Facebook Twitter Google +1     Admin

EL DEMONIO VENCIDO POR EL AMOR

20120404215130-angeles-y-demonios.jpg

Por RICARDO RONQUILLO BELLO*

Hay quienes padecen la anomalía congénita del «mal de cálculo». Así le ocurrió a quienes aspiraban a desatar los demonios en vez del amor y la caridad que inspiraban la visita a Cuba del Papa Benedicto XVI.

Olvidaron que en la isla revolucionaria que visitó el Santo Padre hay cada vez señales más fehacientes de que pueden convivir el amor a dios y a la justicia social, sentimientos que a veces parecieron irreconciliables.

No ha sido una prueba sencilla. No lo fue, ni lo será en medio de ningún cambio social profundo, pero una Revolución cubana en mayor madurez, y en circunstancias históricas que ya no son aquellas de los cismas fundacionales, ha aprendido a superar gradualmente el dogma de que las religiones son el opio de los pueblos, uno de los más graves estigmas que separaron históricamente a marxistas y creyentes.

Tampoco la iglesia católica cubana actual es aquella en la que se hacían inconciliables la fe cristiana con los más avanzados ideales sociopolíticos de la modernidad.

En los documentos del Primer Encuentro Eclesial Cubano, un acontecimiento singular en la historia del catolicismo en Cuba celebrado en 1986, que siguió a otros muy renovadores de la vida de la iglesia en el continente, se reconocía que: «a raíz de los momentos de enfrentamiento entre Iglesia y Estado de los años 1961 y 1962, algunos cristianos adoptaron, para conservar su identidad, un estilo cerrado y defensivo a modo de “exilio interior”. Este modo de vida, muchas veces sin compromiso con la sociedad, creó la opinión de que la Iglesia era desafecta a la Revolución».

Ya desde ese momento se hacía un acento en superar las diferencias y avanzar en el camino del respeto y el entendimiento. En los documentos de aquel Encuentro Eclesial se recogió que «la Iglesia en Cuba, en la persona de sus obispos, sacerdotes, consagrados y laicos más comprometidos, ha tratado de encontrar los caminos que lleven a una situación de diálogo entre católicos y marxistas.

«Para esto la Iglesia, en su predicación y orientaciones pastorales, ha insistido en el papel del cristiano en la sociedad, exhortando a los creyentes a dar lo mejor de sí mismos en bien de la colectividad, queriendo así servir mejor a la sociedad y propiciar un diálogo constructivo». En definitiva, ya desde ese instante se abría de ambas partes una aptitud verdaderamente ecuménica, fehacientemente demostrada en los resultados de la visita del Sumo Pontífice al país.

Lo cierto es que los cubanos, con independencia de sus raíces y creencias, estamos interesados cada vez más en conocer los nexos principales de la milenaria historia universal, y en promover una cultura sin esquemas ni doctrinas ideologizantes, como ha reconocido el luchador de la Generación del Centenario del Natalicio del Apóstol en Cuba, Armando Hart.

Para el actual director de la Oficina del Programa Martiano del Consejo de Estado, esa es la cultura que necesita el mundo para librarnos de la estrechez de conceptos generados por una civilización cargada de materialismo vulgar, y tan necesitada del acento utópico de los pueblos de raíz latina.

En su cálida y respetuosa despedida al Papa, Raúl resaltó que Cuba ha tenido como su principal objetivo la dignidad plena del ser humano, algo que, dijo, somos conscientes no se construye solo sobre bases materiales, sino también sobre valores espirituales.

Curiosamente, en los fundamentos de los católicos cubanos, como en los de la Revolución que triunfó en enero de 1959, hay una opción preferencial por los pobres. Esta última proclamó el 16 de abril de 1961 que la nuestra era una revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes.

En el mencionado encuentro eclesial se postuló que la Iglesia Católica cubana compartía la opción preferencial por los pobres proclamada en Puebla: «La Iglesia quiere ayudarlos a tomar conciencia de su propia dignidad y a conseguir su desarrollo integral».

Mientras concluía la visita a Cuba de su Santidad Benedicto XVI recordaba a Cintio Vitier, el destacado intelectual y apasionado martiano que sufrió entre nosotros su propio «calvario» de incomprensiones como consecuencia los prejuicios religiosos.

Al enterrar a Cintio no pocos cubanos sentimos que en nuestra tierra no penetraba un cadáver, más bien reverdecía una raíz, una estremecedora conexión, un hilo misterioso entre los hombres y las épocas que le dieron a esta isla su entraña sentimental, y la elevaron a su condición espiritual: de gallarda, noble y soñadora, levantada a la emancipación y al decoro. Con su cuerpo sembramos una columna, de las tantas sobre las que deberá seguir irguiéndose el altar moral de Cuba de entre cualquier desgarradura.

Al intelectual y hombre completo que se fue al definitivo reposo nada alcanzó para envenenarlo, sino para ennoblecerlo y agigantarlo. Supo darle perdón a lo que lo merecía. Asumió que el bien de la patria está siempre por delante de todo, incluso la fortuna material y la vida. Su gesto, como el de otros tantos, honra la frase del escritor francés Conde de Rivarol: «Cada dogma tiene su día, los ideales son eternos».

*Periodista cubano.

04/04/2012 16:41 Luis Sexto #. Política



Powered by Blogia

Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris