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PATRIA Y HUMANIDAD

Crónicas

VOLVIENDO A PALABRAS YA DICHAS

VOLVIENDO A PALABRAS YA DICHAS

Luis Sexto

 Adiós a las armas fue una de mis lecturas veinteañeras. Y aunque a veces recito espontáneamente su primera frase: “En el tardío otoño de aquel año…”, lo más recurrente es el final de la novela. Cuando concluí de leerla -alguna vez lo he  contado- terminé con una punzada  en el pecho. ¿Habrá sido mi primer infarto y ningún “sismógrafo” ha registrado todavía la hendidura? Fue, a pesar de mi suposición, la resonancia permanente de Hemingway en mi lado cordial.

En esas líneas finales, el escritor que habitó en San Francisco de Paula pintó el destino humano. Cuando el teniente Henry fue a despedirse de su mujer, muerta junto con su criatura en el parto, entró en la habitación, encendió la luz y era como decirle adiós una estatua. Luego apagó, y salió a la calle bajo la lluvia. Con el tiempo, todos terminamos siendo estatuas, y el caminar bajo la lluvia nos condiciona la más sugestiva imagen del desamparo…

Tras tantas lecturas, y unas cuantas cuartillas escritas, ¿se llega alguna vez a orientar, dirigir la verdad de la poesía y la vida?  Quizás Hemingway nunca estuvo seguro de haber ganado el cielo con Adiós a las armas. Y continuó escribiendo, con la sensación de ser tan pequeño como la pinchadura de un alfiler. Porque qué es la cima si no una altura relativa. El ascenso, lo más alto, resulta una quimera: suele quedar corto.

Tal vez lo que resultara destacable en mi cuestionable ejecutoria periodística, sería la vocación. No me sonrojo al decir que he comido y bebido tinta y papel. Ese es mi único mérito. Y cuando de pronto, sin haber estado habituado, nos hallamos braceando entre manos generosas que felicitan nuestro trabajo,  uno se confunde, duda, y lo asusta no ser digno, pero se consuela cuando viaja al pasado y empieza a recordar a tanto amigo célebre que nos empujó a renunciar a todo por una palabra. Fueron muchos. Y si no soy bueno, soy responsable de no haber empleado con efectividad a tantos maestros.

Pienso, pues, en José María Chacón y Calvo, que me enseñó la diferencia entre la palabra que empacha y la que se subordina al buen gusto; en Waldo Medina, que me recomendó que nunca desdeñará un espacio por mínimo que fuera; en  Dora Alonso, que me hizo ver que la autocrítica excesiva conduce a la esterilidad; en Cintio Vitier, que una tarde en el Palacio de las Convenciones me recomendó el arte supremo: ¡que tanto quepa en tan poco!; en Eduardo Héctor Alonso, cuya advertencia aun está vigente: la originalidad no se busca, se halla. Pienso en Enrique Pichardo, hombre sin fama, ni obra, pero tan agudo lector que era  capaz de obligar a corregir con esta tímida observación: Uhhh, eso suena raro.

Y pienso también en mi madre, Elda, que cuando yo era adolescente y notó mi vocación -como ya escribí a raíz de su reciente deceso- me animó diciéndome que sería mi secretaria cuando fuera famoso. Y pienso en mi padre, Manolo, el obrero, el hombre sin letras, cuyo corazón graduado en el amor y la cordialidad, me trató siempre, aun desde niño, como un ser importante. Y pienso -excusen lo  patético de esta referencia- en mi difunto hijo menor, Víctor Manuel, que, siendo muy pequeño, me oredenó, sentado sobre mis piernas cuando yo tecleaba un artículo: Escribe duro, papá...

Y por qué he juntado tantos nombres, tantos recuerdos aparentemente caóticos. Tal vez tenía ganas de escribir para que el periódico -papel que se rompe y cristaliza- recogiera, como en un almacén soterrado, a prueba de riesgos nucleares, esa tristeza que hoy, como en mi niñez, me oprime viendo el mundo pasar.

 

 

ELEGÍA POR LA GLORIA

ELEGÍA POR LA GLORIA

Luis Sexto

Muchas veces he venido a sentarme en el Malecón a confirmar las infantiles pruebas de la redondez de la tierra con los barcos que se perdían en el horizonte como si resbalaran por una canal. Hoy, ante  un mar bamboleante, saltarín, y un cielo encofrado de grises, me azuzan los recuerdos, la nostalgia, la sensación de brevedad. Las aguas, con su acostada  certidumbre de que siempre recalarán en  algún sitio,  me revelan  la cruz latina del momento cuando he  llegado a la edad en que ya el tiempo canta  los números de mi cuenta regresiva.

La vida se ha ido en el languidecer de los recuerdos, en ese impulso, a veces inesperado, de volver a los lugares donde uno no viviendo vive. A un kilómetro, por Belascoaín arriba –nunca reconocida como Padre Varela, su nombre de la república- está la calle que nombraron como el pan dulce, los  artificios, las quimeras, el hogar de Dios: Gloria. Allí descubrí un día que los infiernos mezclan la locura con los misterios más santos  y familiares. Porque Gloria nunca habrá sido el paraíso para aquel negro, apodado Chichirichi, que asumió el destino de morirse a la entrada del Quinto Patio, su solar, donde en la otra cuadra, donde ya la numeración iba descendiendo hacia la terminal de trenes, se oía la incauta sensación del disturbio, el resudado percutir de los dioses que a nuevos dioses proclamaban: los tambores y la carcajada, la cintura y el cajón, bembeteos y pañuelos que se arrastraban sobre el sigilo concéntrico de los siglos.

Los periódicos se negaron a vocear la superflua explosión en la sien de aquella tarde. Desde entonces, me conmueven los acertijos de quienes se mueren desconcertados en el quicio de su puerta. Y al segundo piso del 822 subió asustada, sorprendida la heroica decisión de empezar a creer que todo no estaba dicho en los libros que yo iba amontonando sobre los reproches de mamá.

Ahora mamá no está. Y  al mirar el agua que parece irse, le pido que me hable,  con noticias de la vieja Sabina, Modesto el barbero, Segundo el jubilado, y el trombón del sargento, músico de la Marina, a cuyo ronquido duermen, sin despertarse, aquellos días.  ¿Tú despertarás, vieja? Por si no regresas, dame el ácido aroma de tus gritos: llama a mis hermanos, que se esconden bajo el guarapo de los suburbios, cuando aún en los portales que ya no existen en Cuatro Caminos cantaban con laúd y tres de controversia, los amigos del Indio Naborí.  

No he venido a buscarte; tu presencia no se halla en las efemérides que el silencio acredita entre vecinos. No soy de los que regresan y luego se marchan definitivamente otra vez. Me he quedado donde te encuentro deambulando por las azoteas de un fin de siglo muy antiguo en las broncas, los muertos, las guitarras y los pregones de los aires pútridos en la Plaza del Mercado,  mientras La Habana se replica en el mar con sus  palacios, conventos, castillos, casuchas, manglares murallas: provisionales pergaminos, capitulares archivadas, derroche, látigo, manoteo, breve chisme de chancletas,  única gloria que alcanzamos entonces.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL BUEN DEUDOR

EL BUEN DEUDOR

 Luis Sexto

Aún en mi pueblo se yergue la casa donde crecí hasta los nueve años, y está también la ventana desde donde, al mirar el atardecer, recibí la impresión de que la vida carecía de sentido: todo tenía fin. El episodio lo conté hace años en  una crónica condenada también a morir con el día. Incluso, en un poema retraté aquel momento tan antiguo y tan presente en la flaccidez de mi envoltura carnal: “Cuando hacia el oeste/ se juntan/ la bola amarilla/ de la tarde/ y el blanco viejo/ del  cementerio, / ¿por qué todo acaba, / papá?”.

Hace un tiempo, la dicha recurrió y me premió con una visita a mi casa sentimental y volví a echar mis ojos hacia el rumbo de donde me llegó la primera tristeza. Varios de mis coterráneos, vecinos del pueblito de donde salí a los nueve años, en 1954, y que me vieron crecer, se asombraron ante la precisión de mi memoria. Qué habría olvidado de mi General Carrillo si fui indicando lo que había donde ahora ya no está lo que hubo y a la vez nombraba a las personas que tampoco están. Mi pueblito nunca me abandonó, quizás se acurrucó clandestinamente bajo algún tapete del pasado, y la mañana nublada en que subí al tren junto a mamá y mis dos hermanos todavía colorea mis recuerdos. ¿Por qué nos parece tan triste le ida que no promete la vuelta?

Pero he vuelto más de una vez, como el buen deudor regresa a quien algo le prestó. Y el  22 de febrero de 2012 llegué acompañado por el primer secretario del Partido y la presidenta del gobierno del municipio de Remedios, y tres amigos: la sensible Leydi Torres Arias, el servicial Tomás Rojas y el cordial Jesús Díaz. Iban a entregarme el más intenso y también el más inmerecido premio de mi existencia.

Varios de mis coterráneos, encabezados por Perico San Pedro y Rolando Ramos, amigos de Elda y Manolo, mis padres, se habían reunido en la casa de la Cultura. Esta era la fonda de Neno, dije al entrar y evocar los antiguos olores que yo solo podía percibir. Varios estudiantes elegidos de la música, al son de armónicas cuerdas y percusiones, cantaron una pieza, movida como palma bajo el viento y con un estribillo, o una frase final que me estremeció: “Luis Sexto es también de aquí”. Sí, yo soy de aquí. De aquí. Y luego Gisel de la Rosa, presidenta de la Asamblea Municipal de Remedios, casa matriz de mi cultura, de mi fe y de mi honra, leyó un acuerdo en que se me nombraba hijo ilustre de la octava villa de Cuba.

¿Ilustre yo? No los engaño. Lo deseé sobre todo cuando los años ya me iban convirtiendo en la posibilidad de constar solo como un asiento en el tomo primero de nacimientos de General Carrillo. Cuánto esperé, hermanos,  cuánto trabajé para habitar -no sabía cuándo, ni cómo- este instante que se me figura el juicio final para quien, entre yerros y nobles propósitos, reclama sobre todo una virtud: haber andado constantemente, como entre celajes, por las calles polvorientas de mi pueblito y saludar de vez en cuando a aquella gente de mi corazón. Buenos días, maestro Fruto;  y a usted también, señor juez Celestino Fábregas; y también  a usted, Fray no recuerdo el nombre, franciscano que me golpeó la mejilla caritativamente por entretenerme mientras él predicaba en la iglesuca construida por miembros pudientes de mi familia. Ah, y cómo estarán tus huesitos, Emilio Manengo, mi compañero de juegos, muerto de tétanos poco después de haberme marchado a la capital desconocida, ajena y ruidosa.

Lo he creído sin devaneos: ningún prestigio será completo sin el reconocimiento de los que testificaron haberte conocido desde cuando asomaste la cabeza entre los quejidos de mamá. Es la valoración suprema. Aunque se equivoquen, al reconocerte como alguien valioso para tu terruño, uno duda menos del merecimiento propio. Si ellos lo dicen, si ellos aceptan que tú seas hijo ilustre, qué oponerles.

Y sin embargo, aquella tarde acudí a un argumento que me preserva de toda culpa por aceptar sin méritos tanto honor. Y les dije que como sé un poquito de gramática y me defiendo con la palabra, vamos a modificar el título. Quitemos la i de ilustre, invirtamos la oración y digamos: Remedios y General Carrillo le dan lustre al más indigno de sus hijos. Y quedé limpio de toda vanidad y seguí siendo aquel niño que aprendió en su pueblito, mirando la tarde a través de la ventana, a intuir tan tempranamente la brevedad de la existencia. 

 

 

HOJA DE RUTA

HOJA DE RUTA

Luis Sexto

Kant impartió lecciones de geografía. Quiso interpretar el mundo. Y dicen que  nunca viajó fuera de la ciudad de Koenisberg. ¿Será por ello que los textos de su filosofía son tan abstrusos? Este ejemplo extremo presupone viejas preguntas: ¿Viajar? ¿Para qué?

Unos, entre quienes pueden, lo hacen por negocios, la profesión o urgencias familiares. Pero los más suben a un ómnibus, un tren, un barco o un avión con el propósito de conocer,  acumular  la experiencia que ofrece la dilatada diversidad del globo. Llamémosle turismo, vacaciones, ocio, pero el fin de la travesía será siempre el mismo: acumular visiones que ensanchen los omóplatos del espíritu.

De acuerdo con los venecianos del Quattrocento -navegantes, viajeros empecinados-  vivir no es tan necesario como viajar. Pero yo he viajado para trabajar. Empecé recorriendo a Cuba. Admito que después de cuarenta años no soy el mismo del principio. Y sin esa bitácora tan emborronada de paisajes y gente de Cuba, quizás fuera distinto del que soy. Porque si es cierto que uno se define en particular según su familia, sus maestros y los libros que lee, también uno va conformándose en los troqueles de sus viajes. Espontáneamente, la estrategia de mi recorrido fue opuesta al sentido de las invasiones de las guerras revolucionarias. De Oriente hacia Occidente arrollaron a su turno mambises y barbudos. Yo, al revés, comencé a trabajar en Artemisa, entonces en la jurisdicción de Pinar del Río. Y más tarde avancé hacia una oficina en la capital. De ahí a Perico, en Matanzas. Y tras 15 días en Chaparra y Delicias, Oriente, viré a Sancti Spíritus, en Las Villas; luego ascendí a Amancio Rodríguez, inserto todavía en Camagüey. Y más tarde a la ciudad de Matanzas, en un justo regreso a Occidente que le debo  a Enrique Oltuski.

En esos años –cinco en total- ejercía de agrimensor, unas veces en los cañaverales y otras en los ferrocarriles de los ingenios. Después sobrevendrán los tiempos del periodismo, cuyo aprendizaje cursé escalando la sierra de Guamuhaya y la Maestra, o la del Rosario, y sombreándome en los bosques de la ciénaga de Zapata y la península de Guanahacabibes, y navegando en pesqueros de algún puerto. Vivencias, contacto sustancial con el que adquirí el definitivo color cubano: en ningún sitio del archipiélago experimenté añoranza, ni inadaptabilidad. Cuba, la mía, era cualquier foco donde mi conciencia se iluminara con el esplendor optimista de la vida, ya fuese en un barracón de ingenio, o en la meseta de cocina que alguna vez utilicé como lecho.

Inútil resultará el apremio para enumerar los recuerdos que no espanto con las palmadas de la desmemoria.  No parece creíble: a nada, ni a nadie, he olvidado. Tal vez se escabulla un episodio, un rostro. Pero estoy anudado y relleno con esos viajes, esas temporadas de trabajador eventual, de migrante inconcluso. Y por ciertos lugares la nostalgia ronronea su predilección. Aún me figuro sentado  en el parque del central Amancio Rodríguez. Solo, de frente al sol que se diluía en la tinta roja del atardecer. Con un libro  y la esperanza de volver a ver a una muchacha, esperaba  allí la hora de la comida en el hotel que administraba el paciente Arístides. Luego la sobremesa en la esquina del correos o en la oficina de Formell, hablando de Julián del Casal o Tomás Mann con aquel grupo en el que sobresalía el ingeniero Rafael Camblor, de quien volví a saber cuando un periodista lo mencionó al escribir sobre la construcción, 40 ó 45 años antes, de la terminal marítima de Guayabal. Era -¿o es?- sensible, afilado, culto. Y tanto que me pidió -previamente a uno de mis viajes a la casa familiar- las poesías del modernista Casal. Y recuerdo haberle dedicado el tomo con estas palabras, entresacados de uno de los cromos renovadores del misógino y pesimista poeta, y con lo cual yo pretendía justificar el gusto de Camblor, aparentemente extemporáneo: “Casal aún se desangra como Petronio en su bañera de alabastro”.

En el medio, los viajes de trabajo al extranjero sedimentaron mi experiencia periodística. Completaron visiones previas de mi cultura. Dos meses en La Paz me concedieron el capricho de  palpar, sentir la nieve. Estábamos cerca de los picachos andinos, que en sus espacios sin hielo mostraban manchas de piedra gris, reseca, tan antigua como huesos prehistóricos o una página inicial del Génesis. El altiplano, otro día, me reveló una imagen concreta de la desolación en aquella choza de adobe aplastada como si fuese un bolo de coca contra el pasto. Aún la recuerdo alejándose tal un grito aterido en la frialdad del cielo, tan cercano. Al final del viaje, próximo a la frontera con el Perú,  el Titicaca, nombre mágico de nuestra niñez escolar, cuyas aguas un día imposible ganaron la certeza de su grandeza y de mi pequeñez marinera.  Antes, en  fecha que no apunté, había recorrido durante seis horas uno de los caminos más recomendables para un suicidio con apariencias accidentales. Partimos de la afueras, de los bordes de la hoya donde se arracima la capital a 3, 600 metros de altura no sin antes un chamán invocar a la Pachamama para que  protegiera nuestra buena suerte. En ese instante, me pregunté en qué aventura me enrolaba si era preciso pedir a la Madre Tierra su favor. Y colgado de los Andes entre jorobas y estrechez, la ruta pasó del frío gélido al calor diurético mostrándonos abajo los hierros arracimados de cuantos nunca  llegaron.

A la vuelta desde Caranavi  -de cuyo municipio Omar George, Ariel Terrero y yo somos hijos adoptivos, tal vez por el acto heroico de llegar hasta allí, a  los Yungas,  concurrencia del verdor- pregunté si la vuelta era menos inquietante o tan crucial como la bajada, y respondieron con cierta sonrisa sádica, como regodeándose en el dato: Para subir, hermano, hace falta, sobre todo, que la Pachamama no nos olvide…

Ahora me detengo en las cataratas del Niágara, esa referencia que los estudiantes del Caribe –donde nada asombra- oyen entre nebulosas, como si las aguas se despeñaran en su mente y les llenara la cabeza de partículas de agua, casi parecidas al humo. Para un cubano, el Niágara no integra solo un icono geográfico, sino un santuario histórico. Acodado al muro desde donde el salto mortal del río  publica su grandeza, José María Heredia se estremeció con los primigenios versos de su Oda. Allí recordé, como el poeta, las palmas distantes y calculé la fugacidad del tiempo  al mirar abajo el vértigo pasajero de las aguas.

Viajé al extranjero más de  quince veces. Pero ya había cumplido en lo esencial la imperativa sugerencia de aquella cápsula publicitaria que, aderezada con una música guarachera, rítmica, descoyuntante, recomendaba conocer “a Cuba primero y al extranjero después”.  Y en el extranjero jamás pude estar en sosiego luego de pasados los primeros quince días. Muchos  de mis compatriotas sufren o gozan de esta dolencia que te obliga a mirar hacia dentro, como el hábito guajiro, común en mi infancia, de esconderse detrás de la puerta  al llegar una visita o para recitar unas estrofas del “Carretero y el eco” en un aula multígrada.

No he de desmentir, por tanto, que las temporadas o peregrinaciones interiores plantaron la raíz de mis letras. Y qué bueno, como escribió mi amigo el escritor gallego Xosé Neira Vilas, es tener la raíz en alguna parte. Él mismo, viviendo en Buenos Aires o en La Habana, escribía de sus años y sus cosas en Galicia. Y también yo recurro, como en  un vicio, a aquellos viajes  por Cuba, hoy en mi memoria como  itinerario principal de la nostalgia.

 

 

 

 

 

LA TORRE Y EL RELOJ

LA TORRE Y EL RELOJ

Por Luis Sexto

El reloj es la estampa que más recurre a mi evocación de aquel viaje a Cremona. Fue esta vez la hinchazón de mi sensibilidad, el botón que cerró la trampa del placer ocasional. Y mientras escribo he temido que las palabras se escabulleran, porque mi saber no sabe cómo impedir que las alas de cera de mis palabras pisen el vacío y no intuyan que todo les falta. Me he preguntado qué significan los relojes, además de medir las horas y anunciarlas a veces con una campana cuyo sonido bronco o agudo llega como en lóbregas ondas. Y cómo no sentirlo así, si esa campana dobla por nosotros, que pasamos.

Los relojes, como los libros, me dominan. Quizás por esa sumisión  a los cronómetros sea yo tan  puntual, y también capaz de salir a la calle, con  el pulóver al revés. Pero sin reloj, no. Porque me parece no sentir el brazo izquierdo, ni orientarme bajo la luz o la noche. Me atrajeron no sé desde cuándo, aunque solo a los 41 años pude comprar uno con partida de nobleza que justificara el hábito de andar mirándolo con la frecuencia como en un tic, o tac, propio de confesiones psiquiátricas. Y desde cuando los empecé a usar feos y baratos, parece que me gustaba alzar, con cierta inconsciencia, mi brazo izquierdo para echarle un vistazo al de turno. Una novia de mis audacias juveniles me reveló el hábito al preguntar si yo miraba tanto la hora porque ella provocaba mi impaciencia.

Antes de llegar me habían anunciado que en Cremona encontraría a Stradivarius en los cotizados violines que hoy duermen en un museo al temblor de  cuerdas como quejidos de ángeles, sin que hasta hoy se haya averiguado quién hechizó las manos del lutier para  apresar el sonido del cielo en una caja de curvas femeninas.

No me advirtieron, en cambio, de la existencia, de un campanario gótico, levantado a finales de siglo XIII y que clasifican como el mayor de Europa, en cuyo cuerpo frontal un reloj astronómico del 1500 –después vería otros parecidos en ciudades diversas- recorre las horas con una numeración del uno al veinticuatro. Y en el medio de la esfera, los signos del zodiaco invitan a las cabezas pensativas a complicar el misterio del tiempo y el destino humano.

Situada Junto a la Catedral, de fachada tan ruda que casi aplasta  a quien la mira de frente, desde la aguja de la alta torre, o torrazzo, como la llaman los italianos, el ámbito antiguo de esta ciudad de Lombardía, con sus casas de dos y tres plantas y tejados de dos y cuatro agua, y callejas estrechas, justificaba  haber subido 112 metros de altura en 502 escalones. Abajo, cerca de 70 mil habitantes,  se movían con un sigilo remoto, en un ámbito de color ocre, solemne, mural antiguo en un nimbo de silencio, que invitaba a interiorizar la existencia y que acompañó a Stradivarius mientras en el XVII encuadernaba sus violines con una técnica sin herederos.

A la redonda, después de la periferia moderna, se mecían los campos verdes del verano, entre una luz clara y suave, y al fondo, tras la neblina, los Pre Alpes, cuya prefiguración inimaginable llenó los huecos visuales con los que aprendimos, de niños, la geografía del mundo situado al otro lado del Caribe.   

Quizás el reloj del Torrazzo de Cremona, enorme y enigmático para mi mirada suspicaz, recurra a la memoria del viajero con tanta pertinacia, porque sugiere la idea de no darle ninguna esperanza al hombre. Desde lo alto, el tiempo nos tutela como verdugo: gira las 24 horas sin dividir la esfera en dos vueltas concéntricas, que parecen trazar la oportunidad de creer que el día rinde más partiéndolo en un antes y un después de las doce...

 

 

 

 

SANTIAGO

SANTIAGO

Santiago a la izquierda, junto al camagüeyano Lázaro Najarro, en él encuentro de cronistas, en Cienfuegos, noviembre de 2011.

 

Luis Sexto

Su nombre se me presentó cuando mí  aprendizaje primerizo deletreaba la pizarra de periódicos y revistas.  Crónicas, artículos y reportajes que leía entonces en El Mundo, Revolución y luego Granma, o en Bohemia, me servían de cartilla, de modelos donde incorporar la técnica de combinar palabras con exactitud y gusto.

Convertido años más tarde en periodista, y andando por  lugares donde fluye el murmullo del agua, crecen montañas o la llanura y el cielo se juntan, y  descubriendo gente anónima, intocada por la publicidad en el recato de su grandeza humana, el nombre de Santiago volvió a salirme al paso. ¿Me perseguía para estorbarme? ¿O era yo quien ponía mis pies sobre la huellas de los suyos? 

Hacia 1989,  intenté demostrar que Francisca Paula Álvarez Quílez era entonces la cubana más vieja. Decían que tenía los aires de 118 años sobre su piel, que casi se adicionaba a sus huesos, y los ojos  se le habían blanqueado de tanto abrirse a luz. Bohemia me facilitó adentrarme una mañana en la península de Guanahacabibes. Hablé con las hijas. Y entre tantos papeles, me mostraron un reportaje de Santiago -de Santiago Cardosa Arias- ilustrado, entre otras, con una foto de Liborio Noval en que la negra Francisca Paula, vestida de blanco, exhibía, en los primeros años de los 1960, toda su dignidad de señora antigua y sin sonrisa para el extraño. Las hojas ya cuarteadas correspondían a la revista INRA, que luego cedió, a la que se llamó Cuba, su largo formato y propósitos de periodismo de larga distancia, es decir, letra narrativa, circunstanciada como los libros de cuentos.

Santiago narraba entonces la nueva odisea del país: transformar la zona que había estado 500 años inaccesible para la geografía cercana y habitable. Y en la letra de aquel reportaje ancho yo le intuía al periodista la vocación andariega, la adicción al periodismo vivencial, arriesgado. Ya soy consciente de esta verdad: yo transitaba sobre los zapatos gastados por Santiago en la búsqueda de lo menos sabido, lo más intenso del pueblo. Coincidíamos en la vocación “andantatriz, en la pasión de caminar o rodar mientras uno observa y luego cuenta lo visto como si en ello alentara la certeza de multiplicar nuestra existencia.

Santiago –que habla de sí como quien se ignora- ya se aproxima a los ochenta. Todo cuanto anduvo en medio siglo ha quedado en los archivos o en las hemerotecas, sepulcro que deshace poco a poco el papel de  miles de horas de inquietud, angustia, apremios, inconformidades de cierre y no mucho sueldo. Sólo quedaron en la superficie los reportajes de su libro Ahora se acabó el chinchero. En estos días he vuelto a repasarlo. Fue impreso recientemente para periodistas y estudiantes de periodismo. El “chinchero” cuya muerte Santiago historió, no reapareció solo. Lo precede un texto que le da título al libro actual: El reportaje y el reportero, donde  Santiago Cardosa Arias, baracoeso nacido en 1933, nos trasmite su experiencia y su técnica de construir reportajes. Luego, el maestro enumera las razones por las cuales puede trepar a la tarima privilegiada del aula, y  expone una parcial muestra de sus textos, aquellos de Ahora se acabó el chinchero.

Al tener delante nuevamente a Santiago en sus reportajes, quiero devolverle su influencia de maestro desde la distancia. Deseo salirle al paso como él se me atravesaba transfigurado en historias y personajes durante mis primeros años aprendices, y decirle que si ciertos lectores tienden a menospreciar el periodismo, no dudo de que haya un periodismo que merezca ser rebajado, como esta o aquella obra literaria podría ser ignorada sin que y el mundo y ni Cuba, fueran más pobres. Pero el periodismo de Santiago Cardosa Arias afirma el ejercicio limpio, creador, aliado a las tensiones de lo poético, y niega que el periodismo deba ser un estilo chambón, gris, ni mucho menos un producto comunicativo que sirva para suplir necesidades menores. Ni en papel, ni en sonido, ni en imagen.  Esto es, ni para envolver la basura, ni para oírlo como si estuviera lloviendo, ni para verlo porque no hay en la TV algo mejor.

Santiago Cardosa Arias es una columna del periodismo en el último medio siglo. Y yo, apenas una piedra pelona, tengo la dicha –dicha, así puedo llamar a mi gratitud- de recostar mi cabeza sobre su macizo fuste, su enraizada base de humano servicio.  

VACACIONES IMPOSIBLES

VACACIONES IMPOSIBLES

Luis Sexto

 La semana pasada dicté mi crónica por teléfono. El cierre de un periódico ruge tan espeluznantemente como un león y estira los brazos como un pulpo de ciencia fantástica, de modo que me alcanzó a 200 kilómetros de casa. Nadie en la redacción puede burlarse de la urgencia del cierre. Y quien no lo lleve adherido, como huecos nasales, aún no podrá titularse periodista. Érase un periodista a una nariz pegado, / érase un cierre implacable y egoísta... Así más o menos lo hubiera versificado don Francisco de Quevedo.

El episodio no merece contarse. Es lo común. Y común ha sido telefonear o teclear un télex -ahora también pulsar un e-mail- desde cualquier sitio para enchufar las líneas compuestas a veces durante el último minuto en condición de corresponsal, o periodista viajero. O del que, como yo, pretendía descansar unos días lejos de sus habitaciones cotidianas, y la ilusión del descanso derivó en eso: humo y ceniza. Porque las secciones fijas o constantes carecen del derecho a las vacaciones.

Me encontraba en el central España Republicana. Desde hace más de 40 años ese sitio se disfraza para mí de Varadero, Viñales, Soroa... Mis placeres son muy sobrios. El paisaje que envuelve al ingenio –en la Llanura de Colón- no califica para un concurso de exclusividad. Sin embargo, me place, me suministra unas cuantas cucharadas de paz. Quizás se adosó a mis ojos por recomendaciones de la costumbre. Llegué al ingenio el 10 de enero de 1966 a estudiar, y aún, como ya saben, no me he ido. A lo mejor a uno le parece bello lo que ama. Pero a quien juzga desde la orilla, le parecerá aburrido ese ir durante tres décadas al mismo sitio. Pobre mujer, compadecerán a mi esposa. Posiblemente ella añore otros lugares, pero ha visitado el ingenio con mucha frecuencia y con demasiado entusiasmo: allí nació, y allí  hasta el deceso vivieron sus padres.

No es verdad que el uso continuado genere la repulsión. La paso muy bien en el central España. Leo. Irremediablemente escribo. Converso con algunos amigos que han leído tanto, o más, que  cualquier vecino de la ciudad. Y, sobre todo, camino por los callejones desde donde la llanura me conforta con sus claves en verde. Supe cuanto amaba ese lienzo nueve días después del ciclón Michelle. Entonces –escribí en un poema- “los árboles semejaban culpables alambres, bailarinas fugitivas, en los cuernos airados del  espacio. Los vientos acababan de pasar. Ya no había sombra”. 

De ese escenario visual, la caña me disgusta; no entona los mismos mirajes con el coro de la naturaleza. Los cañaverales implican la monotonía, la anestesia de la vista. Y a pesar de cuanto sirvió la caña de azúcar durante 400 años, nunca los poetas la consideraron un tótem, como a la palma, ese árbol que Anselmo Suárez y Romero no se cansaba de contemplar. Ni el ingenio inspiraba imágenes paradisíacas, como la haciendas cafetalera, “edén perfecto” para Wurdemann, viajero norteamericano, incondicional enamorado de nuestro paisaje. Las cuentas presumen que los rendimientos de la sacarosa se amenguaban artísticamente en un poema. Y, además, de una forma u otra, durante cuatro siglos, los trapiches molieron caña y huesos esclavos o asalariados, y el azúcar se cristalizó en granos de dinero e injusticia. Comprensible el rechazo de los cantores. Siluetas dolientes fueron las cañas.

Un poema célebre del siglo XX las convirtió en protagonistas, pero La zafra de Agustín Acosta no las reivindicó como sustancia poética; las sintetizó como campo de sometimiento y angustia. ¿Acaso no iban las carretas rechinando hacia el ingenio norteamericano? Recuerdo que mi amigo Félix Contreras es posiblemente el segundo poeta que haya ensamblado un libro con los cañaverales. Lo publicó en 1971. El título: Debía venir alguien. Alguien que rescatara al hombre de la caña y transformara la zafra en una épica de versos humanos y jubilosos, en los brazos de  “macheteros que miran el ferrocarril pasar”. “El Ferrocarril viene echando como el recuerdo. / Exhala su aroma de leña/ y desgrana entre nosotros, / el deseo de ser niños.” Mi propio deseo cuando descanso y escribo. Y el cierre me agita desde lejos. (Crónica escrita en 2003 y publicada en Juventud Rebelde)

 

            

 

 

 

 

SÉ POR QUÉ LO DIGO

SÉ POR QUÉ LO DIGO

 

Por Luis Sexto

Según los fragmentos de mis impresiones, por nada físico tendría yo que recordarla. Rosa no era ni  bonita, ni fea. Y a veces he querido que el país fuera tan pequeño como muchos aseguran, para encontrarme con ella en cualquier calle o reunión, tienda o teatro. Hasta he mencionado su nombre en algunas de mis notas de periódicos, como provocándola a que me escribiera.

Ella habría fracasado como maestra si yo no quisiera verla nuevamente.

¡Dónde estará Rosa Bouzón! ¿Habrá muerto? ¿Habrá emigrado en esa tendencia  que en las últimas cuatro décadas adquirió la frialdad de una fiebre  contagiosa de aventuras? No lo creo. Y diré más tarde por qué. Pude tal vez indagar por su paradero cuando creí verla en el Parque Martí de El Vedado. La figura se  acomodaba a la fisonomía que yo había modelado en mi arcilla de niño. Me avergonzaba, sin embargo, preguntar y errar. Y me alejé, manteniendo frustrados mis deseos de ver a Rosa.

En otro momento coincidí en el mismo ómnibus con María Eugenia del Barrio. Continuaba criminalmente linda, con su pelo aún largo, atado como si semejara la cola de un equino. Había sido mi novia de anticipaciones pueriles. Manolito Dávalos, que se sentaba entre los dos, le trasmitió el recado de mi petición de mano. Me miró azorada, como víctima de lo incomprensible. Pero no por ello renuncié a considerarla mi novia. También la timidez me impidió acercarme, confirmar su identidad y lanzarnos a una limpieza de nostalgias. Ella quizás me habría informado del paradero de nuestra maestra.

No he vuelto a ver  Rosa. Pero la recuerdo. Y esa es la prueba que algo de ella plantó en mí conciencia. Nunca me besó, ni me regaló un libro como Agui Loynaz, ni me premió con diplomas como Antonia Núñez. En cambio, lo que no consiguieron discursos semanales de himnos y bandera, lo alcanzó ella en mí.

La escuela radicaba en la propia casa de la maestra. Suplía, por unos pesos, la falta de centros de enseñanza pública en el barrio suburbano donde habitábamos. Antes, por los 1950, los guajiros no se injertaban de pronto en la capital. Practicaban una migración por escalera para adaptarse al nuevo ritmo vital que de lo apacible pasaba a lo vertiginoso. La Habana tentaba, se hacía necesitar, pero atemorizaba con su mapa ancho y largo embutido de nombres y flechas, ómnibus y automóviles que no pedían permiso al doblar una esquina estrecha; asustaba con sus crímenes y gángsteres y mujeres descuartizadas y niños secuestrados, y sus estafas de pícaros que en el parque de la Fraternidad vendían el Capitolio a cualquier extraño que abriera la boca ante  esa mole blanca de lujo inútil.

Las clases de Rosa eran concentradas y conversacionales. Y la poca cantidad de alumnos colaboraba con aquella atmósfera maternal. Nos explicaba la guerra que en los textos de entonces se llamaba hispano-americana, a la que la maestra interpolaba el gentilicio de  cubana. Narró el episodio en sus escenas principales: la destrucción de la flota del almirante Cervera, la toma del fuerte de la loma de San Juan, el insulto del general Shafter al General Calixto García cuando prohibió al mambí entrar en Santiago de Cuba. Previamente se había referido al Maine, y  a su demolición accidental en el puerto de La Habana, como pretexto para entablar el conflicto con España.

Se aproximó a la ventana; miró el paisaje todavía rural de El Cotorro: abundaban las palmas. Luego concluyo:

-Desde  el 20 de mayo de 1902 Cuba está hipotecada.

-¡Hipotecada! ¿Que es eso, maestra?

-Que no es de nosotros sino de ellos; de los americanos.

Por ello, Rosa no ha podido emigrar.  De cualquier forma, y aunque hubiera muerto, seguiría perviviendo en el país que ella convirtió en un hambre tan persistente como la esperanza. Porque me reveló la patria. Me la instaló en el corazón como una presencia cierta y amenazada. Y yo empecé a sentirme muy triste en una tierra que ya no era mía.

 Nota: Publiqué esta crónica en 2002, en Juventud Rebelde. Días más tarde, llamó María Eugenia del Barrio, y lugo recibí una carta de un sobrino de mi maestra Rosa. No, no había emigrado; simplemente había fallecido cargada de méritos y servicios.