Facebook Twitter Google +1     Admin

VOLVIENDO A PALABRAS YA DICHAS

20120614234943-nostalgia1.jpg

Luis Sexto

 Adiós a las armas fue una de mis lecturas veinteañeras. Y aunque a veces recito espontáneamente su primera frase: “En el tardío otoño de aquel año…”, lo más recurrente es el final de la novela. Cuando concluí de leerla -alguna vez lo he  contado- terminé con una punzada  en el pecho. ¿Habrá sido mi primer infarto y ningún “sismógrafo” ha registrado todavía la hendidura? Fue, a pesar de mi suposición, la resonancia permanente de Hemingway en mi lado cordial.

En esas líneas finales, el escritor que habitó en San Francisco de Paula pintó el destino humano. Cuando el teniente Henry fue a despedirse de su mujer, muerta junto con su criatura en el parto, entró en la habitación, encendió la luz y era como decirle adiós una estatua. Luego apagó, y salió a la calle bajo la lluvia. Con el tiempo, todos terminamos siendo estatuas, y el caminar bajo la lluvia nos condiciona la más sugestiva imagen del desamparo…

Tras tantas lecturas, y unas cuantas cuartillas escritas, ¿se llega alguna vez a orientar, dirigir la verdad de la poesía y la vida?  Quizás Hemingway nunca estuvo seguro de haber ganado el cielo con Adiós a las armas. Y continuó escribiendo, con la sensación de ser tan pequeño como la pinchadura de un alfiler. Porque qué es la cima si no una altura relativa. El ascenso, lo más alto, resulta una quimera: suele quedar corto.

Tal vez lo que resultara destacable en mi cuestionable ejecutoria periodística, sería la vocación. No me sonrojo al decir que he comido y bebido tinta y papel. Ese es mi único mérito. Y cuando de pronto, sin haber estado habituado, nos hallamos braceando entre manos generosas que felicitan nuestro trabajo,  uno se confunde, duda, y lo asusta no ser digno, pero se consuela cuando viaja al pasado y empieza a recordar a tanto amigo célebre que nos empujó a renunciar a todo por una palabra. Fueron muchos. Y si no soy bueno, soy responsable de no haber empleado con efectividad a tantos maestros.

Pienso, pues, en José María Chacón y Calvo, que me enseñó la diferencia entre la palabra que empacha y la que se subordina al buen gusto; en Waldo Medina, que me recomendó que nunca desdeñará un espacio por mínimo que fuera; en  Dora Alonso, que me hizo ver que la autocrítica excesiva conduce a la esterilidad; en Cintio Vitier, que una tarde en el Palacio de las Convenciones me recomendó el arte supremo: ¡que tanto quepa en tan poco!; en Eduardo Héctor Alonso, cuya advertencia aun está vigente: la originalidad no se busca, se halla. Pienso en Enrique Pichardo, hombre sin fama, ni obra, pero tan agudo lector que era  capaz de obligar a corregir con esta tímida observación: Uhhh, eso suena raro.

Y pienso también en mi madre, Elda, que cuando yo era adolescente y notó mi vocación -como ya escribí a raíz de su reciente deceso- me animó diciéndome que sería mi secretaria cuando fuera famoso. Y pienso en mi padre, Manolo, el obrero, el hombre sin letras, cuyo corazón graduado en el amor y la cordialidad, me trató siempre, aun desde niño, como un ser importante. Y pienso -excusen lo  patético de esta referencia- en mi difunto hijo menor, Víctor Manuel, que, siendo muy pequeño, me oredenó, sentado sobre mis piernas cuando yo tecleaba un artículo: Escribe duro, papá...

Y por qué he juntado tantos nombres, tantos recuerdos aparentemente caóticos. Tal vez tenía ganas de escribir para que el periódico -papel que se rompe y cristaliza- recogiera, como en un almacén soterrado, a prueba de riesgos nucleares, esa tristeza que hoy, como en mi niñez, me oprime viendo el mundo pasar.

 

 

14/06/2012 18:49 Luis Sexto #. Crónicas



Powered by Blogia

Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris