Facebook Twitter Google +1     Admin

EL HUMO Y LA LECTURA

20130122180220-tabaco1.jpg

Luis Sexto

Desde los días iniciales de su nacimiento, la lectura de las tabaquerías recibió el anuncio de su  muerte inmediata, sin que alguna  cartomántica leyera tan temprano augurio.  Travestidos como portavoces de la fatalidad, los propietarios de los talleres de torcido, mediante el Diario de la Marina, previeron un riesgo para sus intereses de clase e intentaron matarla  poco después de nacer.  Temían que libros leídos en voz alta  sacudieran el polvo, ordenaran los trapos de la conciencia proletaria con la cultura que, consecuentemente, adquirirían los torcedores.

 Transcurría  1865 cuando el iletrado era el trabajador típico de la sociedad esclavista colonial. Ese año, a sugerencia de don Nicolás Azcárate — dúctil sensibilidad y empinado talento literario y jurídico—, y apoyados por el tabaquero y periodista Saturnino Martínez, los talleres de El Fígaro inauguraron la institución de la lectura. El más preparado de los torcedores, con un salario sumado con la dádiva de sus compañeros, se aplicó a leer lo mismo un novelón que un texto filosófico. Don Jaime Partagás, apellido convertido hoy en una celebérrima marca, aprobó  la iniciativa y la estableció en su fábrica.

Durante décadas, en efecto, los tabaqueros integraron el grupo más preparado de la clase obrera cubana. Y consecuentemente uno de los más beligerantes. No  podían oír la lectura de  Los miserables,  de Víctor Hugo, sin quedar convocados a conocer los extremos del mundo social: ricos y pobres. Y percatarse de que ellos, los asalariados, eran del bando o la clase menos favorecida con la riqueza creada por sus manos. Martí, conociendo que eran trabajadores intelectualmente aptos, se auxilió de los torcedores para difundir y apuntalar la idea de la independencia. Y defendió el papel de la lectura en los talleres al preguntar en uno de sus textos qué sería del torcedor si a su aburrida, aunque productiva faena, se le suprime “la mesa de pensar al lado de la de ganar el pan”.

Autobiografía de un hombre que fue de color, novela del escritor estadounidense  James Weldon Johnson (1871-1938), publicada en Cuba en 1988, por la Editorial Arte y Literatura, describe aquellos días de finales del siglo XIX, cuando los tabaqueros emigrados  en Cayo Hueso, Tampa, Jacksonville preparaban, con la habilidad de sus manos de torcedores, la guerra de independencia. El personaje narrador, negro norteamericano, hijo de una pareja interracial, cuenta su aprendizaje de despalillador. Y  al año y medio, un tanto ducho en el español dominante en la fábrica, pasó a ejercer de lector. Lo que cuenta es casi semejante  al presente. Y apunta que no solo era necesaria una buena voz. El lector  debía ser reconocido como persona inteligente e informada sobre conocimientos  de “diversa índole”.  “Como lector –narra el protagonista de la única novela de Weldon Johnson- no solo me liberé de la monótona labor de torcer tabacos (…), sino que también incrementé considerablemente mis ingresos”.

El lector de tabaquería ha de ser, según la tradición, una especie de actor. Hasta hace pocos años, al menos los lectores más antiguos actuaban el texto. Como leían para ser escuchados, la voz adoptaba tonos, ritmo, énfasis, incluso matices, para que el libro o el periódico fueran comprendidos. ¿Cómo podría el oyente determinar quién habla en un diálogo si el lector no diferencia las voces?

A pesar de la radio, que amenazó  a la lectura viva en las tabaquerías, esta institución  no pasó al olvido, como el cigarrillo no ha condenado a las memorias el consumo de la hoja de tabaco envuelta en sí misma. Durante los tres últimos siglos, el habano ha confirmado que  posee un toque, un detalle que sobrepasa la calidad natural de la hoja cubana. Posiblemente no sea solo una gracia,  o un secreto de la agrotecnia que los indocubanos, que la  cultivaban y la degustaban, legaron a los primeros vegueros canarios. Entre otras normas, los aborígenes  recomendaban que  fueran cautos con el agua, porque, si le sobreabunda,  el tabaco se vuelve muy meloso. 

El mágico poder de tabaco parece incrementarse en el proceso de  confección, desde el curado a oscuras en uno de esos rascacielos de madera o guano que surgen en los campos de Pinar del Río o en el sur de La Habana, o en las provincias del centro. El torcido es limpiamente artesanal. Como un fluido intercambio de familiaridad entre la materia prima y el obrero. Elaborado a  máquina, probablemente el puro empezaría a ser impuro. Le faltaría la poemática energía, la personalizada ternura de las manos, de esos “dedos sabios” que versificara Raúl Ferrer.

Los adelantos de la ciencia o la técnica son a veces intermediarios que en lugar de ayudar al hombre a asumir su plenitud, lo vacían de su humanidad. Ciertos actos no toleran el distanciamiento. Como el amor. Jamás un robot podrá servir una mesa con una sonrisa caliente, ni un beso podrá humedecerse mediante el teléfono o el correo electrónico. El habano genuino deriva de un proceso amoroso desde el semillero hasta el taller. El veguero trata a cada una de sus plantas como novias, o como hijas. Y quizás a media noche lo vemos arrodillado escardando las plantas de su vega, muy cerca de la casa.

El fumar un habano equivale a un acto de cultura. El fumador sabe que junto con el humo aspira también un capítulo y un emblema  de la historia nacional.  Pero fuma el que quiere o desea.  Fumarlo no compone un distintivo  patriótico. Porque si Martí elogio a los tabaqueros y empleó los sentimientos patrios que los ligaban a Cuba desde los Estados Unidos, no fumó. En cambio, Juan Gualberto Gómez, el delegado de Martí en Cuba, el mulato que usaba la palabra como sable o estilete, el independista de argumentos precursores sobre la igualdad racial, el hombre que se educó en París y comió siempre en Sabanilla, arrastraba un habano con la afilada paciencia de su patriotismo sin grietas.

El habano, por mérito propio,  ha conquistado a sus adictos, aun a los más relevantes. A Carlos Enríquez pudiera pintársele con un puro como pincel. ¿No podría intuirse acaso que esa gasa flamígera que envuelve sus cuadros es humo de tabaco, humo que algunos de cuantos lo conocieron creyeron apreciar también en su mirada?  Y si revisamos un tanto la iconografía de hombres prominentes en Cuba, famosa es la foto de José Lezama Lima, detenida por el ojo oportuno y rápido de Chinolope, donde el poeta muestra un  tabaco entre sus labios barrocos y místicos con el parece llamar a sus orígenes. Benny Moré, Cuba hecha ritmo en la voz y los gestos de un cubano, fumó también el tabaco puro, y quizás alguna vez lo humedeció en el ron, fluido entrañablemente nacional. A José Luciano Franco, visceral y longevo historiador, lo sorprendí durante nuestras entrevistas con uno entre los dedos.

La lista amerita mucho espacio. No cierro esta especie de especulación sin evocar al Che Guevara. En qué fotos no lo vemos con un tabaco, hecho un cabo, un mocho, como queriendo introducirse a Cuba en la planta combustible que junto con la caña de azúcar la ayudó a erigirse en nación. 

El habano ha seducido  incluso a enemigos de Cuba revolucionaria. John F. Kennedy violaba las prohibiciones del bloqueo impuesto por él mismo en 1962, para fumar uno de nuestros misiles de placer llegado a su mesa presidencial por mañas clandestinas.

Y  al final uno se pregunta  como el arqueólogo ante el volcán y la pirámide: ¿qué fue primero, el habano o la torre de un ingenio, tan similares ambos en geometría y espíritu cubano?  Al menos sabemos que las manos y el tabaco existían ambos antes de su confluencia. Pero ahora,  no podrá existir sin las manos del torcedor cubano. Este operario forma parte del misterio de la hoja, del humo y su mezcla con la sangre.  Y  la lectura proseguirá enriqueciendo el trabajo, porque  como nueva negación del fallecido y maldito pronóstico de sus orígenes,  las autoridades cubanas han declarado a la lectura en las tabaquerías patrimonio inmaterial de la cultura  de la nación. 

La riqueza de la lectura no se toca, no se embotella, ni se guarda en bancos. Ni se quema. Se lleva en la conciencia. Que siga, pues,  el habano humeando por el mundo, mientras las manos prodigiosas que lo tuercen, oyen  en silencio  el libro de turno…

(Publicado en Cubahora)

 

22/01/2013 13:02 Luis Sexto #. Cultura



Powered by Blogia

Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris