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LA PASIÓN CONFESA DE AVELINA CORREA

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Luis Sexto

Eva no se llamó la primera mujer en El Mundo, sino Avelina. Avelina Correa que, aun desconocida para el presente, permanece en la cronología cubana por haber sido, presumiblemente, la primera periodista en ocupar plaza fija en la redacción de un diario. Lo que equivale a decir hoy estar en plantilla. La fecha es muy significativa: a comienzos del nuevo siglo, y en vísperas de formalizarse la república enmendada por un padrastro militar y económicamente poderoso.

Si en el tránsito del XIX al XX, La Habana comenzó a testificar el crujido de los tranvías eléctricos, y el 22 de marzo de 1901, las crónicas recogieron el primer viaje entre La Habana y el Vedado, en abril del mismo año se fundó El Mundo, diario sintonizado con los impulsos renovadores de la nueva centuria. Los historiadores de la prensa coinciden en asegurar que fue el primer periódico en plasmar “el eslabón medio entre el periódico personal, de ideas y el modernísimo órgano de publicidad y de gran información (…) El periódico de todos” , según su lema. Incluía grabados y la crónica social cada día. y fue pionero en usar la tricromía, y distribuyó sus páginas a ocho columnas.(1)

Con el nombramiento de Avelina Correa por Rafael Govín, o por José Manuel Govín -que las fuentes enturbian la certeza de cuál de los dos señores fue el director y propietario inicial-, el periódico recién fundado adelantó técnicamente su conciliación con los tiempos a la vez que les atizaba las velas en lo social. ¡Una mujer en puesto de varón en El Mundo! Ese territorio pertenecía entonces a profesionales masculinos. Sin embargo, Álvaro de la Iglesia, compañero de faena, la calificó de “hermana en las letras”. (2)

Para cualquiera de ambos Govín, esa época de tránsito exigía audacia. Y para Avelina Correa, el ingreso en el periódico le reclamó otra prueba de inclinación periodística, y de integridad de carácter y ánimo. En los últimos años del siglo anterior, esta mujer había probado su excepcionalidad cuando afrontó un período tan explosivo y cruel que habría terminado en muerte si ella hubiera sido débil e inhábil para vivir conscientemente la desgracia, y proponerse torcerle las púas. Y sobrevivió, para seguir desafiando las dificultades, y el dolor, la negatividad y el egoísmo de ciertos familiares, y el prejuicio de algunos colegas. Cuando Govín la adscribió a El Mundo, hacía más de dos años que buscaba empleo.

El 31 de diciembre de 1899, había regresado a Cuba desde España. Llegaba desgarrada. En meses recientes, como colgada de las agujas de un reloj fuera de ritmo, se había desplazado de la dicha de mujer enamorada y recién casada, a la viudez encinta. Y al volver, su primera desgarradura en la patria la sufría en los mismos labios de la bahía, de acuerdo con Impresiones filipinas (páginas de una prisionera cubana), su único libro conocido en la actualidad mediante las vidrieras de Amazon (3) . Se había marchado con la bandera española de señora en el castillo del Morro, y a su retorno la saludaban las luces extrañas de las estrellas norteamericanas. Sabemos que muchos cubanos patriotas, al volver de “distante ribera”, experimentaron la misma fractura emotiva.

La Habana, según apuntó Avelina, asombrada o compungida, que no lo podemos suponer, mostraba cambios, principalmente en las costumbres. Porque se topó con mujeres en bicicleta; y seguramente con otras que expelían humo de cigarrillos en público como delicadas locomotoras. Pero ahora hemos de enaltecer a aquellas damas que defendían el derecho de igualarse en oportunidades a su contraparte masculina, y en particular elevemos a la Correa. Porque, aunque usos y actitudes empezaban a modificarse con el fin de la guerra de independencia y con los aportes de la intervención e influencia norteamericanas, la generalidad de los varones, como sabemos, se mordían las alas del bigote ante la inminente certeza de compartir sus fueros dominantes con las que hasta ahora se atenían al espacio familiar de la maternidad y la cocina. Y por ello, en el expediente de Avelina Correa ocupar cargo propio de hombres en la redacción del diario de Govín debió solicitarle inteligencia, entereza, constancia y valentía. Tal vez mucho más que en Filipinas, en 1898.

 

TRES HISTORIAS se relevan en la parábola de Avelina Correa. Cuanto sabemos de la primera apenas alcanza para un sumario estricto. Empieza al nacer en Bayamo en 1875, en casa dotada de atmósfera culta y facilidad económica, según puede uno suponer por parientes y amigos que ella visitaba y nombra en el libro que la sobrevive, como los Martínez Freyre, Antonio Bravo Correoso, los Coronado, y Eva Canel, la periodista española por tanta osadía distinguida. En 1889, con 14 años, Avelina publicó el artículo “Esperanza” en La Habana Elegante, alternativamente revista o periódico, fundada en 1883, con periodicidad semanal, y nombres eminentes entre sus colaboradores o editores: Manuel de la Cruz, Enrique Hernández Miyares, Julián del Casal, Ramón Meza…

Más tarde, Avelina prosiguió su colaboración en los periódicos habaneros. Después de comenzar los fuegos y tajos de la guerra de 1895, huérfana, y pobre, y decepcionada de familiares que no la querían, y tampoco comprendida por el primer hombre que amó, la urgió el impulso de huir. Y decidió embarcar hacia España, con un mínimo de dinero, tras publicar su novela La perla hereditaria. En la página 29 de Impresiones filipinas (páginas de una prisionera cubana) es más explícita y rotunda:

Yo era una mujer, joven y abandonada al azar que quería aturdirme en tierra extraña, había perdido la esperanza de ser feliz, no pensaba en amar ni ser amada, sino en adquirir un nombre; no por ambición sino por necesidad, de poder vivir de mi trabajo intelectual, una vez que mi firma fuese conocida.

Advierto que será conveniente registrar, desde su fundación hasta 1927--cuando Avelina falleció--, las páginas de El Mundo y de Bohemia, medios donde ella ejerció el periodismo, con el interés de encontrar, no sólo formas y contenidos de su obra, sino para detectar más información sobre la tercera etapa de la existencia de esta mujer con rasgos de excepcionalidad. Sólo sabemos que hacia 1901, concluyó en La Habana Impresiones filipinas (páginas de una prisionera cubana). Publicado en 1908 bajo el crédito de Avelina Correa de Malvehy, podemos inferir con exactitud que la autora ya se había recompuesto emocionalmente y en consecuencia vuelto a casarse. Quizás por los efectos de la conmoción de su experiencia en el archipiélago tagalo –tagalo por la lengua predominante, y la etnia, segunda en número-, el libro no se entretiene en los días previos a la partida hacia España, ni en los orígenes familiares de la autora: sólo detalles generales, por añadidura vagos. Al parecer, Avelina lo escribió para su presente, suponiendo que esos datos personales no les eran necesarios a los posibles lectores de entonces. O posiblemente su necesidad de informar no creyó útil reparar en fundamentos familiares que no fuera los relacionados con la peripecia esencial.

La reclamaba acaso un empeño obsesivo: contar sus experiencias en Filipinas, entonces colonia de España. Y no sería un despropósito suponer que retornó viva, porque también su voluntad de creadora le exigía resistir para seguir viviendo y revelar lo vivido. Al Pacífico viajó desde Madrid, luego del 28 de mayo de 1898, fecha de la boda con Alfonso Caos Rebolledo, nombrado interventor de la hacienda pública en San Fernando de la Unión. Y más que escribir una crónica de remembranzas, construyó un testimonio de intención periodística. Comienza con un Exordio que resulta una síntesis de sus circunstancias en tierras del archipiélago filipino, como adelantando los momentos esenciales a riesgo de repetirlos; se detiene para narrar brevemente la circunstancia habanera, y luego, en capítulos sucesivos, pasa a la estancia en Madrid y escribe sobre el rechazo de sus parientes a ella misma y al matrimonio, tan instantáneo como breve, con Alfonso, padre de la niña engendrada casi de inmediato al casamiento, y nacida entre horrores, y se empalma, abundante en actos y rasgos ambientales, con el viaje a las islas Filipinas, el asesinato de su marido, los meses allí prisionera, el parto, y el comportamiento severo, casi atroz, de los insurrectos tagalos, luego explicado por las raíces opresivas de la insurrección. El momento coincidió con el arribo de una flota de guerra norteamericana a las islas, consecuencia de la guerra hispano-cubana-norteamericana. Y el libro termina con el retorno a Cuba.

Estremezcámonos, con estas frases: …

Mi amado perdió la vida de una sola herida; yo recibí tres, y creyéndome muerta me llevaron a enterrar; abrieron para el efecto un hoyo profundo, y mientras hacía esta operación me tiraron sobre cinco cadáveres, y entre ellos estaba mi Alfonso idolatrado! // Volví de mi desmayo ante tan brusca impresión, al verme aún con vida y chorreando sangre de mis heridas, Vicente Quesada, presidente de aquella partida, me perdonó la honra y la vida, llevándome con ellos prisionera” (4).

 Aparte del valor informativo de los sucesos, es en las descripciones donde hallo lo más periodístico del libro, por otra parte matizado de justificables lamentos, y de intenciones moralizantes, particularmente en la extensa dedicatoria a Alfonsa Milagros de la Providencia, su hija. En el Exordio, Avelina confiesa:

Desde que caí prisionera de los tagalos, formé el propósito de escribir este libro, si recuperaba la libertad y salía de aquel suplicio temporal, con vida y salud. Mucho temí que se perturbara mi razón…

Por la voluntad de escribir, y la insistencia en mantenerse del trabajo intelectual, podemos admitir que Avelina Correa era periodista de intensa vocación. Porque quién que no fuese periodista de ojos interiores preclaros, y viera asesinar a su esposo, y ella misma echada, como muerta, en una fosa junto con otros cadáveres, y sufriera amenazas, prisión y extorsiones, y pariera en ambiente tan trágico, concebiría entre tanta adversidad la intención de hacer perdurar lo vivido, que incluye lo sufrido.

En el estilo, el libro, sin la brillantez de algunos de los contemporáneos de la autora, como, por citar uno, Manuel Márquez Sterling, se mantiene apegado a la corrección y a la claridad -tan sólo garabateada por alguna anfibología. Y destaca también por la capacidad de síntesis y la precisión, y a veces originalidad, en las descripciones. Cuando navegaban por el canal de Suez, trazó este escorzo:

La blancura de las azoteas, elevados minaretes y altas torres del barrio árabe por un lado, y el gusto artístico y moderno de los “chalets” y suntuosos edificios del barrio europeo, rodeado de caprichosos jardines a la inglesa, bosquecillos de acacias, higueras y esbeltas palmeras, cuajados de amarillos dátiles de Berbería, dan a Suez un golpe de vista encantador.

Como periodista no olvidó apuntar alguna referencia histórica o literaria, incluso de las más sabidas, y sumar detalles informativos, para incrementar el interés de cuanto ella veía y luego describía:

Hechas las provisiones indispensables, empieza la navegación por el Mar Rojo, cuyas aguas están siempre tan tranquilas, como las de un pequeño lago. A la entrada, se divisan ambas costas y esto recuerda a los pasajeros, el paso de los Israelitas al abrirse las aguas del mar Rojo; pero luego las costas se alejan, perdiéndose de vista hasta la cumbre del monte Sinaí.

(…) Allí no corre brisa; con suma frecuencia se registran casos de asfixia entre los pasajeros y en las tripulaciones, y eso que la travesía por ese mar se hace con dobles toldos en cubierta, y a la distancia de un metro el uno del otro, remojando con potentes mangueras el toldo superior, durante las horas de sol, y con todas estas precauciones el calor es irresistible, a tal extremo, que si se coloca un huevo al sol sobre cubierta, a los diez minutos se abre y está completamente cuajado.

Más adelante, anotó datos que la confirman en su buida visión periodística:

Adén no produce nada absolutamente, es completamente árido, no hay árboles ni yerba. La actual generación ha visto llover muy pocas veces, y el agua que allí se gasta es del mar, destilada en una magnífica y colosal cisterna, que es una verdadera maravilla.

En Impresiones filipinas (páginas de una prisionera cubana), el lector aprecia manifestaciones de sagacidad, como presagios que removían la sensibilidad de Avelina Correa cuando observaba una situación y olfateaba humos de peligro. La cita que sigue podría generar dudas de que sea una expresión de su agudeza y profundad focal al interpretar hechos y conductas, y resulten, en cambio, obra de supersticiones o de tendencias neuróticas. Sin embargo, cuando andaban hacia San Fernando de la Unión, en compañía de un mestizo casualmente encontrado, y otros amigos de este, le dijo: “Alfonso, presiento una desgracia y mi corazón es muy leal: no se engaña nunca”. Y lo advertía porque el nuevo acompañante sugería una vía y una ruta distintas a la planeada por el matrimonio. Alfonso Caos Rebolledo aceptó la propuesta. Y le comentó a su mujer –cito libremente : Esta vez te vas a llevar una decepción muy grande en tu corazonada. Pero ella acertó: perdió a su esposo. Y la causa de que los insurrectos lo mataran a él e intentaran matarla a ella, fue por viajar acompañados de aquel señor mestizo llamado Enrique Lette, habituado a maltratar a los indígenas. Así se trata a esta gente, le respondió a Avelina cuando protestó por el tono altanero y ofensivo del señor Lette.

