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LECTOR DE POEMAS

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Por Luis Sexto

El  problema de un buen lector sería saber por qué  relee y qué relee. ¿O primeramente habrá que aclarar por qué uno lee esto y no aquello, y relee aquello y no esto? La relectura se desprende de la lectura. Antes, como es obvio, hay que leer. Han dicho, y no recuerdo quiénes, que un narrador o un ensayista recrea a sus antecesores; este comentarista diría que también  prefigura a sus lectores. Un poeta, para ceñirnos al tema anunciado, también lleva en sí la potencialidad de engendrar a los lectores del futuro. 

No es extraño que un poema pierda actualidad, y permanezca solo como una señal pétrea  del paso de su autor por la historiografía literaria. Y por ello la pregunta que ahora vendría a completar las intenciones de esos lugares comunes sería esta.: ¿Tendrá relación el año de nacimiento del poeta con la perdurabilidad de un poema?

El poeta escribe en un tiempo: su tiempo, en que adquirió las ideas definitivas, las influencias decisivas. Pero parte de los lectores posibles leen en el mismo tiempo, y también los potenciales lectores del futuro cambian con respeto a sus antecesores. Y vendríamos a admitir, pues, que el poema pierde vigencia en cada generación entrante: se va con las salientes. ¿Será verdad esta presunción, este análisis fundado sobre las cronologías?

Tal vez la respuesta más pronta sea sí, puesto que el poema, sus conceptos, sus imágenes, y el gusto que las prefiere, cambian con los tiempos.  Una rectificación  habría que hacer, sin embargo: no es la poesía la  que cambia sino la forma. Lo poesía, ese misterio que pocos se han atrevido a develar afrontando el riesgo de maltratarlo, es algo distinto a la forma, como los brazos, los pies, la cabeza no es el ser; uno se siente distinto, aparte de su cuerpo, y si falta un miembro, el hombre o la mujer  continúan percibiéndose enteros desde dentro.

Mi experiencia casi rechaza toda la poesía de la época en que vivo. Y empleo el término poesía  en su textura formal, no en su tejido interno, y el de época como actualidad. No muchos de los que cuentan mi edad me colman. Y menos aun, muchos de los poetas a los que les doblo la edad. Porque esta meditación ya ha de reconocer que en qué lugar, en que estado, en que conciencia la poesía modifica su esencia. ¿Será cierto que hay muchas poesías, es decir, numerosas y cambiantes esencias poéticas? ¿O tendremos que averiguar si lo que leemos hoy o leímos ayer es poesía, esa sustancia que, sin precisarse, todavía resuena en el  ya viejo discurso del Abate Bremond en la Academia Francesa cuando preguntaba “qué cosa es al fin la poesía”?  Manuel del Cabral quizás haya acertado cuando a esa universal pregunta respondió que era “un agua pura, tan limpia/ que da trabajo mirarla”. Y que Eluard calificó de “la mejor definición de poesía”que había conocido.

Me parece que aún no hemos dado con la definición absoluta, puesto que la factura poética también se extravía cuando la  responsabilidad del poeta  se enruta hacia una aventura de experimentación. Y si empezamos hablando de relecturas, uno de los libros que releo es Los conjurados, de Borges. A mi sentir, nos envuelve en la atmósfera de lo último, lo definitivo, pues lo publicó en 1985, un año antes de fallecer. Y tanto en la dedicatoria y el prólogo, como en varios de esos poemas que oscilan en la diversidad formal, el polémico autor de La Historia universal de la infamia dejó, como una especie de última voluntad literaria, de sabiduría testamentaria, algunas  líneas que  subrayo y vuelvo a subrayar, porque  proponen respuestas a lo que parece carecer de explicaciones aceptables. Por ejemplo, esta, que asumo como una norma: “En el poema, la cadencia y el ambiente de una palabra pueden pesar más que el sentido”.

