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LA (IN) CULTURA DEL DEBATE

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Luis Sexto

Extraigo del archivo este artículo: las circunstancias lo mantienen vigente

La moda de la intolerancia está en zafra. Aun los intolerados de ayer responden intolerantemente a cuantos una vez los intoleraron o estimaron aquellos que los intoleraban, que en este asunto se va siendo también difícil discernir quién intolera para defenderse o quien convoca la intolerancia para asumir el crédito del mártir o víctima. De cualquier modo, la  palabra y la acción que condensa son condenables. Y su origen uno no sabe dónde hallarlo porque la Historia se jalona con las intolerancias de diverso tipo: personal, política, racial, religiosa, de clase, cultura, hasta deportiva.

Más bien el lenguaje actual la remite a la falta de convivencia entre lo disímil y a las libertades con que se manifiesta el pensar, opinar, vestir, elegir en contraste con los patrones dominantes en  un esquema social determinado. Cerrando el orbe del análisis me gustaría ocuparme de una de las formas más comunes de la intolerancia: la incapacidad para debatir. El ensayista cubano Jorge Mañach aseveró que la tendencia a reír ante lo que se desconoce o no se alcanza a comprender se relaciona periféricamente con la ignorancia y la falta de cultura o de educación, y más en lo hondo con un complejo de inferioridad que, según el autor de Indagación del choteo, tiende a compensarse, emparejarse con el que “está más alto”, mediante la risa mordaz. Ese comportamiento promedio, a veces minoritario, a veces más generalizado, dependiendo de las épocas, se empalma con la del juicio de Don Quijote que establece que es propia de mentecatos la risa que de poca causa proviene.

No es mi propósito insistir repitiendo las aproximaciones del clásico ensayo de Mañach. Lo he tomado como pretexto para lamentar –al menos hasta dónde he leído su obra- que él, que tan duraderamente registró en el “almario” nacional de Cuba, no nos hubiese entregado el ensayo sobre nuestra  “cultura del debate”, o, mejor, sobre la incultura polémica que nos inhabilita para debatir razonable y respetuosamente. El propio Mañach, polemista inclaudicable,  sufrió en su momento los golpes de esa deficiente altura, aunque tuvo rivales condignos: Rubén Martínez Villena, Raúl Roa, Juan Marinello, José Lezama Lima. Pero, salvo esos contendientes de parejo tamaño conceptual y estilístico, el resto de los litigios que afrontó,  con más o menor grado se deslizan desde la otra esquina por el declive del insulto y, sobre todo, la anulación de los probables valores del contrincante.

Una polémica, como un juego de béisbol, no se resuelve como si se manipularan tazas de porcelana.  Es decir, ha de asomar la pasión. Pero, en el medio,  regulando con el índice de la ética,  el juego limpio de la ética. La decencia, palabra que, al parecer, se ha arrinconado en el diccionario menos frecuente, tiene su punto central en el respeto al semejante, aunque el otro se pare en el lado opuesto a donde estoy yo. De lo contrario ocurre que resolvemos cualquier polémica confundiendo ironía con sarcasmo, humor con choteo, dureza con irrespeto. Y el mayor argumento que alzamos, como una maza, se liga con estos tópicos: no tienes la razón, porque la tengo yo, o tus opiniones no son válidas porque antes opinabas distinto.

Una anécdota un tanto lejana, aunque no extemporánea,  me clarifica. Tras un campeonato de béisbol –horno y termómetro anual de nuestra insuficiencia polémica-, un periodista de la TV en Guantánamo le adujo a un colega de la TV nacional –estaban encadenados en un diálogo- que desde la capital daban más calor al segundo lugar de Industriales que el primero del equipo de Santiago. Seamos cuerdos, quiso decir. Y el comentarista, acomodado en la banqueta de los estudios en La Habana, ripostó diciendo que le parecía raro que él dijera eso, porque cuando vivías aquí,  en la capital, ibas al estadio del Cerro no precisamente a aplaudir a los orientales. A algunos les pudo resultar ingeniosa la respuesta; para las inteligencias equilibradas, en cambio, el habanero descendió unos peldaños en su profesionalidad y en sus valores humanos y morales, al utilizar en el debate referencias personales; trapos aparentemente sucios. Tal vez esa conducta la muevan los mismos resortes que a la risa ante aquello que no se conoce o no se entiende: destripar con el ridículo a quien nos coloca en aprietos.

Y a qué causas remitir el origen de tanta extendida incapacidad para respetarnos los unos a los otros. ¿A la herencia  del carácter español?  ¿A  tantos años de opresión esclavista,  extorsión colonial y neocolonial, de analfabetismo, peculado, corrupción política en la república de 1902?  ¿O a las carencias y a la disminución del rigor moral y legal de hoy?

Confieso mi insuficiencia para acometer ese buceo en lo más oscuro del carácter nacional. En la complicada trama de fibras y nervios de la psicología social del cubano, parecen mezclarse, como síntomas de los mismos defectos, reacciones diversas. El sabio Fernando Ortiz, en uno de sus trabajos juveniles, que por ello no disminuyen su valor, habla de la intolerancia del cubano a la crítica. Reaccionamos, ante cualquier opinión que evidencia nuestros errores o actitudes, de modo histérico. Femeninamente, creo que escribió don Fernando en sus Ensayos de psicología tropical, por lo cual me disculpo ante las damas por la cita. Entonces discurrían los primeros años del siglo XX. Cien años después, continuamos padeciendo la misma  alergia. Algunos de cuantos  están en posiciones administrativas, incluso gubernamentales, y también cuantos se detienen en una esquina a mirar los celajes o se sientan en los pasillos de las instituciones culturales a mirar el mundo pasar, asumen la posición del que anuncia en un cartel, como en un libreto cómico: Que nadie me toque; yo solo puedo tocar.

Observando bien el fenómeno lo más recomendable es una actitud de apacible filosofía  que asuma evangélicamente esas manifestaciones como generadas por una impericia innata, una incapacidad casi irreversible para un hecho primordial: la convivencia. La cultura y el conocimiento influyen muy poco en la corrección de ese nuestro común vivir desvivido, desocializado. Seguimos pensando que la cultura es saber muchas lenguas extranjeras, mucha historia, mucha estética. Y permanecemos vacíos de la otra cultura, a la que aludía Chesterton cuando evaluó  de muy cultos a los analfabetos campesinos españoles de su tiempo. Eran cordiales, respetuosos. Poseían la letra del corazón, y les bastaba para comportarse, con notas sobresalientes, en la ciencia del convivir.

La generalidad de nuestros cultos son, por lo común enemigos de la intolerancia. Cuando se sienten intolerados son afanosos zapadores que tienden, en muy justa operación, a resquebrajar la armazón de lo sectario y divisor. Pero, resuelto el problema, nadie más intolerante que el intolerado de ayer. Pasa la cuenta con la misma carpintería. Se erige en nuevo victimario. Y así todo ello se mezcla, se confunde en la batidora de las imperfecciones colectivas y personales. Falta, desde luego, humildad.  Sobra soberbia. Y no existe el apego a la verdad. ¿Buscar la verdad en el debate? No, qué va. Ese que ahora dice lo que yo no pude decir cuando quise, y que entonces decía lo contrario, no está apto para decirlo. Carece de credibilidad. Ha de tener su biografía manchada…. Si yo no lo digo, él tampoco.

Y así la evolución de las ideas, el acercamiento de una posición a otra luego de la práctica, que a tantos depura, y del paso del tiempo, que tanto modifica, se anula por la tabla rasa de un simple decreto tan dogmático como el dogma que dice condenar.

 

08/03/2015 07:23 Luis Sexto #. sin tema



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