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RE(IN)FLEXIONES

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 LUIS SEXTO 

Estudiantes de periodismo de Camagüey me pidieron estas líneas para hoy, 14 de marzo, día de la prensa en Cuba. Se las envié como si arrojara una botella con un mensaje al mar de nuestras costas

 Quizás deba modificar un antiguo refrán: más sirve el periodista  por viejo que por graduado. Y me parece que cuando hace exactamente 40 años comencé mi carrera, o mi corre-corre, de periodista pretendí ser, siendo joven, un viejo en la prudencia y la habilidad. Desde temprano aprendí con Martí que en el periodismo la pasión descarnada y la imposición no son nunca bien acogidas. Por ello, los que alguna vez subieron el Calvario en mis clases de la Facultad de Comunicación en La Habana, tuvieron que conocer, al menos, lo que se nombra estilo apagado en el ejercicio de la opinión, o en la búsqueda de la información. Estilo apagado que no significa apocamiento, sino un modo de expresarse desde la duda, la posibilidad, para que las actitudes omnímodas, imponentes, absolutas sean anuladas mediante una “adverbialización” discreta: quizás, posiblemente,  a mi parecer, etcétera, modalizadores que nos protegen de tener la razón. No siempre es conveniente tener la razón; es recomendable dudar de que la tengamos, aunque la tengamos.

El periodismo cubano pasa hoy por su peor momento. También Cuba transita por su peor época, una época que podría, como se ha dicho, ser el sepulcro de la revolución. Por ello, aunque de una manera u otra, hubo tutelaje, el del presente no tiene ninguna referencia comparable. Los que controlan la prensa y la controlan exógenamente, tienen de la prensa un concepto desmesurado en el peor de los sentidos. La experiencia soviética con Gorbachov, que liberó a la prensa, entonces no tan amarrada en la Unión Soviética, ha hecho pensar que los periódicos "tumbaron" el socialismo. Claro, esa percepción es un equívoco. Y le asignan a la prensa un poder que no tiene, pero les sirve para regularla desde fuera. Cualquier periodista avezado en la teoría ha de saber que la prensa, aunque sirva a una causa o a unos intereses políticos o económicos, debe ser regulada desde dentro, por los mismos que la hacen. Entonces sí podríamos cumplir nuestro papel. Ahora, siendo regulados exógenamente, pues lo único que hemos conseguido es que nuestra credibilidad esté en entredicho.

Todo ello ustedes lo saben y lo sufren. Ahora bien, cómo he podido yo,  me preguntan, cómo he podido yo decir, tal vez, lo que otros no han dicho. Cuando yo comencé, la situación no era la misma de hoy. Y empecé asumiendo mi papel, mi vocación, que nació a prueba de desengaños y obstáculos, tratando de escribir cómo mis maestros, vivos y muertos, me habían enseñado. Recuerdo que una de mis primeras batallas fue el uso de la primera persona en los artículos, reportajes y crónicas. En aquella época, principios del 70, el yo estaba proscrito. Todos hablábamos en nos, porque el individuo se perdía en la masa sin nombre. Yo, con modestia, sin ánimo retador, empecé a opinar en yo, a decir “me parece”, “vi”, “anduve”, etcétera, en los géneros que lo soportaban. Insistí, probé, soporté críticas, incluso injurias y menosprecios, sobre todo la estólida acusación de vanidoso. Pero, con el tiempo, me respetaron, porque el uso de la primera persona estaba inserta en un estilo cuidadoso, tan construido que a veces, y le suele pasar a los aprendices, se amaneraba. (Claro, luego fui raspando esas flores un tanto difíciles). Ese fue mi primer gran pecado, pero también me ayudaba a que me respetaran, porque, al menos, Sexto hablaba en primera persona, pero “lo sabe hacer”, llegaron a decir.

El asunto, por supuesto, es saber hacerlo. Demostrar que en lo que uno escribe se puede confiar. Y por ello, a medida que acumulaba experiencias, me percataba de que el equilibrio,  en el uso del lenguaje, en el uso del estilo, de la metáfora, de la gradación del interés periodístico mediante la forma, el equilibrio, repito, es la palabra más hermosa y útil de la lengua. Por tanto, cuando se hizo pertinente empezar a cuestionar errores, malos procedimientos, estupideces, intenté hacerlo mediante la mezcla: nada es absolutamente malo, nada es absolutamente bueno; hay parte y parte. Y esas partes y partes tenía que considerarlas, combinarlas para ser objetivamente justo. Pero, por otra parte, procuraba que cuando yo escribiera, por duro que fueran mis juicios, nadie pudiera dudar de qué lado yo estaba. Es decir, Martí dice que el periódico debe salir cada mañana a quitar caretas, pero uno debe dejar muy claro, al menos implícitamente, en los términos elegidos en la operación del estilo, con qué fin salgo a tumbar caretas, es decir a descubrir farsantes. ¿A destruir o a construir? La respuesta no ha de vacilar: siempre a favor del signo más constructivo.

Por otro lado, nadie puede pretender empezar a escribir y ser enseguida acatado y respetado. Es una lucha constante y larga. Y por supuesto, tiene que ver con la personalidad del periodista. Pensemos que, cuando digo personalidad, no me refiero a ser un García Márquez, sino un profesional consciente de sus debilidades, pero servidor tenaz de su vocación y su papel.

Eso hice. No creo, en verdad, que haya conseguido mucho. Pero algunos lo creen y me han premiado y me respetan y a veces, creo, consideran lo que escribo. He logrado cosas que me enorgullecen. Cuando en este país todo el mundo era bueno, y todos los escritores genios y todos los libros geniales, empecé en Trabajadores a hacer crítica, digamos crítica literaria. Y si estimulé, y elogié libros buenos, también taché libros que no consideré dignos de sus autores, autores destacados como Cofiño o Chavarría,, y de jóvenes petulantes. Aquellos años de inicios del 80 fueron duros, me busqué muchos líos, me granjee amenazas, cartas al director emborranadas de insultos  contra mí . También tuve el placer enorme de escribir el primer artículo, en 1984, contra la célebre encuesta de la popularidad de la revista Opina. Permítanme, entre paréntesis, contar este detalle: lo escribí la noche del día en que enterré a mi padre. Y ahí, en ese momento, comprendí que el periodista es como el artista: ha de salir al escenario, aunque el corazón lo tenga estrujado. Y yo debía cumplir mi tarea.

Ustedes no lo pueden recordar. Quizás aún estaban pensando si nacían o se quedaban en la nebulosa de Andrómeda. Pero cuando aquel artículo apareció en la página cultural de Trabajadores con el título de "No son todos los que están, ni están todos los que son", el mundo pareció venirse abajo, porque yo acusaba de fraudulenta a la encuesta. Y tenía pruebas, pruebas que guardé, aunque le dieron base a mis imputaciones y argumentos. Bueno, de mí se dijo todo, incluso que estaba preso. Y alguno me amenazó por carta y le respondí que eligiera las armas y la esquina donde dirimiríamos el problema. Aún lo espero. Porque es preferible que  se diga que aquí murió un periodista a que la tarja exprese que aquí corrió un periodista.

 Pero cuánta repercusión popular, cuánta carta y telegrama sirvieron para comprender que no me había equivocado. Por otra parte, cuando me echaron el Partido encima, el Partido me protegió, porque yo había hecho, sin preguntarles, lo que ellos esperaban que alguna vez alguien hiciera. Claro, otra época y otros hombres. Ese fue el principio del fin de la encuesta de Opina. Luego vinieron los demás medios a seguir la tarea por mí convocada.

En fin, la vida de un periodista que no quiera languidecer en una redacción, es la de perseguir una estrella. Habrá, por momentos, caídas, rechazos; pero ha de acompañarnos  el tiempo y el mejoramiento continuo, y el equilibrio y la claridad de las ideas como para no batear de “fao” una bola mala. Y sobre todo hay que hacer saber que uno tiene criterio y lo que no pasa por mi razón, no puede pasar a mis textos, porque entonces el lector sabría que lo engaño. No podemos  escribir contra el hábito de fumar, con un cigarrillo en los labios: el lector huele el humo y la falsedad. Por lo tanto, queridos amigos, en quienes me veo reflejado, el periodista honrado, ético, equilibrado, sabio en la vida y la técnica y la cultura de su oficio, será siempre respetado. Nadie se equivocará al elegirnos para repetir, porque sabrán que uno no ha sido de los que repiten, sino de los que crean y creen en su papel.

Todo, pues, todo lo que podamos hacer dependerá, en medida primordial de nuestras convicciones y de nuestra dedicación profesional. Y sobre todo de nuestra ética: Líbrenos la Patria  de ir a los organismos a pedir gasolina, o ropa, o privilegios. Caer en esa debilidad supone nuestra muerte como periodistas. Hoy tengo casa, pero hubo mucho tiempo en que no la tuve, y si la tengo hoy es porque la heredé de mi padre. Claro, uno no puede pedir a los demás lo que uno ha sido capaz de hacer; ese es el secreto del buen gobierno y de las relaciones humanas. Pero la ética y el equilibro, la sinceridad y la honradez son nuestras murallas. ¿Qué dijo Martí? Lo sabemos: No hay monarca como un periodista honrado. Y con esa fuerza tendrán que aceptar, cuantos dudan o  niegan, que los periodistas tenemos una misión  que cumplir en la sociedad del socialismo y la revolución.

 




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