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Y EL GOBIERNO QUEDÓ EN PIE

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Luis Sexto

Últimas impresiones sobre la visita papal

Vino, habló y ganó el respeto de los cubanos. No de todos.  Porque si algunos esperaban que Benedicto XVI tumbara al gobierno revolucionario, con una arenga, una oración o un soplo, han de sentir, además de frustración, una especie de rencor hacia el Sumo Pontífice de la Iglesia Católica.  De esos absurdos, intrigas, fantasías y carencias de realismo está compuesta la mentalidad de muchos de cuantos  pelean pretendiendo que un golpe de suerte, les haga el trabajo de derrocar eso que, en una reducción de la historia y las circunstancias, llaman castrismo.  Si hubieran sido enemigos de los romanos, en época de Cristo, habrían pretendido que Jesús les destruyera el imperio. 

O posiblemente no quieran derrocar al gobierno cubano, porque  a fin de cuentas, se acaba el negocio.  No invento. Mi amigo y ex profesor  Jorge Dubreuil, hace años  confundido entre  mercaderes de la política hasta que se dio cuenta y se reconcilió con la Cuba de hoy, no con la de su pasado, me contó que entonces Frank Calzon, la esfinge de la “casa de la libertad”,  le dijo: El asunto no es tumbar a Fidel Castro… Y cuál es entonces el propósito de nuestras reuniones y discursos, preguntó Dubreuil. Pues… eso: reunirnos, hablar y recibir el dinero.

Días después de la partida del Papa, uno se percata que a pesar de que  pretendan tergiversar sus palabras y gestos, quedan dos verdades muy claras. La primera, vino a Cuba como jefe de un Estado, aunque muchos -dentro y fuera de Cuba- no lo entiendan y requieran por lo tanto de estudiar historia si se creen aptos para hablar de política. Segunda, llego a Cuba como cabeza visible de la Iglesia Católica Romana, para realizar una visita pastoral, es decir, reunirse y orar con los fieles, obispos y sacerdotes en Cuba. Para ellos habló en primer término. Por ello, sus homilías se ciñeron a una intención religiosa o ético religiosa, y no me parece que el Sumo Pontífice haya echado mano de “indirectas” o alusiones que en su caso específico habrían lastimado la moral cristiana que invocó en cada una de sus alocuciones.

Ahora bien, ciertos adeptos de la derecha se disgustaron  con el Papa por la condena al bloqueo de los Estados Unidos contra el archipiélago cubano, y ciertos adictos al izquierdismo le critican a Benedicto XVI su referencia -durante el viaje a México-  a la incapacidad de la filosofía de Marx para responder a las necesidades  del mundo actual en la forma en que se aplicó. Pero, como le pedí comentar a un lector en este blog,  el papa no ha dicho nada del otro mundo. Además es su opinión, y no una opinión ex catedra, es decir, como jefe de la Iglesia, sino como hombre de pensamiento. Podría, incluso estar equivocado. Pero los revolucionarios inteligentes y abiertos saben que una oblicua  interpretación de Marx  fracasó con el socialismo real. El propio Marx, de haber oído al Papa, hubiera dicho que tendría razón, porque en vez de utilizar el análisis marxista del capitalismo y del paso al socialismo como una guía, adecuada a las circunstancias y al desarrollo de las fuerzas productivas, lo usaron como dogma. Y los dogmas sociales, no los religiosos, corren el riesgo de desarticularse en la práctica. Ahora bien, lo que sí no ha fracasado es la aspiración a un mundo justo, en paz, a un socialismo nuevo. Y una creadora interpretación de Marx, coadyuvaría a materializarlo,  como también podrá coadyuvar el cristianismo original. He de repetir que si en lo religioso, el dogma es imprescindible para mantener íntegra la doctrina de la fe, en la filosofía, particularmente en la filosofía política y en la sociología, el dogma tiende a destruir la base epistemológica de las ideas.  

En fin, se especula. Se especula de un lado y otro, tanto los frustrados por que los días del Papa en Cuba encontraron desenlaces no deseados,  como los inconformes porque el anticlericalismo o el ateísmo sostenidos como piedra miliar de la militancia política, no aceptan relaciones con iglesias o religiones. Para los primeros, “el castrismo” intenta convertir en su aliada a la Iglesia Católica cubana en detrimento del resto de confesiones y creencias.  La racionalidad, a mi parecer,  demanda que una relación fluida, un espíritu de colaboración nacional con la Iglesia Católica, exigirá también el mismo respeto y la misma colaboración  en unidad con el resto de denominaciones y creencias y, sobre todo, creyentes.

