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NI POR EL PAN, NI POR LA FAMA

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 Luis Sexto

El pudor me ha impuesto silencios que han parecido injustos. Quiero más hacia dentro que hacia fuera. Tal vez mi sangre gallega y canaria ha defendido con un nudo mi húmeda sentimentalidad. Y ahora, dicha la advertencia, confesaré lo que no dije cuando en febrero la noticia alegró a muchos: ya que me lo otorgaron, hubiera querido haber recibido el premio José Martí por la obra de la vida junto con José Alejandro Rodríguez. O después.

Me lastima saber que lo recibí cuatro años antes. Y lo único que me consuela es atribuirlo a que soy casi ocho años menos joven que el leído y respetado autor de la sección Acuse de recibo y de otros textos dignos de figurar entre lo más sobresaliente de lo escrito en nuestros medios durante las últimas cuatro décadas.

Hoy, 14 de marzo,  seis días después de haber redondeado 60 años,  José Alejandro Rodríguez recibe en Holguín, en el día martiano de nuestra prensa,  el modesto trofeo y el breve diploma que lo acreditan como un inclaudicable, abnegado y efectivo periodista cubano.

Una de mis honras consiste repasar mis años junto a Pepe. Hemos envejecido juntos. Nos conocimos en la quincenaria redacción de Trabajadores, periódico entonces apenas leído, y a veces soslayado por su borrascosa impresión y la falta de un contenido –en esos días en búsqueda- que interesara a ese público potencialmente masivo que componían obreros y empleados.

Desde el Semanario deportivo LPV me trasladé con 31 años casi recién celebrados al incipiente órgano de los sindicatos. Transcurría 1976. Pepe Alejandro llegó de Camagüey donde había cumplido su servicio social. Era casi un adolescente y un bigote presuntuoso pretendía recomendarlo como  mayor. Fue estudiante precoz. Y por tanto adelantó el cronograma desde la primaria a la Universidad.  Quizás tenía unos 21 o 22 años cuando ya había superado la etapa de adiestramiento del recién graduado.  

Poco a poco, Trabajadores fue aumentando su frecuencia: de quincenario a semanario, y después dos y seguidamente tres salidas semanales, hasta convertirse en diario a principios de 1981. Fue mérito de numerosos periodistas, tras cinco años de sueños e incomprensiones, recoger de lunes a sábado el periódico al pie  de la rotativa.  Allí compartíamos el trabajo, entre otros, Renato Recio, Jorge Garrido, Heldelberto López Blanch, Eráclides Barrero, Gabino Manguela,  Juan Duflar.

La mesa de redacción nos congregaba sin que nuestros codos chocaran. Estábamos conscientes de que una faena única nos había hecho coincidir y que con los años compartiríamos el recuerdo satisfecho de haber dormido poco junto a los sucesivos directores Jaime Gravalosa, Pepín Ortiz y Magali García Moré.

Desde esa etapa, coincidí en varios medios con el agudo mirar y la sensibilidad beligerante de José Alejandro Rodríguez: Bohemia, Juventud Rebelde, Hablando claro. Y sin suspicacias ni desconfianza, sin resquemores profesionales, hemos intentado ejercer un periodismo que, partiendo de la emoción, se depure en el intelecto, y se distinga por su compromiso con las causas del país. Y en ese aspecto, la lealtad sin deslices de José Alejandro me hala, me invita a arriesgarlo todo por un artículo justo y conmovedor.

Lo he habitualmente reconocido como hombre inteligente, valiente, sincero, convencido. Pepe nunca dirá algo elogioso sobre lo que no crea, y dirá siempre lo que su ética estime necesario exponer. Ni permitirá que acusen a alguien si él lo considera inocente: se descamisará y se erigirá en su defensor. Emplea sin merma varias cualidades profesionales: estilo, sagacidad, audacia, profundidad. Pero sobre todo posee lo que le ha permitido ganar un espacio en el afecto de lectores y oyentes: habla y escribe con el corazón y desde la cultura. Le parece que si no hay corazón, y si la cultura es solo papel prendido con alfileres, el periodismo será pura caligrafía de ganar el pan o la fama inmerecida.  Y Pepe es el periodista apreciado y hoy justamente premiado por ser esa gaviota que cada día se saja el pecho para alimentar su trabajo…

Callo. Y perdóname, Pepe, por haber dicho tan poco. Demos paso ahora a cuanto nos resta por hacer juntos en la conquista de los ideales de una sociedad democrática,  justa e independiente en el socialismo. Esos ideales a los que, sin vergüenza, digo en tu nombre y beneficiado por tu luz, nunca les hemos negado una línea útil.

 

 

 




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