Facebook Twitter Google +1     Admin

LIBROS, MEDIOS, PRENSA

20100801151400-starbucks-by-ustanurdan2-300x198.jpg

Por Luis Sexto

Rubén Darío escribió un cuento cuyo personaje lloraba cada vez que se detenía ante un estante lleno de libros que él no podía adquirir. No voy a levantarme de mi silla para repasarlo en el volumen adecuado;  tal vez demore mucho en hallarlo en mi subdesarrollada biblioteca.  Se titula “El pájaro azul” y muchos podemos recordarlo. Lo leí siendo muy joven. Yo también, como ustedes, sufría cada vez que un libro se me insinuaba como una tentación en la que no podía caer. Pero el dolor, la punzada por aquello que considero un bien material supremo, ha cambiado de objeto: ahora, cada vez que veo un libro sufro algo, sí,  porque no pueda adquirirlo y leerlo, pero sobre todo, sufro porque no puedo escribirlo.

Entramos, pues, en materia con el rango de la crónica: hablando en primera persona, contando un sentimiento íntimo ante colegas que  tal vez sientan lo mismo. El libro, para nosotros, no es solo el instrumento de lectura, sino un medio de expresión. Ocurre, sin embargo, un fenómeno extraño. Cuando publiqué mi primer volumen, hace dos décadas, creí que había “llegado” a lo máximo en la escala de mis aspiraciones, que el asunto consistía en “coser y cantar”. Ahora, al cabo del tiempo, en los inicios de mi tercera edad, no me preocupa tanto escribir libros como escribirlos con responsabilidad. Este es, así, el aspecto que se me ocurre introducir como primera propuesta. Me otorgaron el privilegio, esta vez honroso, de ser una especie de ponente, de promovedor de la palabra en esta reunión de colegas argentinos y cubanos. El tema –me dijeron-  es tan amplio como inagotable: Libros,  medios, prensa.

La encomienda, que agradezco por el afecto que trasunta, parece fácil con un tema tan ancho, pero cuando uno ha de hablar de libros, medios y prensa entre gente que vive en el libro, los medios y la prensa, la faena se complica. De modo, amigas y amigos, que me gustaría insistir en la carga enorme de nuestras vidas por ser autores de libros,  trabajadores de los medios, y firmas de la prensa. La prensa y los medios, y también los libros, están cayendo planetariamente en cierto descrédito. Vemos que a diario medios y prensa sirven, en sus exponentes más poderosos, como difusores de espejismos, de medias verdades, de notarios que apoyan con su presencia la verdad de cuantos, de espaldas a la verdad, quieren imponer la suya como la única y verdadera. Se supone que la verdad se abre paso sola, que no necesita que la defiendan… Sin embargo, hoy la empujan misiles y cañones, porque algunos mitos, inscritos en el hielo,  empiezan a derretirse. Y el agua resultante nos advierte  que la verdad no se abre paso sola. Ni la nuestra. Si la verdad que intentan imponer los poderosos requiere de la guerra, incluso de un ablandamiento a base de sofismas, falsedades, una porción lamentable de libros, medios y prensa les sirven a ese propósito para promoverse como guerreros de la libertad.

Tal vez por ello los periodistas cubran estas nuevas guerras de conquistas, estas nuevas cruzadas en busca ahora de los caminos del petróleo, incluso del agua, mediante el control remoto, la asepsia participativa.  Al parecer, las coberturas bélicas a la manera de un John Reed o un Kapuscinski están pasando de moda, por obra de las limitaciones que imponen los abanderados de la libertad. Y quienes se arriesgan pueden caer mucho más rápido que antaño ante una bala “inteligente”. Viene a propósito parodiar un verso famoso de Bertold Brecht y decir: ustedes (ellos)  los abanderados de la libertad, no supieron ser libertadores.  Y sí todo lo contrario.

En fin, no sé.  Cada vez que hablamos de prensa o medios o libros hemos de hablar de cosas tristes. A primer plano ha subido el factor económico, uno de los  elementos –aparte de autor, obra y público- de la perspectiva sociológica desde donde podemos juzgar a libros, medios y prensa. Son, en mayoría, un negocio transnacional. Lejos están ya los tiempos en que el autor de libros, el periodista, el comunicador eran quijotes encabalgados sobre la honradez, alimentados con el vino rosado del romanticismo –como ha dicho el dramaturgo Peter Hanke- y discurriendo por el Campo de Montiel de las mejores causas del hombre.

Quizás entre nosotros, los latinoamericanos, se halle, además de las promesas de un genuino Nuevo Mundo, la posibilidad de insuflarles a la prensa, los libros y los medios esa cuota de honradez y responsabilidad que nos hará más dignos como autores, directores  y periodistas. Las verdades más limpias, más necesarias necesitan de caballeros e ideales para quitarles el calzado de tacones altos y hacerlas avanzar con pies de caminantes que hacen camino al andar. Paradigmas tenemos. Lo hallamos, por ejemplo,  en José Martí, que publicó su mejor periodismo en un periódico argentino, La Nación, y que supo impartir una lección de latinoamericanismo representando diplomáticamente  a la Argentina

Nosotros, en Cuba, en medio de una circunstancia que nos compromete más con la ética que con la estética, estamos, a pesar de que podríamos mañana ser una víctima como Irak o Afganistán –una víctima irreductible-, estamos, digo, tratando de que la prensa sea el mejor desayuno del cubano, tratando de que nuestros libros lleven la verdad esencial de la vida, la cultura y la lucha social, y tratando de que nuestros medios nunca abandonen los predios del pueblo. Ahora, quizás, ya podamos empezar a conversar. (2008)




Powered by Blogia

Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris