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SUÁREZ Y ROMERO, ANTECEDENTE DE LA CRÓNICA EN CUBA

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Breve ponencia presentada en el V Encuentro Nacional de Cronistas, Cienfuegos, 12 de noviembre de 2010

Por Luis Sexto

De la crónica habrá que hablar en plural. La medida de nuestro ejercicio, nos va sugiriendo caminos, estaciones, desvíos, y planteándonos la duda, que, como establecieron los escoláticos, es el asiento de la verdad. In dubium veritas,  decían en ese latín que he querido inútilmente dominar desde cuando su gramática y  sus florilegios de aprendizaje le prometían al adolescente seminarista un cofre de misterios y luces.  La duda, pues, nos obliga a revisar, volver a ver alguna definición con el ánimo de precisarla en sus aciertos o corregirla en sus excesos ante de adentrarnos en la esencia del tema propuesto.

Hablando en plural de la crónica he de repetir lo que de seguro repetí en el primer encuentro de cronistas, en 2006: no existe una crónica, sino existen crónicas. Con lo cual intenté definir que había diversos tipos de crónicas, según fueran distintas las intenciones de los cronistas. Por tanto, podemos mencionar las de remembranzas, de viaje, de corresponsal, de ambiente, de costumbres. Suelen ser distintas en lenguaje e intensidad, pero clasifican como crónicas porque las distingue el predominio, o cierto predominio, de la subjetividad que se resuelve en impresión o emoción. Los modernistas tomaron de los franceses ese enunciado amable, inspirado, que ronda lo ensayístico –la aproximación personal, intelectual, no académica, a una idea, un objeto, un personaje-, pero se vincula con lo poético.  Esta última,  de acuerdo con la práctica periodística en Cuba y la lectura de varios maestros actuales en América Latina,  es la que con más derecho –derecho generado por el uso, y también abuso- puede exigir el título de ser “la crónica”.

Ya de lleno en el tema que expresa el título,  podríamos decir que la crónica actual cuenta con antecedentes anteriores al surgimiento del modernismo.. Y para empezar hemos de preguntarnos qué  hay de Anselmo Suárez y Romero en nuestras crónicas, y también qué diferencia podríamos hallar entre alguna de las crónicas de Anselmo Suárez y Romero y la de los escritores de costumbres, también  llamados cronistas,  y a cuyos enunciados  los historiógrafos de la literatura llaman también crónicas.

Sin perjuicio de que ustedes encuentren la respuesta, voy a adelantar la mía. Lo primero que advierto es que, en efecto, el lector detecta una distanciamiento entre algunas crónicas de Suárez y Romero y los enunciados  de los costumbristas del XIX,  contemporáneos del autor de Francisco. Quizás sea por que la llamada crónica de costumbres en el siglo XIX se apega más a la definición primigenia de que crónica es la relación de sucesos actuales, como  los textos de los cronistas de Indias. Todavía en algún país de nuestra América, por ejemplo en Bolivia, crónica nombra a un enunciado periodístico que relata los hechos pormenorizada y cronológicamente. Por tanto, a mí parecer la crónica costumbrista –la pasiva o la activa, esto es la que se limita a describir o la que punza,  ridiculiza- viene siendo un artículo, una especie de género de opinión, de crítica mordaz en sus mejores momentos. Por esa razón, algunos  estudiosos se refieren con más propiedad a artículos y articulistas de costumbres. Si conviniéramos en llamarlo crónica aceptaríamos entonces que es crónica  en tanto  da cuenta de sucesos y personajes de la actualidad, como los cronistas de Indias, cronistas por eso mismo: por registrar la cronología y sus características.

Veamos un fragmento de  un autor contemporáneo de Suárez y Romero. Antonio Bachiller y Morales escribió en El Prisma, revista vigente en 1846 este texto titulado “El insolvente en La Habana, o el hombre macao”: La clase de insolventes se divide en varias especies que tienen su tipo especial cada una. Según la especie son diferentes, los que les distinguen: por lo general el insolvente es semejante a nuestro macao, no tiene casa, sino que se cuela en las conchas que ve vacías: digo esto porque en mi no corta práctica forense, he notado que son los seres que sufren menos frío que existen en el mundo. Quien vive al abrigo de su anciana madre; quien en la casa de su mujer; ¡oh! esto es rarísimo en el mundo y comunísimo en La Habana.

Apartando la tentación de comentar las coincidencias con el presente en Cuba, hagamos una comparación con este texto de Suárez y Romero, escrito tres años antes, en 1843: Cuando se acerca el crepúsculo, amigo mío, un peso enorme me agobia el corazón. Los árboles se van poco a poco obscureciendo, los pájaros se ocultan entre las ramas, se ven grandes trechos de sombra en la tierra, comienza a correr un airecillo suave, y las pencas de las palmas  a suspirar blandamente. (…) Oyendo el concierto de las hojas, viendo deslizarse las aguas, y conversando con el negro que cuida hoy una tranquera, y que cuando yo no había nacido, tumbaba, robusto  como un atleta, cedros y ácanas donde ahora se extienden verdes campos de caña, me estoy hasta que por todas partes se han esparcido las sombras de la noche. Todo este texto, titulado “El guardiero” es una estampa, una crónica sobre un personaje del ingenio, el viejo esclavo ya inservible que al menos sirve para cuidar las tranqueras, las entradas de la hacienda. Y si en el cuadro de Bachiller y Morales nos percatamos de que lo que predomina en el  periodista o escritor es la intención de definir objetivamente un tipo  social, de acuerdo con una clasificación sociológica, en Suárez y Romero se aprecia aun en el breve párrafo citado un acercamiento lírico, lírico sin énfasis, con naturalidad, casi conversacional a las cosas, las costumbres y a los personajes. “El guardiero”, pues, de acuerdo con la teoría de los géneros hoy más aceptada, es de los dos fragmentos el que más se identifica con nuestra crónica, ese enunciado subjetivo, emocional, en el que el autor saca impresiones de dentro de su sensibilidad, aunque describa el mundo circundante,  que figura como pretexto de la sensación lírica.

Veamos una manifestación lírica en otro escritor contemporáneo de Suárez y Romero. Apareció en Flores del siglo, en 1846. Juan Güel y Renté va a hablar de Cojímar, del significado  que para el autor tiene  ese arrinconado pueblo de pescadores en el litoral norte de La Habana. Citemos la entrada: Yo te saludo, deliciosa playa de Cojímar. Después de tantos años de ausencia llego a tus blancos arenales como el pájaro viajero regresa a su amado nido, cambiado su nítido plumaje. ¡Cuántos días felices he pasado en tu seno, ya recogiendo tus pintadas conchas, ya persiguiendo las bandas de cangrejos, o ya sentado sobre tu cayo negro, tendiendo la caña a los incautos peces. Yo he vuelto a ver con ternura y regocijo tus deliciosas orillas y los mismos lugares que siendo niño buscaba para mis juegos…

Algo no nos convence. Salvando los más de 150 años que nos separan de esa prosa y de cierto gusto entonces dominante, nos percatamos del esfuerzo retórico poético, como si el autor hubiera hecho sonar su afectividad en un caracol hueco desde donde todo sonido brota quebrado, ronco, falso. Echamos de mano el desgarramiento lírico: no hay interiorización; la impresión se ha enredado entre las arenas y las piedras.

En cambio, oigamos a Suárez y Romero: Hay una cosa en mi patria que nunca me canso de contemplar; no es la ceiba de hojas infinitas que se levanta en la llanura, ni la cañabrava que mece sus penachos con la brisa, ni los naranjos cargados de azahares, ni nuestro sol, ni nuestra luna, ni nuestro cielo tan azul y tan hermoso, ni el hirviente mar que ruje en nuestras playas; son los magníficos palmares que suspiran perennemente  en sus llanos y sus colinas. No hay árbol más bello que la palma; pero cuando la casualidad  ha reunido un grupo de miles de ellas en la cresta  de una loma o en un valle pintoresco y apartado, no hay pincel capaz  de pintarlas, no hay poeta que pueda cantarlas dignamente en su lira. (…) ¡Escuchando la música de sus pencas, un poco antes de expirar, la muerte no debe ser tan amarga!

Suárez y Romero escribió esta crónica en 1852.   Continúa  la aproximación lírica al paisaje sin énfasis retóricos. Podríamos admitir un gran talento en este escritor que, aunque es propietario de un ingenio con unos centenares de esclavos, es capaz de conmoverse y conmover con la imagen del guardiero, o escribir una novela como Francisco, con perfiles abolicionistas, de un abolicionismo quizás sentimental. Y no nos extrañemos. La vida social y el papel de individuo inserto en ella no pueden someterse a comportamientos rígidos. Las paradojas –lo sabemos- son ingredientes de la historia. Pero en términos de identidad, en este escritor y pedagogo, profesor del colegio El Salvador de Luz y Caballero, el paisaje y la gente de Cuba ganan un espectro más luminoso y por tanto es más auténtica la emotividad con que lo refleja y lo recrea. Uno nota, pues, el paso de lo criollo a lo cubano, que vemos incluso en el empleo de la palabra “casualidad”,  más conversacional, más cubana si así pudiéramos proponer, en lugar de  “azar”,  más propia de la retórica neoclásica todavía influyente.

Suárez y Romero se inserta en el romanticismo. Y los románticos en Cuba, poetas, prosistas, incluso pintores, adelantaron la ruta hacia una expresión nacional. Si los pintores románticos “descubrieron” el paisaje cubano, aunque no lograron apoderarse todavía de la luz, los poetas empezaron a utilizar los términos más criollos nacionalizando el verso; por ejemplo, Milanés, aunque  Silvestre de Balboa –y ello sirve para demostrar que la gestación de la cultura no es un proceso matemático- ya había introducido en el neoclásico y españolizado Espejo de paciencia, los nombres autóctonos de la flora y la fauna.  Por tanto, la interiorización del enunciado  convierte a Suárez y Romero, sin forzar excesivamente las distancias epocales, en un antecedente de la crónica moderna, y quizás modernista en Cuba. Y nos trasmite, por encima de las diferencias y las limitaciones, una definición: la crónica es el perfecto ajuste entre la emoción y su lenguaje. Si este falta, falta la crónica. En  Palmares, una sola línea, sin pretensiones exaltadas, incluso con una ejemplar desnudez estilística,  resume la desgarradura subjetiva que la autentifica: “Hay un cosa en mi patria que no me canso de contemplar.” Ahí, a renglón entero, pervive todavía el cronista.  Y nos conmueve su crónica.




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