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EL PAISAJE EN BLANCO

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Por Luis Sexto

El coche a oscuras y una luna abierta en toda su facultad de clarear la modorra de la tierra, me invitaban a mirar la sucesión de palmas aglomeradas en su tendencia al enjambre, de ceibas erguidas como siluetas misteriosas… Bruscamente, irrumpía el punto de luz de un bohío dejado atrás con la misma velocidad de su parpadeo, y seguía más adelante el topográfico discurrir del paisaje matizado por caseríos, puentes de hierro, cañaverales cubiertos por la trigueña floración de la madurez,  y potreros que se expandían como una postal difuminada en el viento.

A la poesía le agradezco haber sucumbido a la atracción del paisaje y de los trenes. ¿O será al revés? ¿Acaso empecé a leer versos por que me extasiaban las visiones globales del campo, y también por ello, viajar en tren ha supuesto para mí un episodio placentero? Desconozco si es un capricho o una neurosis de mi sensibilidad. Pero me parece que desde las ventanillas de ferrocarril, puedo rastrear el entorno natural con mirada interior, como en una travesía subterránea,  intracraneal. La carretera, en cambio, autoriza solo un contacto somero, bordeado, como de perfil. A distancia.

La poesía y la naturaleza se tratan desde los orígenes del canto y la imagen. La primacía en esa relación es más prontamente discernible que la del huevo o la gallina, el coco y su agua. El paisaje fue primero. Y ante él, o en disputa con él, brotó el poema. O el conjuro, pues la poesía empezó siendo un ritual con el que los poetas primitivos desmienten, ante la boca abierta de la actualidad, que el surrealismo –magnificada hazaña del lenguaje- no es una conquista, invento, hallazgo europeo del siglo XX, sino la prolongación de un antiquísimo descubrimiento tropológico. El colombiano Jorge Zalamea, en La poesía ignorada y olvidada  -uno de los premios buenos para siempre de la Casa de las Américas- cita al pigmeo africano cazador de elefantes: “La vianda que está ante ti, el trozo enorme de vianda/ que anda como una colina.” Y al esquimal que dicta contra la muerte: “Veo acercarse los perros blancos de la aurora. / Atrás, atrás: si no queréis que os unza a mi trineo.” 

Después, demás está citarlo, apareció Horacio con su Beatus ille, que traducido asegura que es feliz quien huye de la ciudad, y se muda al campo para cultivar la tierra alejado de ambiciones, guerras, intrigas callejeras. En España, Fray Luis de León retorna al idilio  horaciano, y escribe sus estrofas que, por leídas y recitadas, sus versos iniciales redondean casi un refrán: “Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido...”

El paisaje físico de Cuba sedujo, en el siglo XIX,  a la mayoría de los viajeros extranjeros. No resistieron la esencia edénica de la naturaleza insular, plástica e inofensiva.  Heinrich Schliemann, el arqueólogo alemán que extrajo del polvo y la leyenda a la ciudad de Troya, confirmando de ese modo el carácter histórico  de la poesía épica de Homero, visitó a Cuba cuatro veces. En  una página de su diario de viaje apuntó la impresión de “hechizo y encanto” del paisaje. Y precisó: “No hay monotonía en ningún lado.”  Otros nombres: la poetisa norteamericana María Gowen Brooks, la sueca Fredrika Bremer,  los norteamericanos Abbiel Abbot y John G. Wurdeman…  Casi infinitas, por numerosas, son estas Impresiones que aparecen en unos 600 libros de viajeros que hablaron total o parcialmente sobre  el archipiélago cubano.

Antes que los pintores, los poetas fueron los primeros que repararon en la singularidad del paisaje de Cuba. Repito, con gusto, a Cintio Vitier y su libro Lo cubano en la poesía. Desde Espejo de paciencia, en 1605, los versos ayudaron al criollo a ganar conciencia autónoma con respecto de España: están en el lecho de nuestra independencia política. Al levantar la vista, el viajero redescubre que el paisaje aún existe, aunque la poesía actual ya no lo nombre explícitamente como aquellos versos de los siglos XVIII y XIX, en que las visiones naturales simbolizaban el embrionario sentimiento de la cubanía. Y existen, en particular, las palmas. Las palmas, el detalle más frecuente y sintetizador de la poética criolla y luego cubana. Árboles recurrentes que en la llanura o las laderas semejan sílfides guajiras con sus melenas echadas al viento en un vapuleo de aquelarre, de sainete mágico,  bajo el cielo purísimo que la nostalgia de José María Heredia vislumbró desde las cataratas del Niágara.  Palma,  “vegetal arquitectura”, según Ángel Gaztelu, y  palma que en voz de Gastón Baquero “detiene humildemente el cielo”.