Avelina aclaró:

Efectivamente, en Filipinas siempre se ha tratado a los indios (5) mucho peor que aquí (6) a los esclavos; pues hasta en las casas particulares, por la cosa más insignificante, se daban palizas enormes a los criados; y los mestizos eran más crueles con los indios que los castilas (españoles).

Y en el siguiente párrafo, indicó:

“¡Oh! si ellos se hubiesen ido primero hubiera sido la salvación de Alfonso”.

Más adelante, la historia se percibe completa, a pesar de la sintaxis confusa del segundo párrafo, agraviada, entre otras presencias o ausencias erróneas, por el posesivo “su” que intenta sustituir el nombre de Alfonso. No obstante, la lógica del lector lo aprehende enseguida. Y comprende que la autora recordaba uno de los momentos más punzantes del relato:

Allí me dijeron que Enrique Lette era un filipino muy malo con sus paisanos; que debía muchas vidas, lo mismo que el padre Mariano, por lo cual se había sublevado contra ellos toda la provincia, decretando la muerte de ambos y jurando aprovechar la primera oportunidad para realizar sus deseos.

El nombramiento de comandante de voluntarios que dieron a Enrique Lette en Manila, fue la sentencia de su muerte, y la fatídica casualidad de conocerlo nosotros en Daupan y simpatizar mi marido con Lette, la causa de su muerte; pues creyéndolo complicado con él al defenderse con el revólver que le dio Lette, lo creyeron culpable y lo atacaron.

-Siento, señora –me dijo Quesada (7) - que hayamos atacado a un inocente, y sólo deseo que usted tenga resignación y que viva para el fruto de su cariño.

Avelina Correa, tan lejana de nosotros en época y acontecimientos, nos dejó una lección todavía vigente: trascender la catarsis para convertirla en testimonio primeramente periodístico y después histórico. Y ella misma reconoce que a veces “el fruto es amargo, como amarga es la verdad”. Había realizado sus deseos: viajar, y “por experiencia propia he podido escribir después”.

Al cerrar mi lectura de este libro, me he preguntado las razones de tanto rechazo familiar contra Avelina Correa. Y me parece que una causa se empina sobre otras: Avelina pertenecía al grupo de los adelantados de su tiempo, y quienes van delante portan la luz. Y por ello, posiblemente nos hayamos percatado de que la obra periodística de Avelina Correa amerita la paciencia de repasarla en El Mundo, y también en Bohemia, donde Quevedo, padre, le donó espacio. Como quizás sea justa una edición corregida y acotada de sus Impresiones filipinas (Páginas de una prisionera cubana) .

Avelina Correa de Malvehy nos ofrece ejemplarmente una condición sin la cual no se intensifica, ni se perfecciona el ejercicio del periodismo: la pasión de vivir, para contar lo vivido con óptica de laboratorio. Esto es, viendo en el fondo lo que no se ve arriba con ojos comunes. Luis Sexto La Habana, 8 de noviembre de 2015.

Notas

[1] El periodismo en Cuba, libro conmemorativo del día del periodista, La Habana, 1935; página 109.

[2]  Prólogo fechado en 1901 a Impresiones filipinas (páginas de una prisionera cubana), de Avelina Correa de Malvehy.

[3] La Habana, Imprenta P. Fernández y Comp. Obispo 17, 1908. Existe edición facsimilar en Amazon, tomada de un ejemplar existente en la Colección Escoto de  Harvard College Library, Latin-American cuya entrada el cuño correspondiente indica February  6, 1919. A la venta hoy en: http://www.amazon.com/Avelina-Correa-De-Malehy/e/B00K7TRLQK

[4] En las citas no respetaré la acentuación de la época.

(5) Se refiere a los filipinos.

(6) En Cuba.

(7) Vicente Quesada, líder de los de insurrectos.

15/11/2015 13:38 Luis Sexto #. Personajes



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