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¿Y ESE POEMA? ES TU ALMA

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Luis Sexto

Tomado de Cubahora)

Un poema de amor asusta si usted se decide a componerlo. Leerlo es un trance distinto: suave, emotivo, compensador. Escribirlo, en cambio, es como cruzar por los bordes de una tembladera donde puede enfangarse los zapatos el más incauto, o el menos experto. Es un resbalón que obliga al sonrojo en unos, y en otros, tal vez produzca una sonrisa agónica.  Porque no consiste la arquitectura del poema en combinar imágenes, que a veces son joyas oxidadas por su mala ley, sino que se trata de hallar la originalidad y la calidad poéticas entre el tumulto de sensaciones e ideas, comunes al  patrimonio de los enamorados.

El lector con oficio, quizás, no lea con frecuencia versos de amor. Al menos, pregunta primeramente por el autor. Ahora bien, el amor puede estar presente en cualquier poema, sin que tengamos que clasificarlo entre los versos relacionados con el Eros. Según mi parecer, La niña de Guatemala es y no es un poema de amor. Es tan exclusivo, tan único. En esa pieza de Versos sencillos, narra José Martí una tragedia de tanta intensidad que sus estrofas no pueden considerarse como de amor, sino más bien de dolor,  de pérdida, de frustración, de ternura limpiamente zaherida: “Allí en la bóveda helada/ la pusieron en dos bancos; /  besé su mano afilada, / besé sus zapatos blancos. / Callado, al oscurecer, / me llamó el enterrador: / nunca más he vuelto a ver/ a la que murió de amor”.

 En los tiempos de mis dieciocho años, se vendían modestas ediciones de poemarios amorosos. Uno los hallaba en alguna librería o en aceras del centro de La Habana. Hasta en la Terminal de Ómnibus Nacionales, el viajero podía topar con poesías y epistolarios galantes. Los caracterizaba la índole masiva de su composición. Lo mejor podía hallarse todavía en Hilarión Cabrisas, José Sanjurjo, José Ángel Buesa, cuyos versos algunos enamorados musitaban –a veces como propios-   junto a los labios de “muchachas en flor”, como diría Proust,  o los  reproducían en cartas donde eran  incapaces de garabatear una palabra que no los avergonzara. Otros, en cambio, se atrevían a engrescarse con rimas y medidas. Los presuntos poetas pensaban que cualquier cosa escrita sobre el amor y con amor podría quedar bien y provocar el gusto de su dama. No le temían al ridículo… Yo tampoco.

Y he de admitirlo: fui uno de esos imprudentes. Muy joven, había intentado escribir. Aún el pavor me sobrecoge al evaluar la mascarada ritual de mi primer soneto amatorio. O dicho con más exactitud: todavía  la sangre me colorea la cara cuando recuerdo aquellos versos mal medidos de mis 16 o 17 años: “Blanca paloma de rápidos vuelos, / mensajera fiel de querellas y cuitas, / ven, ven, remóntate a los cielos/  conduce veloz mis quejas inauditas. / Llega. Detente. Y de su ventana/ con suaves golpes los cristales toca/ y a la áurea luz de fresca mañana/ cuéntale dulce mi ternura loca…” Y concluía con una de las paradojas, afín a los poetas barrocos. Dile -le encomendaba a la rauda y blanca paloma, cartera de mis quejas: Dile “que en mis noches sin sueño con ella he soñado”. ¡Ella! ¿Quién era ella? No me comprometan, por favor.  Hecha mi confesión y expuesto los huesos de mi experiencia, debo esconder el nombre de la víctima.  Según crecí en edad y algo de cultura, nunca más escribí poemas de amor. Y en mis dos libritos publicados, esas palpitaciones se mezclan, se disimulan entre sentimientos y tropos menos específicos.

 El lector, en cambio,  ha seguido activo. Recientemente leí una Antología de la lírica amorosa de nuestra lengua, y  repasé las distintas épocas: Edad media, edad de oro, borroquismo, romanticismo y modernismo, hasta la contemporaneidad. En unos tiempos predominaron la queja suave y el juego ingenioso, como en Madrigal, del español Gutierre de Cetina: “Ojos claros, serenos, / si de un dulce mirar sois alabados, / ¿por qué si me miráis, miráis airados?  Si cuanto más piadosos/ más bellos parecéis a aquel que os mira, / no me miréis con ira/ porque no parezcáis menos hermosos. / ¡Ay, tormentos rabiosos!/ Ojos claros, serenos, / ya que así me miráis, miradme al menos”. Luego, los poetas acusaron el eurítmico impacto de las formas femeninas, y siguieron con  la paradójica y pesimista  desmesura barroca, y más adelante se destacaron por los extremos románticos, y después, a fines del siglo XIX, invadieron la lírica con la afición modernista a los amores enfermizos, hombres y mujeres llamados a la muerte; qué decía, si no,  el cubano Julián del Casal Ante el retrato de Juana Samary:  “Porque al saber que de tu cuerpo yerto/ oculta ya la tierra tus despojos,/ siento que algo de mí también ha muerto/ y se llenan de lágrimas mis ojos”.  

Debo confesar que me estacioné, hasta nuevo aviso,  en la poesía amatoria del siglo XX. Cuánta intensidad exprime la imagen, cuánta distancia alcanza la palabra poemática de ese pasado tan cercano. El español Miguel Hernández me tira al piso cuando leo Canción del esposo soldado: “He poblado tu vientre de amor y sementera/ he prolongado el eco de sangre a que respondo/ y espero sobre el surco como el arado espera: / he llegado hasta el fondo. Morena de altas torres. Alta luz y ojos altos, / esposa de mi piel, gran trago de mi vida, / tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos/ de cierva concebida”…

 Pero mi favorito es aquel poema del peruano César Vallejo: “Amada, esta noche tu te has crucificado/ en los dos maderos curvados de mi beso/ y tu dolor me ha dicho que Jesús ha llorado/ y que hay un viernes santo más dulce que este beso…”  Leería mil veces  los catorce versos de esta pieza. Como  leería igualmente una y otra vez, por todo el espacio intuitivo que le concede al lector, este intensísimo poema de Dulce María Loynaz: “¿Y esa luz? / -Es tu sombra”.  

17/10/2012 13:17 Luis Sexto #. Literatura



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