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EL PERFIL DE UNOS Y OTROS

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Por Luis Sexto

En Un viejo que leía novelas de amor, conmovedor libro del chileno Luis Sepúlveda,  leemos una frase apodíctica: el desierto es la obra maestra de los seres humanos. Y uno se pregunta si en Cuba  ciertos sectores aparentemente comprometidos con la obra del Gobierno  no estén  ayudando a quienes litigan, sudan para desertificar desde la óptica enemiga a la sociedad cubana.

La inquietud no es en singular. Muchos nos percatamos que nunca antes como ahora han coincidido tantos para empujar hacia atrás. Desde las derechas en Washington y Miami, hasta las derechas  y las izquierdas  internas, pasando por  reivindicaciones de índole social, hay como una estrategia de diversos y a veces opuestos signos que, sin haberse concertado, coinciden, al menos, en dañar,  estorbar el  actual y actualizador proceso de reformas económicas. Y si no coinciden en  sus ideologías,  concuerdan en el sentido de la oportunidad. Como si dijeran: Ahora, que están en la cuerda floja…

Ahora, pues, la renovación de la sociedad  cubana experimenta la más severa agresión, los más pesados obstáculos desde la propaganda, el pensamiento y la acción política. En el plano interno, algunas reclamaciones de sectores de izquierda, más bien de ultraizquierda,  y de sectores demográficos podrán tener razón. Lo que las deslegitima, aparte del lenguaje absolutista, es el momento escogido para exigir lo que, al considerar la creciente condición de  plaza sitiada de Cuba, fragmenta la unidad nacional y debilita el proceso de readecuación y transformación social. Esas voces demuestran en sus manifiestos y reivindicaciones estar  nutridas de teorías  y afanes de justicia. ¿Y pueden, por tanto,  ignorar que al insertarse hoy como discrepancias casi inconciliables frente a la filosofía y la actuación del Gobierno, apoyado aún por la mayoría, someten a la nación al riesgo del desequilibrio y la colocan ante la probable pérdida de lo que ha sido un elemento constitutivo de la república concebida en 1895: la independencia de los Estados Unidos y de su capitalismo neocolonizador?

A los enemigos ciertos y  a los que se enmascaran  en un discurso hiriente, casi de oposición, desde una izquierda contestataria, se juntan el pesimismo y la indiferencia. No me parece atinado negarlo: hay sectores  del pueblo que no saben qué pasa en el país, ni hacia donde va la sociedad y consecuentemente se distancian: no esperan nada, salvo ver qué pasará. Y de ello no creo atinado culpar a los que actúan para sacar al “castrismo” del poder por la vía de la oposición y el apoyo de Washington,  o por el culebreante camino de la división entre fuerzas revolucionarias, bajo el pretexto de la pureza en la aplicación del marxismo.

La falta de información y de diálogo entre Gobierno y pueblo, entre Partido y pueblo,  es, a mi parecer, responsabilidad de muchos de cuantos conducen política y administrativamente al país. Durante los debates masivos de los Lineamientos económicos y sociales, que  luego fueron presentados al Sexto Congreso del Partido Comunista,  apreciamos la voluntad de  hacer más participativa la democracia en Cuba, más transparente la gestión y más crítico el papel del Partido como garante del programa de actualización de la sociedad cubana. Pero, a pesar de esa voluntad de transparentar los fines y los medios, y no obstante las reiteradas  palabras de Raúl Castro sobre la necesidad de proscribir el  secretismo y de abrir letras y micrófonos a la prensa, quienes observan el cotidiano fluir del país  en sus planos medios y bajos perciben el desconocimiento y, sobre todo, la falta de un lenguaje público clarificador.

Ha continuado  pesando, pues, la “vieja mentalidad”, generada durante decenios por un Estado excesivamente centralizado, definido  como sinónimo de socialismo, cuya estructura  dependió de la línea vertical: un movimiento de arriba abajo sin que existieran, como resortes de equilibrio, las líneas horizontales, lados fuertes de un centro fuerte. Con tal diseño, la imprescindible burocracia administrativa derivo en poder inapelable y cuya más significativa facultad ha sido la de distorsionar, callar y mandar a callar. Y también, por añadidura, parecen estar influyendo “viejas ignorancias”. Porque, en efecto, siguen proliferando cuadros incapaces de adoptar iniciativas, explicaciones y respuestas creativas, pero obedientes; incapaces de hablar, pero también no aptos para escuchar a la gente.

De ese  aparato se espera una evolución hacia actitudes más abiertas.  Sin embargo, los cambios de una mentalidad hoy retrógrada sobrevendrán muy retrasadamente en relación con la velocidad los cambios en la economía, que no pretenden persistir en esquemas ya vencidos, sino crear resortes que faciliten a un país pobre superar las limitaciones materiales que les genera, entre ineficiencias y errores propios, el cerco intransigente de los sucesivos gobiernos norteamericanos, apoyado en  el exilio cubanoamericano que su política de hostigamiento migratorio articuló desde 1959.

Desde mi óptica, aunque a algunos de mis presumibles lectores se les figure repulsivo, la solución del mayor peligro para la supervivencia de las aspiraciones socialistas de los cubanos, se halla en Lenin. El líder de la Revolución de Octubre, que no vivió lo suficiente para rectificar el equívoco del socialismo del Estado todopoderoso,   dictó,  al menos,  un método para impedir la absorción de la sociedad por las superestructuras estatales y a la vez, fortalecerlo en lo necesario: “El estado es fuerte cuando las masas lo saben todo, pueden juzgar de todo y lo hacen todo conscientemente” Y ese saberlo todo, juzgarlo todo y hacerlo todo conscientemente implica que los espacios democráticos –entre otros, la Asamblea Nacional, las asambleas municipales y las de rendición de cuentas-, abiertos desde hace tiempo,  pero limitados en su papel, y los medios de información, igualmente limitados, se extiendan y profundicen. Y sirvan de contención  a la irracionalidad burocrática, negada por esencia a escuchar y a dialogar,  y proclive a  emborronar la letra y el espíritu de cuanto se decide para transitar de las necesidades a las soluciones más audaces y efectivas, como la vigencia de la ley del valor y su consecuente mercado.  Y sirvan cada uno estos espacios y medios, sobre todo, como generadores de la participación popular, al saber los cubanos, regularmente, qué se hace, cuándo se hace y para qué se hace.

No resulta oscura esta verdad: el diálogo, la información y la crítica son los antídotos para impedir que tantas  manos intenten empujar a Cuba hacia el desierto donde podría estar, según el decir del novelista Luis Sepúlveda, la obra maestra de los hombres. O de unos hombres, cuyos perfiles ya he dibujado en estas líneas. (Publicado en Juventud Rebelde)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

25/08/2012 13:02 Luis Sexto #. Política



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