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LA SOLEDAD DEL FARAÓN

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Por Luis Sexto

Carta de amor a Tutankamen es un poema en prosa, más bien página de un diario juvenil,  cuya contención lírica podría significar la definición de Dulce María Loynaz: verbalmente estoica, afiliada a una medida que represa le desbordamiento y le facilita  el discurrir por las profundidades. Esta carta de amor a un  faraón fenecido casi en la adolescencia, brota  durante  un viaje  de la poetisa por Egipto y otros lugares de esas tierras,  cultura tan antigua, que parecen sobrevivir en el misterio.

Formada en un hogar sensible, instruido, sus hermanos Flor, Enrique y Carlos Manuel también tenían en la mirada la claridad neblinosa de la poesía, incluso su  padre, el General Enrique Loynaz del Castillo. Difícilmente, por tanto,  la poetisa, a pesar de sus 26 años y un doctorado en la Universidad de La Habana, podía evitar conmoverse ante el sarcófago múltiple del joven faraón. Y tras regresar al hotel escribió este poema lírico en prosa, página de un diario, que aún reclama la vigencia gracias a la finura de su composición y lo maduro del impulso. El  español Antonio Oliver Belmás, poeta y experto crítico de la obra de Rubén Darío, subrayó en el prólogo del cuadernito, publicado en 1953, que con esta Carta Dulce María hubiera merecido que el joven Tutankamen resucitara.

Qué pasaba por el corazón de la poetisa. ¿Podremos intuir qué grado de intensidad experimentaban sus temblores, sus vacíos para atreverse a rodar las piedras, aventar las arenas de los siglos y dirigirse a un monarca egipcio fallecido a deshora? Dulce María, ya tan sagaz y tan sincera como en su madurez, se percató entonces  que escribía cosas como de loca. Se dirige al joven rey: “Déjame decirte estas locuras que acaso nunca te dijo nadie, déjame decírtelas en esta soledad de mi cuarto de hotel, en esta frialdad de las paredes compartidas con extraños, más frías que las paredes de la tumba que no quisiste compartir con nadie.” Antes le ha dicho: “Por esos ojos tuyos que yo no podría entreabrir con mis besos, daría a quien los quisiera, estos ojos míos ávidos de paisajes, ladrones de tu cielo, amos del sol del mundo.”  Y más adelante: “Pienso que tus cabellos serían lacios como la lluvia que cae de noche… Y pienso que por tus cabellos, por tus palomas y por tus 19 años tan cerca de la muerte, yo hubiera sido lo que ya no seré nunca: un poco de amor”.

Aunque Carta de Amor a Tutankamen se publicó 24 años después de haber sido compuesto, uno reconoce que en lo circunstancial de este texto,  además de los valores formales como la sobriedad y un discurrir sin apenas hacerse notar, ya estaban los valores internos de los poemas con que Dulce María alcanzará  su crédito como una voz recia y delicada a la vez. En este poema se aprecia la soledad, la frustración,  la ternura desasida y la contenida pasión de un Eros que se transforma en maternidad: Así –le dice al faraón dormido- te hubiera recostado yo sobre mi pecho, como un niño enfermo.

Dulce María Loynaz (1902-1997)  escribió varios libros de poemas. Entre otros -y cito los primeros-  Versos, Juegos del agua y Poemas sin nombre.  Este último en prosa. Y es en la prosa poemática, cuando el verso se desprende del maquillaje métrico y de la música exterior de la rima, donde la poetisa logra, a mi modo de ver, su mayor hondura. No me refiero, sea advertido, a su prosa novelística, en la cual ejerce también la poetisa;  sino la prosa en que cuajan las ideas poéticas con calidad y libertad irrepetibles. A mi parecer, pues, su libro superior es Poemas sin nombre. Un libro amor. Un libro filosofía. Un libro desolación. Un libro sueño. Quizá me sea permitido repetir un título de César Vallejo: Poemas humanos, generalmente breves, en que conviven lo erótico, lo bíblico, lo religioso, lo cotidiano, lo lírico.

Esta es una muestra: “Estoy doblada sobre tu recuerdo como la mujer que vi esta tarde lavando en el río. Horas y horas de rodillas, doblada por la cintura  sobre este río negro de tu ausencia.” En otra página escribe: “Hasta en tu modo de olvidar hay algo bello. Creía yo que todo olvido era sombra; pero tu olvido es luz, se siente como una viva luz… ¡Tu olvido es la alborada borrando las estrellas!”

En Poemas sin nombre se esconde el evidente secreto de la estética que ha dado perennidad a la poesía de Dulce María Loynaz. El poema 105 lo revela: “Esta palabra mía sufre de la escriban, de que le ciñan cuerpo y servidumbre. He de luchar con ella siempre, como Jacob con su arcángel; y algunas veces la doblego, pero otras muchas es ella quien me derriba de un alazo”. En doblegar la palabra martirizándola con la afilada conciencia del estilo o negociando con sus probables desvíos y anuencias, en eso, en doblegar la palabra, consiste la faena del poeta en la arena solitaria de la experiencia poética. Y Dulce María logró que su poesía venciera el desafío de todo canto: permanecer. Y Aunque por mucho tiempo la autora se mantuvo exclusivamente en los límites de su casona familiar, su poesía seguía  vigente, viviendo existencia propia y acusando con su ternura o su desgarramiento la personalidad que la creó.

Entre La carta de amor a Tutankamen y Poemas sin nombre, se mece  un sutil hilo de comunicación que sostiene la coherencia de esta mujer signada por la plenitud del vacío*. (Publicado en  el blog La palma de la mano, Cubahora)

 

*En 1987, su patria dulce, de la que nadie pudo llevársela, le otorgó a Dulce María Loynaz el Premio Nacional de Literatura. Y España, la patria que le dio la lengua de su palabra doblegada, le entregó  el Premio Cervantes de 1992, símbolos máximos del recuerdo y la presencia.

27/05/2012 20:44 Luis Sexto #. Literatura



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