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TIEMPOS DE TERMINAR CON JUEGOS POLÍTICOS

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Por Lorenzo Gonzalo*

 

 

Quienes estamos acostumbrados a contemplar las represiones que ocurren en diferentes partes del mundo durante marchas políticas, estamos aún tratando de encontrar un parangón con la supuesta violencia a que fueron sometidas las llamadas Damas de Blanco, que recientemente han desfilado durante varios días en La Habana, Cuba.

 La prensa inicialmente mostró las imágenes del primer día, donde evidentemente hubo forcejeo entre las manifestantes y elementos de la fuerza pública que las obligaron a retirarse del lugar. El escenario se produjo, cuando las personas manifestantes, se vieron acosadas por grupos contrarios al mensaje político de quienes marchaban. Los policías se vieron obligados a utilizar fuerza, no así golpiza alguna, para sacarlas, evitando que los protestantes del otro grupo entrasen en confrontación violenta con las señoras que pedían la liberación de sus esposos.

Cuando las protestas tienen un carácter político siempre son propensas a encender los ánimos y las autoridades tienen que actuar con mucha cordura o de lo contrario caer en la trampa de la violencia. Así ocurrió con las protestas de Seattle, durante la reunión en esa ciudad, de la Organización Mundial del Comercio. La violencia fue tal que antes de concluida la reunión, las autoridades declararon el estado de queda en la ciudad.

 En Cuba es más complicado, porque no hay un procedimiento para solicitar permisos para manifestaciones públicas y tampoco hay regulaciones que las prohíban. Cuando ocurren, las autoridades deben proceder en concordancia con las afectaciones que puedan representar al orden público.

 Así sucedió durante la primera manifestación del las Damas de Blanco. El grupo que las insultaba era numeroso y la policía decidió retirar del lugar al menos nutrido, para evitar la confrontación que una gran cantidad de prensa, gobiernos y movimientos políticos contrarios al Estado cubano, desean.

 Nadie puede negar la bondad de una protesta compuesta por mujeres que piden que sus esposos sean puestos en libertad. Sin embargo, la manifestación realizada en la ciudad de Miami por unos miles de personas de diversas nacionalidades, en apoyo a ese grupo de cubanas reclamando la libertad de sus esposos, equivale a desenterrar el rábano tirando por las hojas. No trae ningún resultado positivo.

 Politizar la marcha de las llamadas Damas de Blanco, convirtiéndola en una reclamación de cambio de gobierno en Cuba y peor aún en cambio de proyecto social, es un craso error que sólo contribuye a dificultar aún más cualquier intento por suavizar el enfrentamiento de Estados Unidos con la dirigencia cubana. La manifestación de Miami no fue en apoyo a las Damas de Blanco, fue un estertor que intenta llamar la atención sobre Cuba, presentándola por su cara negativa y ocultando el verdadero conflicto que da lugar a muchas de las cosas criticables que en el país suceden.

 La movilización alentada por un grupo de artistas y gente de la farándula de Miami, en apoyo de esas cubanas, intenta revivir el protagonismo que por muchos años las Administraciones estadounidenses le dieron en Miami a representantes de la dictadura cubana que motivara la insurrección revolucionaria y a las personas que se prestaron a conspirar contra el proceso social iniciado posteriormente, sirviendo conciente o inconscientemente, a los intereses de Washington en aquella época.

 Es un tema superado, que se intenta revivir por el camino de protestas ejercidas a través de cantantes, artistas y personas aparentemente inocuas y carentes de aspiraciones políticas. Es apelar a las simpatía para sumar a un público marginal políticamente e intentar rescatar una entelequia llamada exilio, que no sólo contribuyó a evitar la estabilización del proceso cubano, sino que alentó la comisión de actos terroristas como la voladura del avión de Barbados que conducía pasajeros civiles a bordo. Es volverse a equivocar, en un momento que el mundo cambia y los países de Suramérica y el Caribe se debaten en la búsqueda de caminos que los alejen del liberalismo que los hundió en abismos de miseria.

 La solución no es inmiscuirse en los asuntos internos de terceros países, reclamando de ellos determinado sistema político, sino procurar que Washington cambie su estrategia respecto a Cuba.

 El mundo no va a entender que desde Miami le traten de imponer a Cuba su sistema de gobierno y mucho menos aceptará que Washington dictamine cómo debe organizarse el país. La independencia lograda por las naciones respecto a la Casa Blanca cada vez es mayor y un regreso a esos tiempos sólo conduciría a una confrontación que nadie desea. Especialmente cuando Estados Unidos está en un proceso de desgaste económico y países como China se ocupan de su desarrollo interior y no se gastan un centavo ocupando territorios y manteniendo bases imperiales alrededor del mundo. Estados Unidos sabe que tiene que cambiar o se hunde en la tembladera del Medio Oriente, donde yacen enterrados miles de millones de dólares y miles de soldados.

 Es justo apoyar que suelten a presos condenados a enormes sanciones por motivos puramente políticos. Es necesario que Estados Unidos no sume en Cuba a más incautos o ambiciosos a sus planes. Es importante que sus gobiernos no apelen a maniobras políticas para sancionar a cubanos, como los cinco agentes que guardan prisión, a condenas que no son aplicadas a verdaderos espías que han sido capturados en los últimos años, algunos de los cuales eran funcionarios del estado.

 No hacen falta marchas para encender el fuego. Es necesario abandonar la pirotecnia y las actitudes incendiarias y apelar a un cuerpo de bomberos responsables.

 Las marchas continuadas de las Damas de Blanco, paseando por las calles de La Habana desmiente las noticias de represión brutal que ha encabezados la primera página del periódico El Nuevo Herald por varios días. Un gobierno brutal hubiese golpeado el primer día y asesinado el segundo a los manifestantes. Nos parece que la situación reviste tanta seriedad que no se debe jugar con imágenes y posturas teatrales.

 La solución es aceptar que los dos países, Cuba y Estados Unidos tienen derecho a vivir en paz y cooperar en los asuntos de interés común y que, tanto de uno y otro lado, deben terminar los jueguitos políticos que causan víctimas inocentes. Marchas y contramarchas repudiantes y repudiados, definitivamente no es la solución.

(*El autor es periodista cubano residente en Miami)

 

26/03/2010 17:30 Luis Sexto #. Política



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