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MI DESCONCERTANTE AMIGO SAMUEL

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Luis Sexto 

El  inmediato 31 de marzo, el poeta, narrador, folclorista y pintor Samuel Feijoo redondeará el centenario de su nacimiento. Privilegiado he sido al haber merecido la amistad de un hombre tan original. Así como lo recuerdo, lo conocí y lo quise

“¿CREES QUE ESTOY LOCO?” LA PREGUNTA DE Feijoo me desconcertó como un golpe bajo del boxeador que él había sido. Tuve que apretar el timón y mantener la vista derecha. Viajábamos por la avenida de Rancho Boyeros hacia El Cacahual y otros  poblados  cercanos a La Habana.  Según suponía entonces,  el autor de Juan Quinquín me clasificaba entre sus amigos clandestinos. Porque cuando  venía a la capital desde Santa Clara o Cienfuegos y me pedía que le diera una vuelta en automóvil, también me recomendaba que no  hablase entre escritores de nuestra confianza.

A qué grado de peligrosidad habré llegado durante la década de los 1980. Tal vez me protegía. Porque el peligroso podía haber resultado él con aquel gesto excéntrico de aparecer en TV con un tibor en la cabeza, o decir en la Revista de la Mañana que entre Reagan y un mojón votaba por ese desecho maloliente que no es el hito que exhibe el nombre de calles y carreteras, con el consecuente riesgo de alarmar a los que en Cuba tildan de loco a cualquiera que se aparte de las avenidas principales para circular por las secundarias.

-¿Dime? - apremió la respuesta. 

Mirándolo por el rabo del ojo le vi su perfil de hombre ahondado, que no hundido, en la mansa espiritualidad de sus libros de poemas; quizás un tanto irónico en la  media sonrisa de sus ojos. Y reí mientras le decía  que yo no era psiquiatra.  Ripostó   muy serio:

-Yo no estoy loco.

Pensé seguir lo que creía un juego añadiendo: Eso mismo creen los locos. Pero no quise llevar la confianza hasta el borde de una duda que hiciera parecer choteo, lo que era simpatía por aquel viejo tan respetable y admirable bajo una fantasmal cubierta de contradicciones y dislates.  Un tanto solemne ratifiqué mi verdadera opinión:

-Lo sé, Feijoo, usted no está loco.

 Por cuanto yo sabía de él y de mí, la relación entre dos locos encarnaba un explosivo y altísimo electroshock, y Feijoo amparaba, con el sigilo nuestro dúo confidencial de conversadores telefónicos y paseantes de ocasión algún domingo silvestre.  Me había inscripto entre los pupilos del superfluo manicomio dispuesto  por la santa orfandad de las ideas, ese conglomerado  que   no sabe qué envidiar o qué rechazar o maldecir, en cuantos les estorban o les impiden meter la pata impunemente.  Samuel me diagnosticó e ingresó, por su cuenta, en su mismo pabellón. Conservo una dedicatoria manuscrita en la que me entregaba  hoja clínica tan honrosa, honrosa porque él la colgaba de  su crédito, en la dedicatoria de uno de sus libros: “Al loco Sexto, de Feijoo, Loco uno.”

 Presumiblemente olía algo torcido en mi vida, aunque a veces registraba mis pupilas y pontificaba que “eres noble, las tienes pequeñitas”. Pero todo lo dicho sobre mí, o sobre él,  ya es comadreo. Prosa rastrera de las tolderías literarias. Lo humano, lo ejemplar se muestra en mi afecto por Feijoo. Lo quise desde cuando lo empecé a leer. Hace unos días, una amiga escritora me comentaba en un mensaje electrónico cuán difícil era hallar un hombre o una mujer enteros, íntegros, detrás de dos libros publicados. Aún no le he respondido. Dejo pasar las horas para que no se aburra de mi cháchara. Le responderé que agradezcamos que los libros sean leíbles. Lo demás, la organicidad entre obra y ética personal no pertenece a la literatura, aunque León Bloy sostuvo que la palabra más repetida definía el signo humano del escritor, en un trasvase semántico de la fibra espiritual  a las cuartillas. Quizás ese trasiego añada o reste una gota de luz al talento y a la obra. Hace años sometí a conteo dieciocho cuentos de Félix Pita Rodríguez y corazón es, según mi cuenta, la palabra más recurrente del autor de Tobías.

Nunca he cribado las palabras de Feijoo para averiguar cuál era la predilecta, la repetida y repetible. Probablemente  fuera limpio, porque él se obsesionaba por despojarse del churre de la hipocresía, la vanidad, los cascabeles de cobre de la petulancia. “Loco, ¿tú crees que yo estoy loco? Todas mis locuras son para limpiar mi vida de los cagajones del orgullo, de las ceremonias indiscretas”. Eso me dijo aquella mañana de principios de los 80. La limpieza le atañía y la valoraba en los demás.

Tras la lectura de su libro Cuentacuentos, en 1976, hilvané 40 líneas que publiqué en el periódico Trabajadores, todavía quincenario. Encarecí la lozana cubanía, la solidaria simpatía  de sus personajes, la importancia de no llamarse Ernesto ni Juan sino de ser. Ser… Quizás esa fue otra de sus palabras preferidas. A la semana recibí un telegrama que agradecía mi “limpia crítica”. Entonces no nos conocíamos de cara y voz. Luego empezó a llamarme durante sus visitas a La Habana. Me invitaba a Cienfuegos. Me prometía libros de la suculenta colección de la Universidad Central. Pero no supe caer en la cimbreante tentación de  la culebra frente a la vulnerable Eva. El precio no podría seducir una visita que yo hubiera realizado solo para dejarlo en su casa, como amigo, como creyente devoto de su magisterio y su honradez.  A otros, tan queridos como Samuel, los dejé esperando por el pudor de no aprovecharme de las necesidades ajenas. Ese rasgo de abnegada discreción está sobre todo en Feijoo. ¿Habré aprendido a no decir “qué me das a cambio”  en sus poemas, en sus notas de historiador del ingenio y la intimidad del pueblo?

En las décadas de los 70 y 80, recorrí frecuentemente  a Cuba. Entre la gente  aprecié actos y actitudes que me conmovían. Y pretendí articular cuentos, fabular sobre personajes y conductas procedentes de la realidad, destacando subliminalmente valores éticos como la solidaridad, la valentía, la abnegación. Le envié los tres primeros a Feijoo. Sin mucha demora, me remitió una carta con la sentencia que resumo de memoria, porque no quiero registrar en mi ya desflecada papelería  para hallar aquel papel con el membrete de la revista Signos y garabateado con una letra ancha, como tragándose el espacio en pocas palabras. Decía: El primero, lo incorporé a una antología de cuentos de humor; el segundo, lo envié a Bohemia para su publicación, y el tercero… el tercero ha quedado sobre mi mesa mirando al techo.

Ojalá los hubiera castigado a los tres y aún permanecieran mirando hacia arriba desde su buró. Tendría hoy menos de qué abochornarme. Recuerden, en un acto de indulgencia, que parte de la culpa de hacerlos públicos pertenece a Samuel.

Nos vimos por última vez un domingo de 1992. Hacía meses que sus noticias no llegaban a casa. Con mi esposa y mis dos hijos –todavía el menor no había partido definitivamente a lomo del ángel  de la deshora-, bebíamos guarapo, en 21 y 12,  o cerca de allí,  en El Vedado. De pronto, vi a Feijoo  que  venía andando desde la avenida 23. Le salí al encuentro con mi vaso en la mano. Y mientras le decía con gozo: ¡ah, carajo, está perdido!, pretendí abrazarlo. Pero armó rápidamente su guardia: quería defenderse. ¿De mí, Feijoo? ¿Acaso no me reconoce?  Solo me miró desde una cara en blanco. Siguió. Y dobló en la esquina hacia la derecha. Quedé  braceando en el desconcierto. Luego me expliqué la causa. Ya no era mi amigo Samuel.  Semanas después, murió.

Mi teléfono aún siente nostalgia de los timbrazos de Feijoo. Quería en él a uno de los poetas más hondos, acendrados, místicos de Cuba, cuya sabiduría oscilaba en el equilibrio entre lo mágico, lo culto  y lo popular. Ahora podemos sucumbir a la tentación de olvidarlo. Pero cuando pasen la presunción, las claques, las corporaciones de laureles recíprocos, persistirá la obra de Feijoo.

En mi casa le agradecemos aquella amistad clandestina y el tacto desconcertante con que evadía cualquier homenaje, cualquier tratamiento especial de nuestro afecto. Una vez  llamó a casa y mi mujer aprovecho la coyuntura para rogarle que viniera a almorzar.

-¿Qué le gustaría comer?

Y Feijoo la desmanteló a través del teléfono con el deseo de un plato único:

-Un bisté de nalga e’pulga, mi’ja.

27/03/2014 15:40 Luis Sexto #. Literatura



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