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VINDICACIÓN DE LAS VACACIONES

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Luis Sexto

Mis vacaciones pecarían de presuntuosas si aspiraran a un crédito en el  libro Guinnes  o a merecer el recordatorio de una efeméride. Tienen, sin embargo, un mérito, casi un récord: apenas cuestan. No necesitan playas, ni moteles, ni campamentos bucólicos, ni ríos, montañas y otros etcéteras. Solo exigen el pasaje y las chucherías gastronómicas que completan el diario yantar en casa ajena.

Desde hace 35 años mis neuronas fatigadas, mis músculos abrumados por la tensión –como le ocurre a cualquiera que vive con el jadeo en el alma- se recuperan y distienden en el ingenio azucarero donde vivieron mis suegros hasta  su deceso reciente. Allí, en la dispersa soledad del batey, a orillas de bosques en potencia, entre cayos de silencio, me desintoxico de la ciudad y sus rumiantes sonidos. Todo muy barato. Tan barato que ni cargo con los libros. En el ingenio los hallo en una cita cotidiana que, a pesar de tantas recurrencias, reserva cada vez una sorpresa. La lectura resulta más bien el baño en el mar, el paseo campestre, el jaibol vespertino. Me gusta leer. Que me perdonen los demás. Y cada tarde, visito a mi amigo José de Jesús Márquez para conversar de libros, pero sobre todo para escoger el título del día siguiente. “¡Cómo Márquez tiene libros!”, comentan los que entran en aquella rengueante casita, cuya debilidad de madera y tejas ha devenido fortaleza frente a los últimos ciclones, incluso el Michelle. Los libros son casi los únicos valores materiales de aquella chabola.

Tengo, pues, un concepto poco festivo de las vacaciones, contrariamente a mucha gente -¿mucha?- que las convierte en una interminable feria de los sentidos menos edificantes, en un banal uso de ese tiempo cuyo recto uso implica el descanso más que  la holganza. En la diferencia semántica entre estas dos palabras casi iguales en su significado radica la esencia de cualquier reflexión sobre las vacaciones. No es lo mismo vacar creadoramente que holgar sin provecho. En el mapa de la personalidad –sabemos- abundan los trazos de las circunstancias familiares y las escuelas de la niñez. Y yo agradezco que mi madre, cuando quería que yo no saliese a mataperrear, ponía en el piso un paquete de comics: los  muñequitos de Los Halcones Negros, El Llanero Solitario, Dick Tracy y otras lecturas igualmente “non sanctas”, pero que indujeron en el pequeño, echado en el fresco mosaico de la sala, una inclinación a la lectura como antídoto contra el aburrimiento. Desde entonces empecé a aprender cómo estar a solas conmigo o a conversar,  según el verso de Antonio Machado,  “con el hombre que conmigo va”. Después, a mis 15 años, el Seminario Salesiano mejoró las técnicas de lectura, la puntería para escoger los libros y, sobre todo, a asumir el concepto latino del Otium, como espacio apropiado para descansar aprendiendo o aprender descansando.

Ocio fecundo lo llamaron los clásicos. Pero los siglos corrompieron tantos los valores positivos del ocio que lo obligaron a merecer el título de “padre de todos los vicios”. Y  mis maestros, por tanto,  también me enseñaron a guerrear contra la pérdida, el derroche, del tiempo libre en las temporadas del descanso.. Y fue en esa pelea contra el no hacer nada cuando escribí mi primer poema, pues como carecía de habilidad manual para acometer un trabajo plástico en madera, o plastilina, o sobre  acuarela, me propuse rimar ciertas sensaciones paisajísticas. No me atrevo a reproducir los versos. Pero si no me gustaron por ingenuos, si me agradó el trabajo de componerlos. Y me declaré adicto.

Ya ven, pues, de donde procede ese hábito de pasar las vacaciones en un ingenio, invirtiendo las horas en la lectura que uno aplaza el resto del año por falta de sosiego. De vez en cuando, alguna salida a la Ciénaga, Varadero, Cienfuegos, si hay medios. Pero el habitar entre el silencio, la sombra de la arboleda, la conversación familiar o entre amigos, y la reflexión individual, han integrado mi batería vacacional, y las de mis hijos en su infancia, y la de mi esposa, cuyos intereses han coincidido con los míos, en particular porque en las vacaciones ella volvía a reeditar sus días en “casa de mamá y papá”. Cuánto vale esa vuelta al hogar del comienzo. Tanto vale, que he confirmado que uno empieza a ser verdaderamente adulto cuando ya no puede decir: voy a casa de papá.

Cada cual, desde luego, ha de bailar en la feria como le guste. A nadie recomiendo mi técnica. Y resumiendo esta evocación -que me causa tristeza por no poderla vivir nuevamente al pie de la letra- recomendaría revalorar el sentido de las vacaciones. ¿Nos hemos fijado que algunos, por asumirlas entre frívolos excesos, no las repite, o las termina con sus valores humanos y morales un tanto deteriorados? Vacaciones y banalidad  no suponen la igualdad de los sinónimos. Quizá quepa la separación de los antónimos. Y para terminar sin excederme  en un sermoneo que no se ajusta a mi estilo, ni a mi papel, comparto esta imitación de los célebres versos de nuestra amiga Carilda Oliver. En las vacaciones me desconecto, amor, me desconecto…  de la rutina. Solo eso.

 

 

06/09/2016 16:38 Luis Sexto #. Ética



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