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DIATRIBA CONTRA LOS LUGARES COMUNES

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 Luis Sexto

El estilo en el periodismo

Encarecida y exigida por el ejercicio del periodismo, la claridad deriva hacia las oscuridades sintomáticas del vacío. Se ha extraviado por momentos entre los remos de los lugares comunes. Y a su transparencia estilística –requisito insoslayable de los textos informativos- le ocurre lo que a ese cuadro que, según una anécdota a mi parecer apócrifa, colgó el gran Leonardo en una plaza de Florencia con este letrero: “Todo el que le encuentre un defecto que lo corrija.”  Al atardecer, no había cuadro: solo una mancha de pintura.

Pongamos las cosas más en claro. El lugar común compone un recurso millonariamente visitado con el cual se resuelven todas las urgencias de la redacción. Equivale a las “letras de caja” que, cuando la tipografía se “paraba” en plomo y se imprimía directamente, resolvían las urgencias del cierre en el taller. Habitualmente, con ellas los cajistas componían los titulares. Todo se reducía a abrir una o varias gavetas y seleccionar los tipos prefabricados. 

Hoy, a pesar de la digitalización y el consiguiente desmedro de la máquina de escribir, el bolígrafo y el papel, uno no redacta mejor. Tal vez más rápidamente. Pero el oficio periodístico, el solitario acto de escribir una cuartilla clara, concisa e interesante, con cuatro o cinco datos básicos, consiste a veces en hilvanar frases de caja. Como si la claridad y la originalidad se repudiaran.

La guerra contra los lugares comunes no es reciente. Los tratadistas del estilo periodístico siempre han condenado el abuso del estereotipo. Contemporáneamente, Umberto Eco ha puesto su lucidez a meditar sobre la prensa. Y en Cinco escritos morales (Ed. Lumen, 2000) descubre que la prensa italiana ha evolucionado hacia un lenguaje críptico pretendiendo hacerse entender por la gente. El semiólogo italiano encargó a sus alumnos una encuesta para comprobarlo. Y “en un solo artículo del Corriere del 11 de enero de 1995”, la indagatoria contabilizó “la siguiente lista de frases hechas: ‘La esperanza es lo último que se pierde’, ‘Estamos en un callejón sin salida’, ‘Dini anuncia sangre, sudor y lágrimas’, ‘El presidente está en pie de guerra’, ‘Lo han hecho tarde, mal y nunca’, ‘Pannela pone el dedo en la llaga’, ‘El tiempo aprieta, ya no pueden doler prendas’, ‘Habremos perdido nuestra batalla’, ‘Estamos con el agua al cuello’.”

De acuerdo con Eco, en la Repubblica del 28 de diciembre de 1998 aparecieron otras: ‘”Hay que nadar y guardar la ropa”, “Quien mucho abarca poco aprieta”, “De los amigos me salve Dios”, “Lo hecho, hecho está”, “Mala hierba nunca muere”, “Volvamos al buen camino”, El índice de audiencia se ha desplomado”, “Perder el hilo del discurso”, “Abrir los ojos”, “Sale malparado”…  “No se trata de un periódico –apostilla el autor de El nombre de la rosa-, se trata de un refranero.”

Uno, recordando sus lecturas en periódicos cubanos, podría enriquecer la lista. Y así anotaría: “Se fundieron en un abrazo”, “Rendirán merecido homenaje”, “Las jornadas a pie de obra”, “Los parámetros de eficiencia”, “Ha demostrado con creces”, “Tocó a su puerta”,  “La calidad requerida”, “Los retos que hay que enfrentar”, “El futuro luminoso”, ”Un pasado que no volverá”,  “Revolviéndose en su tumba”, “Una ventana al mundo”, “La dulce gramínea”,  “El más joven relevo”… Y mil más con parejo cansancio.

La claridad y la frase hecha sí suelen repelerse. El  estereotipo, en primer término, acusa la carencia de originalidad y una sobredosis de facilismo, además de manifestar un menosprecio a las posibilidades estilísticas del enunciado periodístico. Desde el punto de vista de la claridad –condición dominante de lo periodístico- los lugares comunes tienden a diluir el significado de las palabras de modo que,  en lo que intentaba ser claro, anochece. Existe una óptica vivencial, práctica, que establece que lo excesivamente exterior no se ve, es decir, lo más oculto es aquello que, estando a la vista, se confunde en el orden de  la rutina visual. Y por ello la frase hecha, que presume de ser clara y comprensible para todos, tiende a perder expresividad, capacidad de sugerencia, hasta  nulificarse en un código ocultista.

Veamos este párrafo, escrito con el rimero de lugares comunes al uso en la prensa cubana:

 

Los trabajadores de la Brigada 25 del Sindicato de Comercio y Gastronomía materializaron ayer un sueño largamente acariciado, cuando completaron en menos de quince días el millón de arrobas de la dulce gramínea, base de la economía cubana, y cuyos tallos serán convertido en azúcar con la calidad requerida, mediante el espíritu de vanguardia que hace a los azucareros del CAI Melanio Hernández enfrentar los retos de un futuro luminoso, como insomnes centinelas del bienestar del pueblo. Esta histórica victoria en la actual contienda repercutirá en los parámetros de eficiencia que tienen que distinguir a nuestra primera industria. Tras del arribo al millón, los trabajadores, agrupados, cantaron las notas de nuestro Himno Nacional y luego todos se fundieron en un abrazo.

 

¿Qué dice? Todo y nada. Mucho y poco. El exceso de estereotipos, de automatismos estilísticos, lo convierte en un párrafo comprensiblemente vacuo. Pretende decir algo, pero el encapsulamiento de las ideas en patrones archiutilizados deja un regusto de insustancialidad informativa. Ocultos permanecen, entre tanta evidencia inexpresiva, los valores más significativos de la noticia.

Dicho con rotundez: Así uno escribirá fácilmente.  Pero mal.

Habrá que recordar, pues, que el periodismo es una formación abierta. Pluriestilística.  Y su función de informar y comentar la actualidad, lo enyuga a la necesidad de solicitar empréstitos léxicos y tropológicos de otras estilos con el propósito de encontrar un lenguaje estándar, generalmente comprensible. Pero sus límites no implican limitaciones. Todo lo contrario. Su compromiso de construir enunciados, además de claros, interesantes, lo impele a pedir prestado  a la función estética de la literatura. ¿Quién podrá defender que en la prensa solo importa lo qué se dice y no el cómo se dice? Prensa aburrida, sin creatividad, poco influirá en los receptores. El equilibrio entre lo significativo y lo expresivo asegura, en cambio, la atención.

Permítanme resumir. Lo desmesuradamente claro, lo absolutamente comprensible, directo, a veces resulta empobrecedor. Uno ha de tener en cuenta que el pensamiento y su expresión lingüística –en particular la expresión periodística- parten de la acumulación histórica de la cultura, y una de cuyas premisas, según el decir de Horacio, es la claridad (hablamos y escribimos para ser entendidos).  Pero también es primordial el enriquecimiento sensible de lo enunciado. Hablar o escribir con cincuenta palabras o cincuenta imágenes que todos comprendan, equivaldría a proscribir, con el tiempo, el pensamiento y la lengua.  Y, sobre todo,  la claridad.

Al final solo se oirá o se leerá una mancha de pintura.




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