y creo que él no se percataba cabalmente de su condición. El exceso de fuerza que lo desequilibraba y las pasiones avasalladoras que lo desesperaban y hacían inútil para lo común, las vertía en sus entusiasmos literarios y las encauzaba por el odio a Cristo.

Parece paradójico este León Bloy con el descrito en las  primeras frases del artículo, y en sus últimas raíces lo es. En la superficie un sicoanalista –como también ciertos exegetas- vería la rebelión de la adolescencia, el derrumbamiento de los valores morales que la sangre en su correr joven y ebullente se encarga de golpear. Pero en las entrañas de estos sentimientos se hallan Dios y su voluntad rectora; es paradoja  que tendrá sus consecuencias felices o, más certeramente, inmejorables, como que están fabricadas por la Divina Contradicción. Por el odio a Cristo llega a Cristo. Y una vez abrazado al Nazareno de palabra de oro, vive y es capaz de morir por su amor.

Encajarían en la boca de León Bloy las palabras del poeta bíblico: “El celo de tu casa me devoró y los oprobios de los que te ultrajan cayeron sobre mí.”No es el primer que llega a ser devorado por el celo de Dios por esta vía. Su mutación espiritual nos recuerda la de San Agustín, para citar nada más un ejemplo que integra la constelación de convertidos por el odio. He ahí la paradoja: Bloy convertido, por el odio a Cristo, en un apasionado amador de Cristo.

Después de la catarsis casi fanática, el literato cobra vida ubérrima. Su pluma puede rasgar el papel impelida por el Amor. No necesitará otra cosa en el resto de sus días. Nunca hubiese escrito por el afán abominable de dinero. Si el amor no hubiese trastrocado sus rumbos él habría inventado por quién y por qué vivir y escribir. El hombre  y el escritor formaban una unidad orgánica y moral; llevaba en su alma el estigma de la generosidad y sus pies pisaban hondo, muy hondo. No importan sus injusticias que le impiden ser un santo.

Ahora que conozco al panfletario con honor que combate denodadamente contra las suciedades de la sociedad, que desfigura la hipocresía que desfigura los rostros maliciosos de los hombres, se me ocurre detectar homología, salvando el tiempo y la distancia, con otro escritor también francés, también poseído del mismo horror. Sin dudas, entre el autor de El Rojo y el Negro y Bloy hay puntos de tangencia, pero ambos lucharon con armas distintas. Si Sthendal se hubiese llenado con la pureza que inflamó al Desesperado, la cabeza de Julián Sorel hubiera venido abajo por causa más digna.

León Bloy, el león de manso corazón, fue despreciado. Tanto los idólatras de Baco como los cristianos arrebatados por el infierno que llevamos dentro, sentían el estallido colérico del flagelo sobre sus espaldas y lo rechazaban enérgicamente. Destino de profeta en su tierra como en la ajena: ser incomprendido, ser apaleado. Era su destino; estaba  comprometido con el Amor y seguiría vociferando hasta que su garganta hinchada no pudiese más; y aún así no callaría, pues continúa imprecando con el estruendo del rayo...

 

GABRIELA, ÁNGEL Y VIENTO

GABRIELA,  ÁNGEL Y VIENTO

Por Luis Sexto

 Quizás sea atinado aceptar  provisionalmente que cuando sustituimos nuestro nombre  con  un seudónimo, es porque nos empuja el deseo de oponer el “Yo” que uno desea ser  al que es. Ello es lo que parece haber ocurrido con Gabriela Mistral, nacida  como Lucila Godoy en 1889 y muerta 68 años más tarde con el nombre de un arcángel judeocristiano y el apellido del viento que sopla desde África hacia el valle del Ródano.

No evito la especulación. Consciente soy de qué  dentro del alma humana he de andar a tientas, con el sigilo de un ladrón nocturno que teme, no solo despertar peligrosamente a cuantos duermen, sino afrontar un riesgo estéril al entrar en la habitación equivocada. ¿Dónde está la lámpara de láseres que nos facilite recorrer los pasadizos interiores de esta mujer sin introducir los dedos en algún enchufe que nos electrocute con el ridículo? Freud lo intentó. Y a veces rozó el desacierto con la presunción de convertir a la psique sensitiva y complicada del Hombre en un amasijo de determinismos oníricos o postraumáticos.

¿Qué mueve a una persona a adoptar un seudónimo? Quizás lo que he dicho: el propósito de ser distinto al que se es, de definirse en la otredad al menos para la percepción pública. O también influyen los acertijos artísticos que suponen que un nombre ficticio, concebido junto a asesores de propaganda, porta más gracia, más atractivo, que el que se obtuvo en la declaración paterna ante el encargado del Registro Civil. Gardel por Gardes; Marilyn Monroe por Norma Jean Becker; Moliere por Juan Bautista Poquelin; Fray Candil por Emilio Bobadilla; Almafuerte por Pedro Bonifacio Palacios… Tal vez un irreducible complejo de inferioridad, o un conflicto de timidez insuperable perviven en el lecho movedizo de un seudónimo de escritor, poeta, dramaturgo, actor o actriz, cuyo nuevo nombre lo representa en la nueva vida de la fama. Puede ser solo eso, o posiblemente sea más. Pero casi suscribo que mayoritariamente una valoración muy aguda de los beneficios publicitarios sugiere el cambio de identidad, al menos en las relaciones públicas.

En Gabriela Mistral no lo veo de ese modo tan práctico. En su poema  “La otra” creo hallar una razón valedera. En esos versos deja filtrar ese querer renacer de la natal envoltura como otra: “Una en mí maté: yo la amaba (…) yo la maté. Vosotros también matadla.”

Los amigos y críticos de Gabriela coinciden en afirmar  que el tejido de su psique  estaba tramado con el fuego volcánico y los estremecimientos aciclonados del genio. Esa naturaleza no cabía en el apelativo común de Lucila Godoy, de modo que la maestra rural asume el nombre irrepetible que la identificará en la sobrevida de la poesía, orbe donde únicamente cabía la superabundancia de su espíritu.

Cuando Gabriela Mistral murió, el día de su deceso debió de oscurecerse el cielo de América Latina. Moría, según el poeta Eliseo Diego,  la mujer que estas tierras esperaron durante 400 años. Desde Sor Juana Inés de la Cruz, en el siglo XVI, la literatura de la América que está debajo de la del Norte, y es diversa y única en sí misma, y distinta a la que habla el inglés práctico del confort, no había contado con una poetisa tan universalmente femenina.

Gabriela, sin embargo, trasciende, supera a Sor Juana Inés en la ternura. Si la lucha de Juana de Asbaje -velada con un seudónimo como rito oficial para distanciarse simbólicamente de la dama  anterior a su ingreso en el convento- fue por establecer el valimiento intelectual de la mujer en tan temprana época,  la maestra chilena del siglo XX levantó, en cambio,  el emblema de la ternura; ternura que en ella, de acuerdo con Pablo Neruda, otro seudónimo liberador, se transparentaba  como “una sonrisa de harina en su cara de pan moreno”.

 Muchos de cuantos la juzgan quieren ver en la autora de Desolación, por ello,  a “una enemiga de lo intelectual”; a una intuitiva extrema que despreciaba el esfuerzo consciente del pensamiento. Pero, tengo que admitir, aun entre paradojas, que fue una intelectual de pulsaciones ardientes. Su obra, ganadora del premio Nobel,  es una prueba y un molde de conocimiento técnico de  la literatura, de dominio cultural del idioma. Habría que leer su folleto sobre la lengua de José Martí. Y vamos a palpar las sugestiones más impulsivas envueltas en el rigor del saber y de la información. Doblemente interesante es ese librito, que fue al principio una conferencia y después ha sido la conjunción del águila y la serpiente en las cumbres nevadas de los Andes; empalme del que vuelta y del que repta: esto es, del genio y del trabajo. Juntos ambos, como personalidad inmanente desde cuya altura el mundo se aprecia azul y blanco.

Para ella, como para Martí, la inteligencia solo era valiosa si servía para expresar lo más humano de la vida. Y por esa causa odió el brillo de la literatura sin savia de emoción y ternura. Entre sus insultos predilectos figuraba este más de una vez dicho con suavidad a algún erudito presuntuoso: “Estás podrido de inteligencia”. Ella, contradictoriamente, estaba compuesta de inteligencia, pero de fibras de intelecto sensible y apasionado en el que la razón atendía en prioridad las aparentes sinrazones humanas y luego lo formal y práctico.

Fue, por todo, la cantora de la ternura –así, incluso tituló uno de sus poemarios-. Su poesía, aun la que impreca y maldice, la escribió con “dulcedumbre de madre para el hijo dormido”, como reza uno de sus “sonetos a la muerte”. Y madre fue para los niños de la guerra civil española. Y como madre inquieta actuó para sus pueblos de América Latina, solidarizándose con la épica guerrillero de Sandino en Nicaragua.

 El corazón de la poetisa era una masa telúrica. Provenía de la propia raíz de los Andes donde, como advertía Martí, se apretaba la plata. La plata que en Gabriela palpitaba con el instinto del Incario, la Araucaria  y Tenochtitlán, en el haz que juntó casualmente la Hispania Fecunda de Rubén Darío. Ah, lo comprendo ya sin torceduras: Lucila Godoy, la muchachita frustrada, zurcidora de recuerdos, no alcanzaba para tanta gloria. Era tan ancho su corazón que solo podía habitar en el nombre de un ángel acompañado por el viento.

ENCUENTRO CON ANDRÉS HENESTROSA

ENCUENTRO CON ANDRÉS HENESTROSA

Por Luis Sexto

El 13 de enero murió Andrés Henestrosa a los 103 años. Hace unos meses escribí estas líneas que han de servir, póstumamente, como homenaje al poeta fallecido. 

Mi primer artículo o ensayo publicado apareció en la revista Ábside, gracias al hispanista cubano José María Chacón y Calvo. Conservo el ejemplar que me enviaron por correo y la carta que lo acompañaba, firmada por don Alfonso Junco, el director y autor, entre otros libros polémicos, de La jota de México y otras danzas.  Y  hablo de Ábside  y de esas historias que en la vida de un individuo se ensartan cuando aparece un hilo provocador, porque en esa revista de cultura mexicana -que en 1968, cuando yo puse mi nombre inocente en sus páginas cumplía 31 años de fundada- leí una frase de Andrés Henestrosa cuya maestría me hostigó durante un tiempo con el deseo de leer a su autor en más abundante paginación. Alguien citaba un párrafo en el que  este poeta narrador decía: “Muchas otras cosas me regaló España. Muchas más me dará la vida; pocas como las de aquella noche madrileña. Cómo sería que a la mañana siguiente ya era recuerdo, melancolía, que es como se llama la dicha cuando envejece.”  

Hubiera querido haber encapsulado, en un cartucho de síntesis y poesía, esa última línea subordinada. Y haber seguido en contacto con el autor de ese párrafo tan vital y ascético, tan ingrávido y tan cargado a la vez. Desde entonces pretendí convertirme en lector del que fue capaz de inventar fórmulas tan austeras y tan originales. Y como uno no lee siempre los libros ni a los autores que desea, esperé pacientemente a topar con la prosa de Andrés Henestrosa, mexicano de múltiple sangre, que en 1921, a los 14 años, aprendió el español y más adelante empezó a ejercer los puestos políticos, diplomáticos y literarios que le ganaron  sus aciertos.   Leí más tarde un elogio de su prosa, leve, como pájaro en el aire, ensartada en una ternura melancólica y con la sugerente sobriedad del que cree que las palabras no han de derrocharse como fortuna ajena o mal habida. Las frases que enseguida reproduciré las he capturado, como a mariposas, de salto en salto, y quizás pertenezcan –no lo he podido comprobar desde la distancia en que se halla Cuba de las librerías mexicanas- a Retrato de mi madre, publicado en 1940: “No duró mucho aquel amor. Doce años después mi padre murió. Mucho tiempo para el sufrimiento, pero un instante para la dicha. (…) Mi madre vivió llorando. Después se secó las lágrimas, y una gran resignación, refugio de mis dos sangres oprimidas, ocupó el sitio del infortunio. (…) Silbó el tren. Me monté en él y estoy seguro que lloró aquella noche todas las lágrimas que ante mí contuvo. Estoy seguro porque yo me siento anclado, igual que una pequeña embarcación, a un río de lágrimas.” 

Hace unos días, al fin se produjo un encuentro completo entre Henestrosa y yo. Divagando entre los libros domésticos de un amigo, hallé un  volumen de crónicas del mexicano y lo pedí en grado de urgencia suma: como una medicina que de no ingerirla, puedo perecer. Fue uno de los últimos, ya nonagenario el autor: La otra Nueva España, compuesto en 2001 a base textos publicados en periódicos sobre escritores y artistas españoles. Posiblemente me hubiese gustado sumirme en Los hombres que dispersó la danza, o en el mismo Retrato de mi madre, o Los cuatro abuelos, o Acerca del poeta y el mundo, títulos, entre otros, de su bibliografía. Pero aun en estas crónicas urgidas por el periodismo se aprecia la prosa aérea de Henestrosa, donde cada palabra no necesita de otras para alcanzar un valor dentro de la abnegación de quien renuncia a lo mucho por lo mínimo. Andrés  convoca, más que la belleza, la sustancia de la realidad y el Hombre.  

La belleza parece no ser conquista que lo presione. Ha confesado que una de sus hazañas es haber aprendido el español siendo adolescente, cuando ya había formado su pensamiento y su habla  en la dulzura de las lenguas indígenas. Pero cuando escribe prefiere ser fiel a la vida. Solo intenta –interpreto- pasear su espejo por el suelo y el paisaje, mientras  las  llamadas calidades del estilo se le van adjuntando en la ruta después que la verdad, apenas rozando el camino a pesar de su peso, marcha airosa en su carroza trashumante. Lo acepta claramente cuando, lamentando la muerte de Pío Baroja,  dice que este  es “un escritor que desentonaba un poco en el coro de los grandes escritores españoles”. “No tuvo la maestría de Gabriel Miró; careció del arrebato de Miguel de Unamuno; muy lejos de la elegancia de Ortega y Gasset, entre él y Azorín no hay punto de comparación en lo que mira al estilo. Y sin embargo, Pío Baroja ha sido uno de los autores más leídos, más buscados y de fama igual a sus contemporáneos, si no es que más grande. ¿Por qué? Porque Baroja al escribir echaba adelante al hombre más que al escritor.”  

Oyéndole esto, más me apego a Andrés Henestrosa. Y más me percato de que mis deseos de leerlo, a medias satisfechos, podían haber estado prescrito desde mucho antes. Tal vez desde el primer momento cuando él indio recién estrenado en el español comenzó a leer a esos españoles “de otra Nueva España” que nombra, respeta  y ama: Unamuno, Azorín, Baroja, Ortega, Miró, Bergamín…  Los mismos autores, me parece, en los que quise aprender a quedarme para siempre en una página,  que esa es la gloria del que posee un estilo.     

LA MUERTE DE LISANDRO OTERO

LA MUERTE DE LISANDRO OTERO

Por Luis Sexto 

Exactamente cuarenta y nueve años después de haber difundido quizás la noticia más importante de su carrera periodística, Lisandro Otero murió la noche del pasado 3 de enero con el crédito de ser autor de una obra donde convivieron sin estorbarse la literatura y el periodismo. 

Temprano en la mañana del 1 de enero de 1959, Otero abrió el canal 12 de la Televisión cubana con la noticia de que el dictador Fulgencio Batista se había fugado del país esa madrugada. Era entonces un periodista con cierta experiencia en la revista Bohemia y autor de un libro de cuentos titulado  Tabaco para un jueves santo Nacido en 1932 en la Habana, estudió en la escuela de periodismo Manuel Márquez Sterling entre 1950 y 1954, filosofía en la Universidad de La Habana y de 1954 a 1956 siguió cursos en La Sorbona. 

A partir del triunfo de la Revolución, Otero compartió funciones de dirección en medios de prensa, entre ellos el suplemento cultural Lunes de Revolución y las  revistas Cuba y Revolución y Cultura. Sirvió como diplomático en Londres y en Santiago de Chile y fue además vicepresidente del Consejo Nacional de Cultura. En los años más recientes ejerció hasta su muerte como director de la Academia Cubana de la Lengua, correspondiente de la Española. Paralelamente, incluso mezclando experiencia y escritura fue desarrollando una obra narrativa que incluyó libros de reportajes como ZDA, En busca de Viet Nam y Razón y fuerza de Chile. Entre sus novelas sobresalen dos obras maestras, la noveleta Pasión de Urbino, en la que abordó audazmente la vida sexual de un clérigo, y Temporada de ángeles, un fresco sobre la revolución inglesa en la que se advierte, aparte de la exacta y viva reconstrucción de la corte londinense del siglo XVII, un lenguaje tan precisa y artísticamente organizado  que la convierten en una de las novelas de más alto nivel estilístico en la literatura cubana. La situación –premio de la Casa de las Américas en 1963-En ciudad semejante, El árbol de la vida y Bolero, son otros de sus títulos que, en conjunto, fueron traducidos a 15 idiomas. 

Lo más singular de Lisandro Otero radica en que  hasta sus últimos días ejerció el periodismo. En 2006 publicó un volumen con las crónicas y reportajes publicados en  medios de América Latina y Europa en la última década. Con esos textos – recogidos bajo el título de Avisos de ocasión- que se afiliaban unas veces al periodismo literario mediante la fluidez narrativa y otras a través del ensayo y la crónica, Otero mostraba su profunda cultura y, en particular, su dominio noticioso de la actualidad.  

En una entrevista concedida al autor de esta nota meses antes de fallecer, Otero confirmó que había comenzado a escribir bajo la influencia de la literatura estadounidense moderna.  “Antes había experimentado la influencia de los españoles de la Generación del 98 y la omnisciencia del autor, legado del siglo XIX, se me introdujo en el discurso literario. Tuve que hacer un esfuerzo para sacudir al autor-dios y darle entrada al observador objetivo y aparentemente desapasionado. Describir como un testigo y no involucrarme como un protagonista más, esa fue la primera enseñanza de aquellos escritores, que abandoné después, cuando comencé a leer intensamente a los franceses, especialmente Stendhal y Flaubert.      

Entre los norteamericanos que leyó enumeró a “maestros como Hemingway, Dos Passos,  Faulkner, John Steinbeck, William Saroyan,  Erskine Caldwell, James T. Farrell, Thomas Wolfe… Más tarde vinieron otros: Norman Mailer, Carson McCullers, John O´Hara, Truman Capote, Gore Vidal”. 

Más evidente fue la  influencia norteamericana en su periodismo, sobre todo en tu modo asumir  el tema  mediante datos informativos que van directo al interés de los lectores. “El periodismo norteamericano –reconoció- descansa principalmente en la compilación de datos corroborados y de ahí surge la reflexión y el razonamiento propios. Primero, los hechos, luego, el análisis. Ese es el estilo que uso, aunque cuando llegó el llamado “nuevo periodismo” de Tom Wolfe, la mezcla de elementos narrativos, descriptivos y ambientales con la trascripción informativa encontré que yo había estado haciendo eso desde hacía tiempo”.  

The New York Times le sirvió como de sus modelos principales.  “A pesar de su falta de ética, como lo demostró en sus informaciones sobre la invasión de Irak, sus notas periodísticas son, técnicamente, magistrales”. 

Lisandro Otero murió con el reconocimiento oficial al ser honrado en 2002, con el Premio Nacional de Literatura.  Era también un autor acatado por los lectores, y su obra, no obstante cualquier arista controvertible, ha de figurar por sus calidades estéticas y sus valores humanos como una de las más sólidas y respetables de la literatura cubana escrita durante la Revolución y de la lengua.     

 

EFRAÍN RUIZ CARO, PERIODISTA Y POLÍTICO

Por Juan Gargurevich  

Efraín Ruiz Caro, periodista notable, político de izquierda y luchador social indeclinable, ha fallecido luego de una larga y valerosa lucha contra la enfermedad. Desaparece así un miembro de la generación de periodistas y políticos de los años 50 que asumieron el compromiso de hacer buen periodismo ligado a  las causas sociales en que creyeron y sin apartarse nunca de sus postulados. 

Ruiz Caro, miembro de una antigua familia de Cusco  inició su carrera en el periodismo, cuando no había cumplido los veinte años, reclutado para formar parte de la redacción del nuevo diario tabloide  "Ultima Hora", y fue allí que descubrió que su vocación no era el estudio de Ingeniería, razón por la que había sido enviado a Lima. Pero como él mismo contaba, los talleres, la redacción,  la emoción de buscar noticias, el gratísimo momento de sentarse a escribir y luego ver publicado su reportaje, lo decidieron para siempre por el periodismo.  También había sentido el llamado temprano de la política en los últimos años de la secundaria en el colegio "Cienciano", uniéndose a grupos que estudiaban textos que convocaban al cambio revolucionario. Por eso, luego de afirmarse como periodista en el famoso tabloide popular, decidió participar en política luchando contra la dictadura de Odría  y por sus méritos fue elegido diputado por Cusco en las elecciones de 1956.

Formó luego parte del grupo fundador del conocido "Movimiento Social Progresista". Tendría entonces oportunidad de aplicar su gran experiencia profesional en la edición del famoso "Libertad"  periódico del Movimiento que integraban también, entre otros, Alberto Ruiz Eldredge, los hermanos Augusto y Sebastián Salazar Bondy, Santiago Agurto, Francisco Moncloa, Germán Tito Gutiérrez, Humberto Damonte, todos jóvenes intelectuales decididos por la revolución socialista por la vía democrática. Los "Progresistas" se disolvieron luego de las elecciones de 1962 y emprendieron caminos diversos y Efraín regresó al periodismo para integrar el equipo fundacional de la cadena de diarios que patrocinó el industrial pesquero Luis Banchero Rossi. Luego pasó al recién fundado diario "Expreso" donde asumió la jefatura de redacción, diseñando un diario muy noticioso, liberal, de fuerte impacto popular.

Luego de una etapa en que emprendió algunos negocios, fue llamado a colaborar por los militares que, liderados por el general Juan Velasco Alvarado, habían derrocado al presidente Fernando Belaunde, en octubre de 1968. Ruiz Caro fue encargado de la promoción de la Reforma Agraria y formó parte de los equipos técnicos que recorrieron el país poniendo en práctica los mandatos de la ley que acabó con  la oligarquía terrateniente del norte y el gamonalismo andino.

En 1970 se hizo cargo de la dirección de los diarios "Expreso" y "Extra", administrándolos en colaboración con sus sindicatos y en actitud consonante con sus deseos de crear medios informativos de amplia participación gremial, sindical. Luego de la expropiación  de los diarios en 1974, Ruiz Caro se apartó del gobierno militar y marchó a Europa nominado como Secretario para América Latina de la Organización Internacional de Periodistas, con sede en Praga, capital de la entonces Checoslovaquia. Se reconoció su constante apoyo al movimiento gremial periodístico, debiéndose recordar que también estuvo entre los fundadores de la Federación de Periodistas del Perú, en 1950 y que abrió un espacio liberal de unión de intereses gremiales para la nueva generación  de periodistas. También apoyó con decisión al legendario Genaro Carnero Checa en la fundación de la Federación  Latinoamericana de Periodistas, FELAP. 

Desde Praga, donde permaneció más de cinco años,  fue un importante promotor del  periodismo latinoamericano de avanzada, promoviendo la visión crítica de los medios de información de la región, dominados mayormente por intereses de los países del norte.  Cuando regresó a Lima y fiel a su vocación de periodista comprometido, fue nombrado director del diario "El Observador", cuando sus periodistas trataban de salvar la empresa organizándose en cooperativa, es decir, lo que Ruiz Caro había promovido siempre: la participación colectiva.

Con ese espíritu fundó el cotidiano "La Voz" en 1985, tabloide que se sostuvo casi dos años pese al boicot publicitario del gobierno y la terrible inflación del tiempo del primer gobierno de Alan García. Apoyó con decisión a "Izquierda Unida" y a sus dirigentes y convirtió el periódico en verdadera arma de combate. Todos los días seguía y comentaba la actualidad desde su columna "Sin Consignas", con comentarios lúcidos que marcaban derroteros para la izquierda que no logró unificar esfuerzos para proyectar una presencia significativa en el escenario político de aquel tiempo. Apartado de la política, no dejó el periodismo y empleó su vasta experiencia en la redacción y edición de revistas institucionales, trabajo que no dejó ya nunca hasta ser sorprendido por la muerte.

Efraín Ruiz Caro publicó dos importantes libros. El primero, con la colaboración  de su hija Marusia, data de 1985 y se tituló "El futuro traicionado. Gas de Camisea". Es un documentado alegato contra las decisiones del gobierno aprista sobre los yacimientos naturales de Camisea. Más tarde, en 1990, publicó el histórico libro "La Tercera Colonización. El poder de la información  en la era tecnológica",  libro comprometido con los postulados de la exigencia por un nuevo orden mundial de la información y en el que se detalla el sistema informativo de los países del norte, planteando como tesis central que "La comunicación, controlada por grupos transnacionales que coinciden y defienden la política exterior de Estados Unidos, es hoy el gran instrumento de colonización. La comunicación engloba todos los sistemas vinculados a la mente humana (…) Nada hay de inocente ni de imparcial en la comunicación…". No le alcanzó el tiempo para corregir un texto que tituló "Carta a mis nietos. Herederos de un país fascinante", en el que recoge los logros de nuestros antepasados precolombinos.

Diciembre del 2007 

 

HUMBERTO ARENAL: PREMIO NACIONAL DE LITERATURA

HUMBERTO ARENAL: PREMIO NACIONAL DE LITERATURA El Premio Nacional de Literatura en este 2007 lo mereció Humberto Arenal (1926). El narrador, dramaturgo, periodista y poeta mereció el lauro por la riqueza y diversidad de su obra y el peso que ella tiene en la literatura nacional cubana, a juicio unánime del jurado presidido por Leonardo Acosta, Premio Nacional de Literatura 2006, e integrado por María Elena Llana, Julio Travieso, Guillermo Rodríguez Rivera, Alex Pausides, Roberto Méndez y Alberto Guerra, quienes emitieron su fallo ayer en el Centro cultural Dulce María Loynaz.

El Premio Nacional de Literatura 2007 será otorgado oficialmente a Humberto Arenal el 14 de febrero del 2008, en la XVII Feria Internacional del Libro de La Habana.

 

100 AÑOS DE UN GRAN HOMBRE

100 AÑOS DE UN GRAN HOMBRE

Oscar Niemeyer nació el 15 de diciembre de 1907. Cumplió ayer, pues, 100 años. Evidentemente su genio plástico ha levantado una obra arquitectónica que signa el siglo XX con el carisma de los anticipadores. Hemos de hacer notar una de sus peculiaridades: cuando cumplen aniversarios de nacidos muchos de cuantos nacieron con él en aquel mundo que empezaba a romper los límites del XIX, Niemeyer confirma, con su vitalidad actual y actuante, que su larga vida parece ser la otra obra magna que edificó con el trabajo y la virtud. 

Brasil ha de vibrar hoy de júbilo.América Latina también. Oscar Niemeyer ilustra cuánto de creador pervive en estas tierras que José Martí, otro genio latinoamericano, llamó Nuestra América. Arquitecto renovador. Artista del hormigón. Hombre de inquietudes políticas y sociales,ha sufrido persecución, cárcel, exilio por sus ideas y sus acciones a favor de los pobres. Y quien sufre por lo que cree y defiende, merece respeto. Quien trabaja por el Hombre, gratitud.  

El 2008 será en Brasil el año de Oscar Niemeyer. Día a día el gran arquitecto, al acudir a su oficina para leer la prensa y su correspondencia, podrá percibir que “ha cumplido bien la obra de la vida”.

Cuba posee el privilegio de que el genio de Niemeyer diseñara la embajada de Brasil en La Habana.