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BAJO LOS ESCOMBROS

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 Luis Sexto

¿Miedo a qué? –pregunto a un joven nacido  en esta comunidad llamada Las Terrazas. Ha confesado tener miedo. Titubea, se justifica; parece dejar la pregunta sin respuesta. Pero uno la halla en el mismo ambiente. Es miedo a lo que queda de lo que fue. La vida no asusta. Asusta, en cambio, la vida ilusoria que la imaginación aglutina y asedia a algunas personas que de vez en cuando creen oír un tumulto de tambores y cadenas que les llega asordinadamente, como de un lugar remoto e imprecisable. Es una partitura de superstición que no todos ponen en duda, porque quién sabe si la desgracia pervive en el aire y la oscuridad, y de vez en cuando se lamenta para mantener latente el antiguo dolor de los que ya murieron  y habitaron lo que hoy son ruinas. Ninguno de cuantos viven allí sabe porqué suenan. Los viejos aseguran que son los negros esclavos que lloran su suerte y piden venganza.

 Los carboneros y criadores de cerdos que se establecieron en estas áreas de San Salvador y el Cusco en el siglo XX, llamaron “escombros” a los desechos de los cafetales franceses. Y pasaban cerca de los restos del  Ermita, el San Marcos, el Santa Catalina, o el San Pedro con el sigilo y la desazón del miedo. Hace 200 años,  en el lomerío occidental de la Sierra del Rosario, en la provincia de Pinar del Río, lindando con  la de La Habana, inmigrantes franceses fomentaron decenas de cafetales sirviéndose de brazos esclavos. Venían de Haití, entonces humeante y fiera en la justicia de la revolución  antiesclavista, y venían también de otras islas francófonas del Caribe, y de la Luisiana. A partir de 1811, en lo que resultó “la quinta oleada”, zarparon de la propia Francia, primordialmente de los Pirineos. Traían consigo una cultura ilustrada, refinamientos del vivir y agrotecnia adelantada. La mayoría se asentó en Oriente. Sólo diez de cada cien inmigrantes eligieron el departamento occidental de Cuba.

Le Content, Santa Susana, La Mariana, Liberal, la Moca, Santa Teresa, además de los ya mencionados y otros hasta superar los 75, fueron nombres que poblaron la solitaria y tupida toponimia de la Sierra del Rosario, cerca de Cayajabos, Artemisa y Candelaria. Desde fines del siglo XVIII, los corrales de San Salvador y el Cusco, donde los monteros –guajiros o montunos - criaban cerdos, se desarticularon y se repartieron en fincas de unas 92 hectáreas como promedio. Los caficultores, atareados en producir para el mercado reexportador de Estados Unidos, aprovechaban los valles intramontanos, entre 60 y 300 metros montaña arriba, próximos a trillos de comunicación natural y a las franjas de agua que en esas depresiones se arremansaban, luego de anunciarse con estruendo.

 

 El único dato diariamente comprobable en los orígenes geográficos y sociales del café es que el mundo cabe en una taza: cuando un sector duerme, el otro amanece bebiéndolo. Por lo que se relaciona con sus orígenes, en Etiopía descubrieron sus propiedades estimulantes, en tiempos medidos como antes de nuestra era, y que hacia el siglo X de la nuestra, pasó a los países árabes, que le dieron nombre científico -Coffea arábiga- e inventaron el “café” como espacio físico donde beber la infusión y que derivó en uno de los principales establecimientos socializadores de la humanidad. 

Pero habría que dudar de tanto dato. Porque en “Les Cafeiers Du Globe”, publicado con fecha de 1929, el investigador francés A. Chevalier asegura que ningún indicio fiable confirma que  el café se haya plantado en  Arabia antes del siglo XIV. Y alega una prueba que estima definitiva: ni el Corán, ni los libros sagrados hebreos o cristianos mencionan el café.

En cambio, parece saberse que el café llegó a Cuba en un complicado recorrido. Empieza hacia 1714, cuando el alcalde de Amsterdan -otras fuentes dicen que fue el emperador  Mohammed IV- regaló al rey Luis XIV una postura del cafeto. La colocaron en los invernaderos reales donde vegetó como una rareza, porque sólo se cultivaba  en Abisinia y Arabia, y desde hacía muy poco en Java y Sumatra.

En esos días, viajó a París el oficial Gabriel Desclioux. Quizás una tendencia a las empresas imposibles lo inspiró a creer  que el café podía aclimatarse en el Caribe. Y se agenció un gajo.  Al regreso a la isla de Martinica, la travesía derivó en una réplica del Calvario sobre el agua. Y Desclioux  pudo darse cuenta que su espontánea vocación botánica o empresarial  lo transformaba en un elegido.  Ah, señor, sería inútil contar con detalles los infinitos cuidados que he necesitado otorgar a esta delicada planta, durante el largo viaje, y las dificultades y vigilancia que le he dedicado para evitar que un hombre envidioso la destrozara.  

Ante tanta quejumbre uno puede creer que el oficial francés tuvo un acceso de fiebre, o una neurosis lo poseyó durante el viaje, que como tiempo mínimo tardaba dos meses, y que en esa ocasión el mar osciló entre los enviones del viento tempestuoso y una espesa calma , un estar aplanado, que por su frecuencia redujo las reservas de agua de la nave. Durante más de un mes, el oficial compartió su ración con el cafeto, mirando receloso de un lado a otro. Porque debía guardarse de un holandés, que enterado de la misión de Desclioux, quería echarle al mar o arruinarle con agua contaminada la gloria de ser el primero en traer la raíz de la amarga, placentera, estimulante  bebida al Nuevo Mundo. O pretendía impedir que los intereses de Holanda tuvieran un competidor en las Américas. Señor, a veces me desesperé, confiesa Desclioux. Y llegó un momento en que sentí una pena infinita ante mi impotencia para proteger aquel tallo fino y delicado como el de un clavel.

Ya en su casa,  la primera acción de  Desclioux fue  plantar el arbolito en la zona de su jardín más propicia al crecimiento. El oficial habla por momentos como si le hubiesen asignado una misión mortal por la gloria de su Francia. ¿Qué entresuelos resuenan en las intermitencias de esta historia tan ingenuamente natural?  ¿Qué podría entonces saberse del café como para que tras la planta primigenia en el Nuevo Mundo se concertara el espionaje, el peligro, la persecución?  Parece que ya se sabía toda la reserva de placer y negocio del cafeto. No lo creerá, señor, pero tuve que vigilarlo constantemente, ya que querían arrebatármelo, hasta que, al final, me vi obligado a rodearlo de una cerca de espinos y establecer una vigilancia permanente de tres soldados  hasta su madurez.

Creamos desde el futuro a tan esforzado portador.  Podemos suponer las razones de la inquietud casi enfermiza del francés: el café subía hacia las preferencias del comercio mundial. Y en 1726, cinco años después, la primera cosecha. Desclioux confesó alborozado en sus memorias que  el éxito sobrepasó todo cuanto había esperado. Recogió sobre dos libras de semilla, que distribuyó entre cuantos, según su opinión, dedicarían  lo necesario al desarrollo de la planta.

Más tarde el café saltó a Santo Domingo. Y de ahí lo introdujo en Cuba Antonio Gelabert. Ni Calgano, ni el más reciente Pérez de la Riva, ni otro historiador reconocido duda de que este  funcionario de las finanzas  coloniales lo plantó en su finca de El Wajay, en 1748, cerca del hoy  aeropuerto internacional de La Habana. En ese poblado celebran tradicionalmente la fiesta del café. Tienen el derecho de los pioneros. Y muestran la casa de vivienda, aun conservada, de un cafetal donde, afirman,  por primera vez en Cuba creció el grano  que Martí llamó “la mejor forma del oro”, y que medio siglo después se transformó en "uno de los grandes personajes de la Historia de Cuba", de acuerdo con don Fernando Ortiz.  Pero El Aurora es posterior al cafetal  de Gelabert, y la vivienda  se alza en el rumbo opuesto.

 

 Medio siglo más tarde, los cafetales de la Sierra del Rosario  habían sido concebidos para perdurar en sus casonas de paredes pétreas, que parecían reírse de la eternidad, como parecían desafiar a la montaña sus techos agudos semejando sombreros de picos a cuatro aguas, sellados con tejas planas o de cola de castor, inventadas en Europa central contra la nieve. Eran mansiones presuntuosas que intentaban desdeñar el sentido común en un ambiente tropical excluyente.

 El tiempo, sin embargo, se erigió en señor de las ruinas. Y hoy sólo se asen al pasado fragmentos húmedos, mohosos, en los cuales pude intuirse aquella cotidianidad plácida, cómoda, sólida, a la cual el quejido y la nostalgia de los esclavos adulteran con la persistencia de algún retazo de barracón entre malezas y bejucos.

La decadencia sobrevino hacia 1830. Aquella flor selvática de la Sierra del Rosario, cuya lujuria casi siempre verde maravilló al pastor norteamericano Abiel Abbot –que se erigió en sus Cartas como testimoniante minucioso de aquel esplendor- fue extinguiéndose, pelándose, lamida por el viento y la lluvia que desgastaban la tierra echándola a rodar ladera abajo. Abbot, por trechos de cuya ruta anduvo este cronista, registró en su correspondencia turístico-didáctica, un centón de detalles sobre esa zona cafetalera. Al llegar al San Carlos, cafetal del italiano Marco Pitoleto, anotó que el hacendado había sido uno de los primeros en plantar árboles de cacao en occidente. Crecían allí unos  20 000 ejemplares de entre dos y ocho años. Y el viajero supuso que prometían perdurar por un siglo. Ninguno sobrevivió. El propio pastor, tan zahorí, se percató de que, si bien los franceses eligieron hábilmente tan fértil tierra para el café, ya había “lugares en el Cusco tan desprovistos de capa vegetal” que ni los árboles podían prosperar.

Causas económicas influyeron también decisivamente. La caña de azúcar sedujo a hacendados y productores; resultaba más gananciosa que el café. Y este, además, afrontaba la competencia extranjera en costos y precios, principalmente de Brasil. Para colmo, fue diana de las restricciones de los Estados Unidos, entonces en litigio comercial con España.

 Pero la vida ha cambiado. La historia no termina con la permanencia de esos “escombros”. Esa zona, con 25 000 hectáreas, compone hoy una reserva mundial de la biosfera. Recorrí parte de esas alturas, bordeando y vadeando riachos, recobrando antiguos senderos, esquivando ramas y troncos. Y sentándome a orillas del “Pequeño Niágara”, el salto minúsculo en cuyas aguas arremansadas pocos metros después de la caída, el viajero norteamericano presumiblemente se mojó los pies, como este nuevo peregrino. Y era imposible creer que, 30 o 40  años atrás, el paisaje ofrecía sus lomos y faldas cubiertos tan sólo por la pelambre de la maleza. Ácanas, jocumas, ocujes, yayas, caobas, cedros habían caído bajo el filo de la erosión. Después se obró el renacer. Donde feneció la vida, la vida ha vuelto. Cubanos de diversos puntos del país reforestaron aquel calvero y trazaron, como en una fiebre de hazañas más de 2 000 kilómetros de terrazas, para que la floresta se anclara sobre el oleaje de la erosión. Luego surgió la comunidad, como una postal colorida de casas y edificios de dos plantas rojos, blancos, azules, afianzados también sobre las terrazas que le dieron seguridad y nombre, y que los pobladores de esas zonas tan desoladas que recibían apodos como La cañada del diablo, fueron ocupando poco a poco, midiendo el cambio, habituándose a un nuevo medio que les  transformó el modo de vivir y  convivir  entre ellos y con la naturaleza.

No ha desparecido, sin embargo, los efluvios de lo fantástico, lo poético. El joven con quien converso trabaja de camarero del restaurante Buena Vista, cafetal que conservó la mayoría de sus objetos y propiedades y ahora, reconstruido, ilustra al turista las diversas soluciones que la arquitectura de los colonos galos opuso a topografía tan abrupta. Y se aprecian terrazas, escaleras, rampas, plataformas en el batey que, enclavado en una cima, es un mirador desde donde los ojos se clarean en el mural de la serranía y más al fondo, al norte, en el mar del Mariel.

-Miedo a qué, le repito la pregunta, mientras cerca de nosotros persisten, con paredes de piedra  en la falda derecha los huecos del barracón donde dormían los esclavos del Buena Vista. El joven camarero sonríe. Miedo, miedo, no, tal vez la cautela, por si acaso de entre esos escombros, en lo oscuro, de verdad suenan cadenas y tambores.  Pero no se lo diga a nadie, compañero.

Olvídalo, le dije; me voy antes de que me alcance la noche...

 

31/10/2013 17:33 Luis Sexto #. Generalidades



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