Más de 80 especies de palmas endémicas proliferan en los campos de Cuba, pero ninguna destaca por su abundancia y esplendor como la palma real, la Roystonea regia de los botánicos. Regia, porque, altiva tal un monarca, solo el rayo puede alcanzarla cuando su tronco de palillo de dientes se dispara hacia arriba hasta 20 ó 30 metros. Y si el hombre llega a tocarle las hojas -tan largas como las aspas de los molinos del Quijote- para empenachar un bohío, o para cortar el palmiche o desenrollar la yagua, es a costa del riesgo de quien se transforma en un jinete del aire, retador e inerme.

Tanto dato elemental no pretende componer una versión comprimida de Cuba en la mano, el manoseado diccionario. Ha sido solo un desliz vegetalmente erudito. He hablado de poesía. Y sin embargo, a mi parecer lo más sensitivo, lo más entrañable escrito sobre la palma real, no lo concibió un poeta. Al menos, no un poeta en verso, pues los prosistas –tal vez los cronistas- lo son también en sus páginas de líneas llenas, cuando captan las esencias puras de un eco que retumba en el alma, como Alfonso Hernández Catá  al decir que junto a la palma la vida del hombre discurre mansamente. Pero quizás Anselmo Suárez y Romero –pedagogo y novelista del XIX- no haya  sido superado. En algún libro de lectura escolar  leímos primigeniamente  su estampa sobre los palmares. Quizás si hubiera que cifrarle un precursor a la crónica periodística cubana, lo sea Suárez y Romero con este y otros cuadros líricos sobre los valores paisajísticos de Cuba. La primera frase es de por sí antológica en su capacidad de provocar al lector. ”Hay un cosa en mi patria, que nunca me canso de contemplar.” Y antes de nombrarla, niega que sean presencias establecidas como la ceiba, la cañabrava, los naranjos, “nuestro sol, nuestra luna, nuestro cielo”. Y ese nuestro, dígolo de paso, ya entraña una intensidad creciente, un matiz distintivo de la conciencia que se va objetivando emotivamente por donde comenzó a expresarse: en la literatura. “Son los magníficos palmares –precisa- que suspiran perennemente en sus llanos y en sus colinas. No hay árbol más bello que la palma; pero cuando la casualidad ha reunido un grupo de miles de ellas en la cresta de una loma o en un valle pintoresco y apartado, no hay pincel capaz de pintarlas, no hay poeta que pueda cantarlas dignamente en su lira. (…) ¡Escuchando la música de sus pencas, un poco antes de expirar, la muerte no debe ser tan amarga!

Consecuentemente, la poesía, hoy, debería  ayudar a reconciliar a la sociedad con la naturaleza. Pero los poemas que actúen como pipas de la paz no abundan, aunque a veces el lector topa con un libro y unos versos como estos de la matancera Digdora Alonso: “¿Un árbol tuvo que morir/ para que mi brazo se levante?/ ¿Una bandada tuvo que interrumpir su vuelo?/  ¿Caminarán raíces por mis pies?/ ¿Un hombre perdió su corazón/ para que lata el mío?/ ¿De cuántos seres son los átomos que tengo?/ ¿De cuántas muertes estoy viva?”

Halla también el lector estas semillas de concordia en Samuel Feijoo: “Aprende la lección de la yerba, / echa tu hoja. / Ella ignora si aprovechará su trabajo/ y echa su hoja verde. / No se pregunta si vendrá el poeta / a cantarla, / a comer de sus verdes para dar esperanzas. / Si vendrán los amantes/ a reposar  sobre sus palacios. / Echa su hojita verde. / No sabe si la comerá el cordero/ o el diente  de la nieve. / No oye la palabra polvo, / no entiende  la palabra estéril. / Echa su hojita verde.”

El humo blanquecino de la bondad se difumina entre las siluetas que pasan y regresan poco después, mientras el tren  nos devela la arqueada geometría de un caballo o los flecos jacarandosos de las matas de plátanos, choteo vegetal de nuestros campos, que dijera Francisco Ichaso, olvidado ensayista, que alertó hacia los 1930s que los cubanos gustábamos tan poco del paisaje que ni  los escritores, con la salvedad de algunas letras, reparaban en él desde la ventana en blanco de una página.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

17/10/2011 17:42 Luis Sexto #. Crónicas



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