Ahora bien, el Papa de los católicos posee, como ya advertí, un valor más universal. No solo por ser el catolicismo la religión predominante en Occidente, sino por su antigüedad, una antigüedad que desde comienzos de nuestra era –la era cristiana- acompaña la historia humana, con todos los yerros que, quienes introducen los dedos en las llagas, hayan utilizado  para invalidar la visita papal; incluso, magnificando la filiación  a las juventudes hitlerianas  del joven Ratzinger, pegando la etiqueta sin más datos circunstanciales, y soslayando la realidad histórica de Alemania en la década de 1930.  Fijémonos en la inconsecuencia de ese  proceder en esta analogía.  Pobres de los exmilitantes  de la Juventud Comunista de Cuba y del Partido Comunista Cubano, y de los que, de niños, fueron pioneros y vivan hoy en los Estados Unidos; en cualquier momento les cae una razzia  sobre su pasado para anularlos como ciudadanos integrados a la sociedad norteamericana.  Claro, el término  de “natzinger”  aplicado al Sumo Pontífice es un despropósito que procede de una izquierda que, por su incapacidad de evolucionar evaluando objetiva y justamente a las personas y las circunstancias, jamás podrá tomar el poder en el país donde se asiente. Y si lo toma, enseguida lo pierde: no puede doblarse  para distinguir táctica y estrategia, lo posible de lo imposible, lo útil hoy y lo útil mañana… La rigidez es el germen de la autodestrucción de la cualquier izquierda.  Lo he dicho antes: el dogmatismo.

Cuba, esto es, el socialismo en Cuba, necesita contar  con todos los cubanos y con todas las instituciones. Múltiples son las conquistas por defender. Una de las primeras es la independencia y con la independencia, la unidad de la nación, que no pertenece solo a los revolucionarios, y mucho menos a los ateos. Pertenece a una sociedad que incluya a todos los cubanos, en una diversidad que persiga las causas  nutridas con la obra y la sangre de generaciones anteriores, comenzando entre las primeras, con Aponte y su audaz conspiración independentista, y siguiendo con el Padre Félix Varela y Martí, hasta hoy. El socialismo, pues,  ha de tender a la unidad, y ninguna ley la ha prohibido. Y por ello, a mi modo de ver, van contra la patria las acciones o propuestas que intenten  dividirnos  por la creencia, el color de la piel, el sexo, y  otras diferencias normales  en cualquier sociedad humana.

Los que guerrean contra el socialismo en Cuba, nos ofrecen el primer pivote para la división: llaman castrista al gobierno cubano. Cualquier juicio con mayoría de edad intelectual y ética, no podrá negar el papel de los actos y las ideas Fidel y Raúl Castro en nuestra historia. Pero los del otro lado del estrecho de La Florida o del Atlántico, soslayan que la revolución cubana ha sido un movimiento nacional masivo. A mí, en lo personal, no me disgusta que me califiquen de castrista, si serlo implica tratar, entre  agresiones, bloqueos  y errores propios, de levantar una sociedad justa donde el cubano no se sienta extraño e inseguro  en su tierra. Pero no me pidan que les reconozca  el derecho a cualesquiera de mis compatriotas a  volver al capitalismo, bajo la égida geopolítica de los Estados Unidos.  Al menos, no en esta situación en que   las administraciones norteamericanas se relevan para destruir lo que la revolución edificó y ellas han limitado con el viejísimo recurso de la guerra económica.  Ya conocemos esa tela y el traje que resulta de ella  es la dependencia.

Por otra parte, en ese campo ilimitado para lo cuerdo, lo recto, y también para lo irresponsable nombrado Internet,  aparecen acusaciones y críticas desde una izquierda que parece ser zurda, y acusan paradójicamente al gobierno cubano, a ese que tanto limitan, insultan y combaten desde el extranjero, de llevar a Cuba al capitalismo.  Venga a ver, Mío Cid, quién les entiende ese marxismo doctrinario y libresco al que Benedicto XVI –hombre de pensamiento teológico y filosófico- dijo que así, en esa forma no responde  a la actualidad…  Aceptemos el consejo. Antes, sin embargo, habrá que renunciar al absolutismo que a va veces nos obliga a quedar ciegos para que otro sea tuerto.

 

 

 

01/04/2012 20:30 Luis Sexto #. Política



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