Facebook Twitter Google +1     Admin

RIESGOS DE UN POEMA DE AMOR

20160906192833-poema-de-amor.jpg

 Luis Sexto - @Sexto_Luis

Un poema de amor asusta si usted se decide a componerlo. Leerlo es un trance  suave, silencioso, compensador; escribirlo, como cruzar por los bordes de una tembladera donde pueden sumergirse los zapatos del más incauto, o del menos experto. Es un resbalón que obliga al sonrojo en unos, y en otros, o tal vez produzca una sonrisa agónica. Porque no consiste la arquitectura del poema en combinar imágenes, que a veces son joyas oxida­das por su mala ley, sino que se trata de hallar la originalidad y la calidad poéticas entre el tumulto de sensaciones e ideas, comunes al patrimonio de los enamorados.

   El lector con oficio quizás no lea con frecuencia versos de amor. Al menos, pregunta primeramente por el autor. Ahora bien, el amor puede estar presente en cualquier poema, sin que tengamos que clasificarlo entre los versos relacionados con el Eros. Según mi parecer, “La niña de Guatemala”, de José Martí,  es y no es un poema de amor. Es tanta la intensidad que sus estrofas no pueden considerarse como de amor, sino más bien de dolor, de pérdida, de frus­tración, de ternura limpiamente zaherida: “Allí en la bóveda helada / la pusieron en dos bancos; / besé su mano afilada, / besé sus zapatos blancos. // Callado, al oscurecer, / me llamó el enterrador: / nunca más he vuelto a ver / a la que murió de amor”.

 Muy joven, intenté escribir uno versos de amor. Y todavía la sangre me colorea la cara cuando recuerdo aquellos versos mal compuestos de mis 16 o 17 años. El verso catorce  con­cluía con una de las paradojas, afín a los poetas barrocos. “Dile –le encomendaba a la rauda y blanca paloma, cartera de mis quejas; dile “que en mis noches sin sueño con ella he soñado”. ¡Ella! ¿Quién era ella? No me comprometan, por favor. Hecha mi confesión y expuesto los huesos de mi experiencia, debo esconder el nombre de la víctima. Según crecí en edad y algo de cultura, nunca más escribí poemas de amor. Y en mis tres li­britos publicados, esas palpitaciones se mezclan, se disimulan entre sentimientos y tropos menos específicos.

   El lector, en cambio, ha seguido activo. Recientemente leí una Antología de la lírica amorosa de nuestra lengua, y repasé las distintas épocas: Edad media, edad de oro, barroquismo, romanticismo y modernismo, hasta la contemporaneidad. En unos tiempos predominaron la queja suave y el juego in­genioso, como en Madrigal, del español Gutierre de Cetina: “Ojos claros, serenos, / si de un dulce mirar sois alabados, / ¿por qué si me miráis, miráis airados? Si cuanto más piado­sos / más bellos parecéis a aquel que os mira, / no me miréis con ira / porque no parezcáis menos hermosos. / ¡Ay, tormen­tos rabiosos! / Ojos claros, serenos, / ya que así me miráis, miradme al menos”. Luego, los poetas acusaron el eurítmico impacto de las formas femeninas, y siguieron con la desme­sura barroca, y más adelante se destacaron por los extremos románticos, y después, a fines del siglo XIX, invadieron la lí­rica con la afición modernista a los amores enfermizos, hom­bres y mujeres llamados a la muerte; qué decía, si no, Julián del Casal Ante el retrato de Juana Samary: “Porque al saber que de tu cuerpo yerto / oculta ya la tierra tus despojos, / siento que algo de mí también ha muerto / y se llenan de lágrimas mis ojos”.

   Debo confesar que me estacioné, hasta nuevo aviso, en la poesía amatoria del siglo XX. Cuánta intensidad exprime la imagen, cuánta distancia alcanza la palabra poemática de ese pasado tan cercano. El español Miguel Hernández me tira al piso cuando leo Canción del esposo soldado: “He poblado tu vien­tre de amor y sementera / he prolongado el eco de sangre a que respondo / y espero sobre el surco como el arado espera: / he llegado hasta el fondo. Morena de altas torres. Alta luz y ojos altos, / esposa de mi piel, gran trago de mi vida, / tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos/ de cierva concebida…”.

   Pero mi favorito es aquel poema del peruano César Vallejo: “Amada, esta noche tu te has crucificado / en los dos made­ros curvados de mi beso / y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado / y que hay un viernes santo más dulce que este beso…”. Leería mil veces los catorce versos de esta pieza. Como leería igualmente una y otra vez, por todo el espacio intuitivo que le concede al lector, este intensísimo poema de Dulce María Loynaz: “¿Y esa luz? / –Es tu sombra”.

06/09/2016 12:28 Luis Sexto #. Literatura



Powered by Blogia

Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris