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UN LIBRO EN MI VIDA

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Luis Sexto

 

 

 

 

 

 

 

 

Sin ánimo de competir en  el concurso cuya convocatoria está debajo de este post: Sólo para recordar una fecha en mi almanaque

Hace unos días, registrando entre mis libreros, topé con un selección de poemas del nicaragüense Ernesto Cardenal. La fecha de publicación: 1967; la editora: Casa de las Américas, en su colección La Honda. Demás  está decir que la nostalgia se me encimó y me mantuve hojeando aquel volumen de 200 páginas  tantas veces leído. Si no me equivoco, fue el primer contacto de los cubanos  con un libro de Cardenal publicado en Cuba. Y uno, por esa afición voraz de leer, sabía quién era Cardenal. Sabía de su condición de sacerdote católico, y de las distintas fases de su existencia, no tan larga entonces: luchador contra Somoza y monje contemplativo en un monasterio trapense en los Estados Unidos. Pero, a decir verdad, nunca lo había leído.

Por esa razón, cuando supe que la Casa de las Américas había publicado una especie de antología del autor  de Oración por Marilyn Monroe y otros poemas, aproveché  un momentáneo regreso a La Habana desde el central Amancio Rodríguez, antes Francisco, donde ejercía como topógrafo en la reconstrucción de una línea férrea.  Lo empecé a buscar en varias librerías.  Me parece que fue en los bajos de Juventud Rebelde,  que en esa época ocupaba el edificio del ex Diario de la Marina. Recuerdo incluso la fecha. Porque   experimenté  tanta emoción  que escribí una nota en la primera página, como si fuera el acta  de mi estado de ánimo. Casi me da vergüenza leerla y sobre todo reproducirla. Uno,  hombre de prensa y letras, debe haber ya perdido el miedo escénico, pero cuando  discurren  los años juveniles, suele desviarse la pluma y embarrancarse en cualquier tontería. Ahora comprendo que desde entonces me provocaban las imágenes.  En fin, dije, entre otras palabras, que con los ojos ávidos, con los brazos anhelantes de un novio ante su novia, empezaba a leer esos poemas. Y finalizaba rotundamente: “No creo que haya sentido jamás tan dulce emoción en presencia de un autor y su obra”. Era el 11 de enero de 1968. Me faltaban seis meses para cumplir 23 años.

 En la selección de Casa de las Américas hallé páginas que no me gustaron, largos poemas que, a pesar de su profundidad casi mística, cansaban. Me gustaron los poemas breves de cuando  Ernesto Cardenal pasaba  el  noviciado en el monasterio de Nuestra Señora de Gethsemaní, en Kentucky y cuyo maestro  era Thomas Merton, otro escritor que me acompaña desde mi adolescencia intelectual;   me atrajeron los epigramas, a veces tan urticantes: “Muchachas que algún día leáis emocionadas estos versos/ y soñéis con un poeta: / sabed que yo los hice para una como vosotras/ y que fue en vano”. Me impresionó  el exteriorismo  que Cardenal transformaba en poesía: objetos que oscilaban entre un  basurero y  un salón de baile colmado de colillas: “Ha llegado al cementerio trapense la primavera,/  al cementerio verde de hierva recién rozada/ con sus cruces de hierro en hilera como una siembra,/ donde el cardenal llama su amada y la amada/ responde al llamado de su rojo enamorado./ Donde el reyezuelo recoge ramitas para su nido/ y se oye el rumor del tractor amarillo/ al otro lado de la carretera, rozando el potrero./ Ahora vosotros sois fósforo, nitrógeno y potasa./ Y con la lluvia de anoche, que desentierra raíces/ y abre retoños, alimentáis las plantas/ como comíais las plantas que antes fueron hombres/ y antes plantas y antes fósforo, nitrógeno y potasa…”  Y me conmovió, sobre todo, el poema dedicado a Marilyn Monroe.

Ernesto Cardenal ha escrito y publicado, desde 1968 a la fecha, mucho más que aquellos poemas que leí en mi juventud.  Posiblemente, el  sacerdote sandinista nacido en 1925 sea hoy mejor poeta. Pero yo quisiera, como en una noche reciente,  reconocer que me pasaría la vida leyendo  el poema dedicado aquella actriz rubia y triste, recién muerta por su mano,  que conocimos en el cine: “Señor/ recibe a esta muchacha conocida en toda la tierra  con el nombre de Marilyn Monroe/ aunque ese no sea su verdadero nombre (pero tú conoces su verdadero nombre, el de la huerfanita violada a los 9 años/ y la empleadita de tienda que a los 16 se había querido matar) Y ahora se presenta ante Ti sin ningún maquillaje, sin su agente de prensa, sin fotografías y sin firmar autógrafos, sola como un astronauta frente a la noche espacial” … El poema sigue, sigue creciendo en compasión y emoción. Y  el poeta, que sabe que antes de morir,  Marilyn tuvo el teléfono en la mano, termina el largo pero nunca aburrible poema a una pobre mujer famosa:

Señor/ quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar/ y no llamó (y tal vez no era nadie/ o era Alguien cuyo número no está en el Directorio de Los Ángeles)/ contesta Tú el teléfono!”

 

06/02/2013 13:07 Luis Sexto #. Literatura



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