Y es en ese instante cuando uno recuerda las palabras de Bergamín en su ensayo sobre Dante, cuando le atribuye al maestro del “dolce stil nuovo” creer inseparable a la música  de la poesía.  Y  Bergamín acota que “en ninguna otra poesía surge ante el pensamiento, con precisión plástica tan pura y resonancia musical tan honda, la imaginación o figuración que el poeta mágicamente nos revela”.  Es así, según un verso del propio Dante, “Il pensamiento en sogno trasmutai”. Y en ello concuerda el cubano Roberto Manzano, en el prólogo de  Pensamientos libres: “La escritura poética no solo exige fantasía para el plano conceptual, sino también para el plano vehicular…” Antes nos ha dicho el autor de Synergos las dos tendencias básicas de la lírica actual en Cuba: una, “el refinamiento vacío, deudora de un coloquialismo íntimo, imbricada con cierto aire posmodernista que se sueña de última hora”, “y otra tendencia a desarmar el texto hasta dejarlo, como un trozo de carne aporreada, en pura fibrilla”. Y en autores de estas tendencias, creo yo haber visto en ciertas páginas una presuntuosa aspiración a reclamar las ínfulas del canon poético, como intriguilla grupuscular.

El marxista George Tompson ya demostró que magia, ritmo y palabra se amalgamaron desde el principio para  fundar el metal de la poesía. Y si esa armonización de ingredientes  parecidos pero disímiles, no va por fuera, habrá de ir por dentro. Porque la poesía no puede resultar solo un ejercicio intelectual, ideográfico, aunque sea, en el fondo, ideológico. Esa es, pues, la carne ripiada o la resequez conversacional disimulada que ve Manzano y uno confirma en una poética que, analfabetizada en valores como la concisión y la cadencia, presume de una superdotada imaginología.  Si no es recomendable que se vea la voluntad de “hacer estilo”conscientemente –quebradura de la espontaneidad aparente- tampoco favorece al poema que se bifurquen las exigencias, de modo que se trasmuten, más que en sueño, en  exceso de ebriedad prosaísta o palabrera: Este verso dice: “… me visita sin avisar su inesperado arribo”. Y esta línea se acepta, sin preguntar si lo extralógico de la poesía ha de ser golpeado al pasar por entre las filas del garrote de la tautología o la inconcisión. ¿Fantasía conceptual;  ruptura  válida de la lógica del lenguaje? Tal vez sea posible en la infancia, el presumir que la llegada de lo inesperado se puede anunciar.  O quizás el poeta no se conoce, o no conoce los engarces del oficio. O yo no sé reconocer la ingenuidad creadora del autor.

Como lector, pues, me detengo ante el poema que no lo intenta parecer, y utiliza los caireles de lo sugerente y la recurrencia a palabras ya innombrables.  Me atrevo a ubicar la poesía en los parajes más neblinosos, intuitivos, inapresables  de lo humano. “He aquí que de pronto recuerdo/ y me digo: he vivido. / Aquí, en mí, tengo que decírselo a alguien a fin de que corrobore mi certeza. /  Una y otra vez digo: he vivido. / Y el incrédulo desmiénteme, replica: / Conozco cuanto sueñas, / niño mío. Ya/ iremos a conocer la vida, a comprobar/ los frutos: quiero de ti un testigo lúcido.”

Qué más podría pedir un lector de poemas, aunque este que cito fue publicado cuando yo sufría  la adolescencia. Y al leerlo hoy,  me animo a creer que el poema ya prefiguraba  a uno de los lectores que, 50 años más tarde, haría suya la experiencia del poeta.

¿Por qué uno escribe un poema? ¿Qué se busca? ¿Acaso una forma del conocimiento de sí mismo? ¿Un reencontrarse? ¿O historiarse? ¿Volverse hacia dentro, como en un viaje de vuelta?  Esas son preguntas de poetas. El lector, en cambio,  tendrá que seguirse preguntando: ¿A quién leo?  ¿A quién releo?  (Tomado de La palma de la mano, Cubahora) 

 

 

 

22/07/2011 20:15 Luis Sexto #. Literatura



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