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PERIODISMO, COLOR Y LITERATURA

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Luis Sexto, @Sexto_Luis

 

   En la alianza entre el periodismo y la literatura hubo también una primera vez. Vienen de tiempos lejanos estas  relaciones promiscuas, según los términos del catalán Albert Chillon. Pero en cuanto a su origen, lo más seguro entre tantas aproximaciones, criterios y datos –que en una reducción culposa los hay hasta para confundir- es aceptar, con  cautela ante lo movedizo,  que el periodismo literario está presente desde el siglo XVIII con El diario del año de la peste, de Daniel Defoe. Ese es un reportaje de índole histórica, publicado en 1722, que hoy  llamaríamos literario o narrativo y que se lee como literatura de no-ficción. Pero incluyo entre los antecedentes en nuestra lengua a La conquista de la nueva España, de Bernal Díaz del Castillo.

   En un momento, cuando aseveré la prominencia del libro del soldado de Hernán Cortés, estimé, con una dosis casi natural de presunción, de que aportaba un dato original. A ningún tratadista o estudioso de esa especialidad consultados por este periodistas, le había leído u oído ese juicio. Lo aventuré en mi libro Periodismo y literatura, el arte de las alianzas, cuya primera formulación data de 2002. Dos o tres años después  “descubrí” que Mariano Picón Salas, desde mucho antes, en un libro cuya ficha he perdido,  había  reconocido las formas del  reportaje en el  relato de Díaz del Castillo. El primero, como dije, en nuestro nuevo mundo, como Bartolomé de las Casas inaugura de este lado del Atlántico la literatura panfletaria.

   Díaz del Castillo narra en su libro hechos que aún son noticias después de 50 años, en aquella época en que las comunicaciones navegaban entre demoras, rumores e imprecisiones. Y  narra los acontecimientos con el dinamismo positivo del principio de la acción, pues no enumera hechos, los hace discurrir ante el lector, evitando la pesadez de las cartas de relación, antecedentes de la actual nota informativa.

A su turno, Defoe escribe El Diario del año de la peste  cuando el periodismo comienza a formular sus perfiles modernos. Y ya Hegel ha escrito o está a punto de escribir que el periódico es el devocionario donde la modernidad recita su  oración matutina. Aunque figure en el título, el Diario de Defoe no parece lo que nos sugiere: es una historia con apariencia verídica -una epidemia en 1665- y el término “diario” puede equivaler a exposición de noticias contadas en su circunstancia. Y ello  mismo compone una definición capsular del reportaje actual: información circunstanciada y personalizada. Defoe también se anticipa, con el empleo de cuadros estadísticos  a lo que hoy algún tratadista denomina  como “periodismo de precisión”.

   Por lo dicho, la pretensión del Nuevo Periodismo norteamericano de inaugurar la conjunción entre periodismo y literatura es solo un episodio reciente de esa tendencia que mezcla la estética y la información, pero con tanta capacidad de novelar desde  la subjetividad a personajes reales, sin falsearlos,  que pronto quizás suscitó la sospecha  entre los lectores. El exceso de literaturización pudo apresurar el tránsito de los calificados por Tom Wolfe aprendices de  novelistas, hacia técnica y expresiones más creíbles. Existe, pues, una convención;  el periodismo literario no es literatura en su estricto sentido. Es una categoría de arte que combina el tratamiento de la actualidad con los recursos estéticos de la narrativa: estilo y lenguaje  ajustados en el tono a su tema, y variable en su ritmo; armónico, con un nivel tropológico que, además de  la prosa, la haga más diáfana y precisa. Y en lo técnico, el predominio de la acción, los puntos de vista personal, espacial, temporal; las estructuras circulares, cronológicas, discontinuas, invertebradas… Es decir,  como sintetizó Norman Mailer la novela como historia y la historia como novela  

   Si no se aplican recursos literarios, no habrá periodismo literario, sino periodismo, que es a fin de cuentas una especie de literatura pragmática, de acuerdo con  Alfonso Reyes y Oldrich Belic. Y para Josef  Dubsky  es una formación estilística de trabajo.  Y puede uno deducir, así, que cuando decimos periodismo a secas hablamos de un estilo y un lenguaje elaborados particularmente sobre el interés, y el interés en el periodismo no radica sólo en la organización de mayor a menor importancia de los datos o las ideas, sino también es una categoría formal, que se vale de la imaginación y la creatividad. Ahora bien, para que ese periodismo adquiera tal vigencia, necesita ir más allá, y aparearse a la formación estilística de creación o de arte. Por lo tanto, fines y medios se complementan para un resultado: La literatura de no ficción.

   Después de los precursores, pasaron, en diversidad sumaria,  el francés Víctor Hugo,  el irlandés James O´Kelly, el norteamericano Mark Twain. Y coetáneamente o años más tarde, escriben agraciados por las aguas contaminadas de la literatura y el periodismo, el mexicano Guillermo Prieto y sus compatriotas modernistas Gutiérrez Nájera,  Amado Nervo, Luis Gonzaga Urbina; el nicaragüense  Rubén Darío, el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo; los norteamericano John Reed,  Ernest Hemingway;  el polaco Rysiard Kapuscinski; los cubanos Ruy de Lugo Viñas, Miguel Ángel de la Torre, Miguel Ángel Limia, Jorge Mañach, Víctor Muñoz, Rubén Martínez Villena, Pablo de la Torriente, Lino Novás Calvo, Onelio Jorge Cardoso, Loló de la Torriente, Lisandro Otero, Jaime Sarusky; los españoles Azorín, Ortega y Gasset,  y muchos más antes de la aparición del Nuevo Periodismo, en la década de 1960.

José Martí, para mi juicio, es un ejemplo único, al margen de escuelas o tendencias. Qué escribió Martí sino un inimitable periodismo literario. ¿Alguien negará que El terremoto de Charleston sea un reportaje modélico de la narrativa periodística ligada a la narrativa literaria?  

   En la actualidad, entre los cubanos lo ejercen Leonardo Padura, Yamil Díaz, José Antonio Fulgueiras, Ciro Bianchi, José Alejandro Rodríguez, Michel Contreras, Luis Vázquez Muñoz, José Aurelio Paz, Enrique Milanés León, Eduardo Montes de Oca, Roger Ricardo, Rafael Grillo, Francisco G. Navarro, Julio García Luis, Félix Guerra, Katiuska Blanco, Rosa Miriam Elizalde…

Los nombres, sin embargo, componen lo menos relevante. Lo primordial  para estas notas  consiste en precisar por qué este o aquel pueden incluirse en la clasificación de periodismo literario, o personal, como Norman Sinn dice que es también exacto. Y si se colara algún matiz profesoral al intentar explicar determinados salientes teóricos, júzguenlo como inevitable. Ciertos criterios estiman, pues, que uno se incluye  en el periodismo literario o se ubica fuera de este, mediante el uso de los géneros. Pero, según mi parecer, los géneros  periodísticos no merecen esa clasificación, sino el resultado de su tratamiento. Es decir, los géneros periodísticos responden a intenciones -tanto como en la literatura- y exigen un esquema básico, incluso un tono, además del estilo. Un reportaje plano es un plano reportaje, que suele predominar en el uso cotidiano. Pero  un reportaje construido con interés y calidad de estilo según la norma de la formación estilística de trabajo informativo, puede componer un enunciado aceptable o sobresaliente.

   Pero,  excluyendo la nota informativa, que aparenta impersonalidad, distancia entre reportero y hechos, los géneros habituales del periodismo despegan si los enriquece  el tratamiento literario. Esto es, si se convierten en excepciones y trascienden las insuficiencias de los rasgos y opciones exigidas por los medios.  Rysiard Kapuscinski en una entrevista con el periódico La Jornada, de México, lo resumió así, de modo que ya podemos percibir con mayor claridad los empeños del periodismo literario: Uno se percata –decía- de que los instrumentos tradicionales del periodismo son insuficientes cuando queda mucho por decir en una nota informativa, un cable.  Y por ello hay que pedir prestado ciertos recursos a la literatura, que se convierte en literatura de no ficción, para que el periodismo logre reflejar el llanto de una madre sobre el cadáver de su hijo calcinado por un misil y la desesperación de una familia ante su casa arruinada por bombas y cañones.

   El más apto es el  reportaje, molde narrativo del periodismo.  Equivaldría a un cuento, si el autor humanizara y personalizara literariamente la historia, con lo recursos técnicos que ya hemos mencionado.  La definición de  crónica se escabulle en la confusión de la polisemia, y este autor prefiere para definirla la práctica de los modernistas que la tomaron de Francia. Se aprovecha de la literatura nutriendo el lenguaje con una cuidadosa selección de palabras inscritas dentro de lo lírico. La crónica discurre mediante el principio de la emoción. Registra el eco subjetivo de los acontecimientos o procesos, figuras o lugares. No es la cosa en “sí”, sino el eco de la cosa en “mí”. Ahora bien, la “nueva crónica latinoamericana” –Caparrós, Villoro, y otros-  es supervivencia del Nuevo Periodismo norteamericano, y les encomienda a sus autores relatar los aspectos violentos, in cidencias de bajos fondos de las sociedades de América Latina, y por ello crónica adquiere el mismo valor semántico de los cronistas de Indias: llevar el tiempo,  sucesos que los escritores de hoy convierten en reportajes narrativos, como Bernal Díaz en su Historia verdadera

   También el artículo se exalta cuando el periodista asume la actitud del ensayista. Pongamos por ejemplo, los artículos de Jorge Mañach en el Diario de la Marina publicados entre los años 20s y los 30s del siglo XX y recogidos en Pasado Vigente, libro que la editorial Trópico imprimió en 1939. En ellos se degustan conceptos originales, enfoques inusuales y  un estilo seductor, musical, imaginativo, sin dejar de ser claro y conciso como establecen las normas periodísticas.  Finalmente, la entrevista de personalidad o biográfica, si trasciende la rutina de preguntas banales y de un esquema sin vigor, ni interés, se inserta también en el periodismo literario, como las de la italiana Oriana Falaci.

   La periodista española Maruja Torres cuenta en su libro Mujer en guerra que cuanto conflicto bélico cubrió en su borrascosa profesión fue con la misión de “dar color” a lo que pasaba. Los editores del El País sabían qué le pedían a la polémica columnista cuando la remitieron a Beirut entonces bombardeada. Otros se ocupan de decir lo sucedido. Pero no basta si los medios se empeñan seriamente en informar. Y “dar color” en el periodismo sugiere mucho más que una pincelada o una frase saturada de alguna sentimentalidad. Equivale a otra fórmula para nombrar al periodismo literario.

   En general, el buen periodismo empieza hacerse tras un proceso de práctica profesional y de interiorización de la cultura. Podremos escribir de modo que en vez de aburrir, interese y plazca. No todo en un periódico o una revista exigirá el ala y el color que José Martí pedía, aunque sí  habrá de mostrar el decoro profesional que en vez de emborronar, clarifique el enunciado.  Por tanto, el periodismo literario se les facilitará a aquellos que, oyendo la vocación personal, sepan adecuarlo a temas y urgencias. Y para ello, no habrán de bastar  las aulas. Quién escribirá un reportaje literario o una crónica sin haber leído al colombiano García Márquez, y al uruguayo  Galeano; a los mexicanos Almaguillermo Prieto,  Andrés Henestrosa y Carlos Monsivais,  y al chileno Pedro Lemevel… En fin, a tantos que ya hemos nombrado o hemos omitido.

 




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