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MANUAL DE LO CURSI

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Luis Sexto

Ven a aceptar que lo cursi es un valor humano. Qué es un bolero, sino un molde de la cursilería. Un te sigo amando, un debemos separarnos, un oh vida, si supieras, situaciones elementales, básicas en la vida humana. Las personas necesitan que les hablen de amor, de corazón, de besos, de dolores amatorios. Yo mismo he sido cursi. Cuántos  apuntes conservo de esas fantasías, de esas quejas estridentes, de esos énfasis próximos a la demencia. Una vez una novia se me fue para el Norte… Cómo lloré.

Esas quejas permanecen ilustrando mi tránsito por ese sentimiento juvenil cuando la cursilería se convierte en lo más grave de la existencia. En aquella época de mis 18 años, te sentías obligado a leer a Vargas Vila, o a Hilarión Cabrisas o a José Ángel Buesa, y a oír rancheras al son de guitarras lagrimeantes y fantasiosamente alcohólicas, pues lo máximo de la cursilería era emborracharse después que te cansabas de rogarle que sin ella de pena morirías. Y si eras capaz de leer a Romeo y Julieta, más atractivo ganaban las reacciones cursis ante el suicidio de la pareja de Verona, cuyo balcón es todavía ídolo de peregrinaciones y juramentos que mañana se burlan.

En vez de beber, me atraganté de palabras, de versos.  ¿Quieres leer un párrafo de ese cuaderno que no he picoteado para tener cerca las pruebas de mi vocación literaria? Me arriesgo. Verás como podía empezar a escribir un muchacho que llegó a publicar en periódicos y a hilvanar algún libro: Sé benigna al juzgarlo: “Hace poco me tambaleé como acróbata en las cuerdas de un circo. Tuve una novia. La amé. No vivía yo en mí. Era ella quien vivía en mí. Un día, en el cual me hice hombre, sus labios profirieron, con mil subterfugios, un exquisito no te quiero. Desde aquella tarde, despojado de mis esperanzas, he andado como un cadáver rebelde. La soledad y el orgullo abatido me ahogan. Pero  el amor seguirá siendo para mí altar y horno”.

Ella nunca se enteró de esa nota tan ridículamente quejumbrosa. Tampoco de mis poemas. . ¡Ella! ¿Quién era ella? No me comprometas, por favor. Mucho años más tarde, esos recuerdos te parecerán  triviales, artificios condicionados por el cine y las letras más vulgares. Pero no me parece que al ser humano le baste  el bienestar –estudios, empleo, vivienda, confort, consumo- para resolver sus problemas y ser feliz.   ¿Y  la muerte? ¿Y el amor? ¿Se resolverán esos básicos problemas del hombre y la mujer? Y ambos, el amor y la muerte, se dilucidan en el prosar diario, en ese enamorarse, ilusionarse hasta la bobería, olvidando que la muerte está en cualquier parte, pero que no se habrá de fijar en mí, que aún no he acabado de vivir. Y sabiendo que el amor también se nos abalanza en una brusca aparición, casi sin merecerlo.

Aún lloraba a la amada móvil –móvil porque se marchó al extranjero, contrariamente a la de Amado Nervo que la muerte inmovilizó-; aún lagrimeaba cuando me topé con otra mujer. Y allí, al pie de mis descargos contra la que me abandonó, me asistió el tino para dejar una página en blanco y apuntar la presencia de la nueva novia, que sería la definitiva.

 (Publicado en Juventud Rebelde)

 

24/11/2012 18:31 Luis Sexto #. Crónicas



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