Facebook Twitter Google +1     Admin

MEA CULPA

Luis Sexto

Una página de mis memorias periodísticas 

Adelanto mi testamento, y como nada dejo, pido... Pido perdón a mis lectores por las veces en que inconscientemente les falseé un dato, un detalle sin que ellos –ustedes- se percataran de mi pifia. No es tanto, sin embargo, el dolor por esas fallas. Los errores periodísticos, o literarios, son quizás los únicos que se pagan con una sonrisa al ser recordados. Lastiman sin sangre y brevemente. Y con el tiempo van revelando un filón humorístico que fundamentaría más de un libreto de televisión. Diría, extendiéndome, que una sonrisa es la mejor escoba contra los sedimentos de culpabilidad que amontonan los errores. Una sonrisa comprensiva que nos acepte como seres frágiles, falibles, capaces por igual de la trascendencia olímpica y del tropezón en la acera.

Propongo por ello un arrepentimiento autotolerante para evitar que nos depreciemos sufriendo por lo irremediable. Irremediable de cualquier modo: en el anverso o el reverso. Porque en mis actos o mis decisiones cruciales no solo me arrepiento de los errores en los que incurrí; me pesan también los que nunca cometí. Alguna vez deseé meter la pata, chocar contra la pared, desafiar la incertidumbre. Y preferí detenerme en la zanja que separa al inocente del pecador.

Pero nunca quise equivocarme profesionalmente. Ninguno de mis colegas tampoco ha calentado la intención de errar. El crédito. El orgullo... Aunque la historia interna de la prensa prestaría información para un volumen de pifias que resultaría más interesante  que cualquier periódico, porque no reflejaría la desolación de un mundo desequilibrado, injustamente distribuido, con el matonismo de barrio convertido en diplomacia y política. Presentaría más bien a los lectores una faceta menuda, humana, ridícula de la vida, con todo cuanto de hilarante, consolador, tiene el vernos en un juego cuyas consecuencias nunca serían definitivamente trágicas.

No me disgustaría leer otra vez esta joya del disparate. La publicó un periódico cubano unas seis décadas atrás. La nota reportaba un accidente de tránsito. Y en una línea del segundo párrafo decía, y cito  aproximadamente el sentido: “El occiso llegó a la casa de socorro al parecer cadáver y con un diente de oro.” O esta, aparecida en un rígido, puritano y millonario diario, también antes de 1959. El periódico informaba el duelo de una señora de las “clases vivas” que entonces se convertía en “la resignada viuda de”... Y el texto trastocaba las letras ge y ene  de modo que el nuevo valor semántico del adjetivo en errata, aunque exacto por razones obvias, era una obscenidad en el castellano de Cuba, y también de alguna otra parte. Eso también ocurrió con un general de caballería que cargó en cierta batalla del XIX, pero al verbo  le omitieron la erre, y el avezado militar en vez de  acometer y derramar probablemente su sangre, parece que estropeó la montura con otro fluido menos glorioso y en situación tan inoportuna.

Todos esos dislates tuvieron arreglo. Quizás una nota aclaratoria. O tal vez, el tiempo echó al olvido errores que si lograron ofender, generaron mayoritariamente la risa con su ridícula virtud. Sin embargo,  a los periodistas no nos llega de inmediato el perdón. Hay que pasar por cierta temporada de tortura; someterse a la crítica, al reconcomio. Incluso pueden descontarte parte del salario. O despojarte de los estímulos monetarios del mes. Contradictoriamente se nos niega la natural debilidad de la especie. Y somos, ¡si no lo supiera yo!,  tan febles como el barbero que tijeretea sin tino en un momento de cháchara, o el empresario que compra una barredora de nieve para una ciudad tropical.

Existen errores que aunque los lectores achacan al periodista, pertenecen a los correctores. Son las erratas. Pero el nombre del que firma asume la culpabilidad. José Martí llamó al corrector “mi invicto amigo”. Nunca yerra. Otros equívocos requieren del psicólogo para explicarse. No se les encuentra causa ni en el descuido. Tal vez influya en ellos la soledad. ¿Habrá escrito alguien sobre la soledad del periodista? García Márquez anticipó una tesis que todavía no he visto exhausta: el oficio de escritor es el más solitario del mundo. Y el periodista –escritor constantemente apremiado- usa por instantes la compañía, la colaboración. Luego se ubica solitariamente ante la máquina de escribir o el ordenador, artefactos carentes de solidaridad.

Ah, la soledad del periodista. Una noche, como jefe de turno, cerraba yo la primera plana. Nadie permanecía en la Redacción. Hasta la teletipista se había ido a principios de la madrugada. Antes de autorizar bajar a imprenta la primera, que era la última página en salir del taller de composición, revisé los teletipos para que la posible noticia de última hora no se echara a dormir sobre mi indiferencia.  Y de pronto, lo supe: mi amigo Ricardo Vázquez, poeta de décimas afiladas como una rosa, historiador y crítico, había fallecido en Matanzas. El teletipo proseguía en su martilleo incomprensible e indiferente. Y yo me vi entonces como una pelota diminuta que rodaba sobre la desolada piel del planeta. Eso, según contó el periodista Félix Soloni, le ocurrió al hijo de Alfonso Hernández Catá, cuando al ojear los cables leyó el flash informativo sobre la muerte de  ese escritor, embajador de Cuba en Brasil, durante un accidente aéreo en Río de Janeiro. Pero el vino puede ser aún más ácido. Al morir a destiempo, Mario Rodríguez Alemán, cuyo nombre evoca a un polémico pero honrado e  incontestable crítico cinematográfico, me correspondió redactar el cable para los circuitos de Prensa Latina, junto con Jorge Garrido, igualmente consternado. Era nuestro amigo. Y aquella nota aparentemente impersonal, debió de  haber trasuntado la contenida humedad de nuestra pena solitaria.

Quizás la soledad determinó  uno de mis errores más escandalosos. O tal vez la prisa. Aún me pregunto quién trasplantó a mis cuartillas o a mis dedos un nombre extraño cuando en mis notas estaba escrito el correcto. Fue en la entrevista con Humberto Vela Rodríguez, Machito, posiblemente el más sabio conocedor de los murciélagos en Cuba detrás del doctor Silva Taboada. Lo peculiar de su mérito estriba en que parte de cuanto sabía lo aprendió en el tiempo libre que le proporcionaba su empleo de cantinero en el bar del central Marcelo Salado, en Caibarién.

Yo lo avecindé en el Obdulio Morales, en Yaguajay. Distante 30 kilómetros de allí por la misma costa norte. Y los lectores del Marcelo Salado se ofendieron por haberles quitado su gloria local. Y también los del Obdulio Morales, porque cuando fueron a conocer o reconocer a aquel barman portentoso y anónimo, no lo hallaron. Y sobre  la revista donde trabajaba y encima de mi desconcertada responsabilidad echaron un juicio inmerecido: ¿Acaso ustedes juegan con las personas?

Descendí entonces a los infiernos de la vergüenza.

 

07/06/2014 07:51 Luis Sexto #. Crónicas



Powered by Blogia

Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris