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HOJA DE RUTA

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Luis Sexto

Kant impartió lecciones de geografía. Quiso interpretar el mundo. Y dicen que  nunca viajó fuera de la ciudad de Koenisberg. ¿Será por ello que los textos de su filosofía son tan abstrusos? Este ejemplo extremo presupone viejas preguntas: ¿Viajar? ¿Para qué?

Unos, entre quienes pueden, lo hacen por negocios, la profesión o urgencias familiares. Pero los más suben a un ómnibus, un tren, un barco o un avión con el propósito de conocer,  acumular  la experiencia que ofrece la dilatada diversidad del globo. Llamémosle turismo, vacaciones, ocio, pero el fin de la travesía será siempre el mismo: acumular visiones que ensanchen los omóplatos del espíritu.

De acuerdo con los venecianos del Quattrocento -navegantes, viajeros empecinados-  vivir no es tan necesario como viajar. Pero yo he viajado para trabajar. Empecé recorriendo a Cuba. Admito que después de cuarenta años no soy el mismo del principio. Y sin esa bitácora tan emborronada de paisajes y gente de Cuba, quizás fuera distinto del que soy. Porque si es cierto que uno se define en particular según su familia, sus maestros y los libros que lee, también uno va conformándose en los troqueles de sus viajes. Espontáneamente, la estrategia de mi recorrido fue opuesta al sentido de las invasiones de las guerras revolucionarias. De Oriente hacia Occidente arrollaron a su turno mambises y barbudos. Yo, al revés, comencé a trabajar en Artemisa, entonces en la jurisdicción de Pinar del Río. Y más tarde avancé hacia una oficina en la capital. De ahí a Perico, en Matanzas. Y tras 15 días en Chaparra y Delicias, Oriente, viré a Sancti Spíritus, en Las Villas; luego ascendí a Amancio Rodríguez, inserto todavía en Camagüey. Y más tarde a la ciudad de Matanzas, en un justo regreso a Occidente que le debo  a Enrique Oltuski.

En esos años –cinco en total- ejercía de agrimensor, unas veces en los cañaverales y otras en los ferrocarriles de los ingenios. Después sobrevendrán los tiempos del periodismo, cuyo aprendizaje cursé escalando la sierra de Guamuhaya y la Maestra, o la del Rosario, y sombreándome en los bosques de la ciénaga de Zapata y la península de Guanahacabibes, y navegando en pesqueros de algún puerto. Vivencias, contacto sustancial con el que adquirí el definitivo color cubano: en ningún sitio del archipiélago experimenté añoranza, ni inadaptabilidad. Cuba, la mía, era cualquier foco donde mi conciencia se iluminara con el esplendor optimista de la vida, ya fuese en un barracón de ingenio, o en la meseta de cocina que alguna vez utilicé como lecho.

Inútil resultará el apremio para enumerar los recuerdos que no espanto con las palmadas de la desmemoria.  No parece creíble: a nada, ni a nadie, he olvidado. Tal vez se escabulla un episodio, un rostro. Pero estoy anudado y relleno con esos viajes, esas temporadas de trabajador eventual, de migrante inconcluso. Y por ciertos lugares la nostalgia ronronea su predilección. Aún me figuro sentado  en el parque del central Amancio Rodríguez. Solo, de frente al sol que se diluía en la tinta roja del atardecer. Con un libro  y la esperanza de volver a ver a una muchacha, esperaba  allí la hora de la comida en el hotel que administraba el paciente Arístides. Luego la sobremesa en la esquina del correos o en la oficina de Formell, hablando de Julián del Casal o Tomás Mann con aquel grupo en el que sobresalía el ingeniero Rafael Camblor, de quien volví a saber cuando un periodista lo mencionó al escribir sobre la construcción, 40 ó 45 años antes, de la terminal marítima de Guayabal. Era -¿o es?- sensible, afilado, culto. Y tanto que me pidió -previamente a uno de mis viajes a la casa familiar- las poesías del modernista Casal. Y recuerdo haberle dedicado el tomo con estas palabras, entresacados de uno de los cromos renovadores del misógino y pesimista poeta, y con lo cual yo pretendía justificar el gusto de Camblor, aparentemente extemporáneo: “Casal aún se desangra como Petronio en su bañera de alabastro”.

En el medio, los viajes de trabajo al extranjero sedimentaron mi experiencia periodística. Completaron visiones previas de mi cultura. Dos meses en La Paz me concedieron el capricho de  palpar, sentir la nieve. Estábamos cerca de los picachos andinos, que en sus espacios sin hielo mostraban manchas de piedra gris, reseca, tan antigua como huesos prehistóricos o una página inicial del Génesis. El altiplano, otro día, me reveló una imagen concreta de la desolación en aquella choza de adobe aplastada como si fuese un bolo de coca contra el pasto. Aún la recuerdo alejándose tal un grito aterido en la frialdad del cielo, tan cercano. Al final del viaje, próximo a la frontera con el Perú,  el Titicaca, nombre mágico de nuestra niñez escolar, cuyas aguas un día imposible ganaron la certeza de su grandeza y de mi pequeñez marinera.  Antes, en  fecha que no apunté, había recorrido durante seis horas uno de los caminos más recomendables para un suicidio con apariencias accidentales. Partimos de la afueras, de los bordes de la hoya donde se arracima la capital a 3, 600 metros de altura no sin antes un chamán invocar a la Pachamama para que  protegiera nuestra buena suerte. En ese instante, me pregunté en qué aventura me enrolaba si era preciso pedir a la Madre Tierra su favor. Y colgado de los Andes entre jorobas y estrechez, la ruta pasó del frío gélido al calor diurético mostrándonos abajo los hierros arracimados de cuantos nunca  llegaron.

A la vuelta desde Caranavi  -de cuyo municipio Omar George, Ariel Terrero y yo somos hijos adoptivos, tal vez por el acto heroico de llegar hasta allí, a  los Yungas,  concurrencia del verdor- pregunté si la vuelta era menos inquietante o tan crucial como la bajada, y respondieron con cierta sonrisa sádica, como regodeándose en el dato: Para subir, hermano, hace falta, sobre todo, que la Pachamama no nos olvide…

Ahora me detengo en las cataratas del Niágara, esa referencia que los estudiantes del Caribe –donde nada asombra- oyen entre nebulosas, como si las aguas se despeñaran en su mente y les llenara la cabeza de partículas de agua, casi parecidas al humo. Para un cubano, el Niágara no integra solo un icono geográfico, sino un santuario histórico. Acodado al muro desde donde el salto mortal del río  publica su grandeza, José María Heredia se estremeció con los primigenios versos de su Oda. Allí recordé, como el poeta, las palmas distantes y calculé la fugacidad del tiempo  al mirar abajo el vértigo pasajero de las aguas.

Viajé al extranjero más de  quince veces. Pero ya había cumplido en lo esencial la imperativa sugerencia de aquella cápsula publicitaria que, aderezada con una música guarachera, rítmica, descoyuntante, recomendaba conocer “a Cuba primero y al extranjero después”.  Y en el extranjero jamás pude estar en sosiego luego de pasados los primeros quince días. Muchos  de mis compatriotas sufren o gozan de esta dolencia que te obliga a mirar hacia dentro, como el hábito guajiro, común en mi infancia, de esconderse detrás de la puerta  al llegar una visita o para recitar unas estrofas del “Carretero y el eco” en un aula multígrada.

No he de desmentir, por tanto, que las temporadas o peregrinaciones interiores plantaron la raíz de mis letras. Y qué bueno, como escribió mi amigo el escritor gallego Xosé Neira Vilas, es tener la raíz en alguna parte. Él mismo, viviendo en Buenos Aires o en La Habana, escribía de sus años y sus cosas en Galicia. Y también yo recurro, como en  un vicio, a aquellos viajes  por Cuba, hoy en mi memoria como  itinerario principal de la nostalgia.

 

 

 

 

 

20/02/2012 18:35 Luis Sexto #. Crónicas



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