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FULGORES DE MATANZAS

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Por Luis Sexto

 Entre Raúl Ruiz y yo mediaron dos afinidades geográficas y un vínculo sentimental. Nacimos muy cerca. Él en Buenavista y yo en General Carrillo, ambos en la provincia de Villa Clara. La cultura de Remedios -metrópoli municipal- nos quemó los ojos de la niñez con la pirotecnia de sus parrandas y nos ahuecó el alma con la melancolía que, como polvo viejo, brota de sus costumbres y tradiciones remotas, y se adhiere a las calles, plazas y templos de la octava villa de Cuba.    

El otro dato habitacional que nos igualó, se amarra en Matanzas. Raúl Ruiz residió desde los diez años en la ciudad del Yumurí y el San Juan; yo trabajé y radiqué allí durante un tiempo, y fui asiduo contertulio del aburrimiento ambiente en el Parque de la Libertad y lector diario en la biblioteca Gener y del Monte. Pero esas coincidencias en el registro civil o en el de direcciones no deciden la proximidad, la consonancia entre dos personas. Uno –según ha sido demostrado por la experiencia- no elige el lugar donde nacer y, a veces, tampoco la ciudad, el barrio, la calle donde vivir.

Nos unió, por tanto, y nos propició respirar en una misma atmósfera sensible, sentimental, el amor que, como todos hemos aprendido en ejercicio personal y transferible, es don, entrega, elección consciente y voluntaria. Raúl Ruiz amó a Matanzas. Yo también. Y del tamaño de la pasión matancera de Raúl Ruiz obtuve  una confesión al leer su  libro: Retrato de ciudad, publicado por Ediciones Unión.

Raúl era historiador. Su obra escrita y sus afanes de ciudadano se  orientaron a esclarecer a Matanzas mediante la conservación del pasado en sus verdades y monumentos decisivos. Trató  la historia con la severidad, la discreción, con que se manipula el arca que conserva la alianza entre el ayer y el presente. Mas, en este nuevo libro, Raúl Ruiz no actuó solo como historiador. Digo mejor: no fue historiador, sin que por esa salvedad los valores del texto o los propios de Raúl se amengüen.

Ejerció como cronista. Y asumo los riesgos de utilizar la palabra. La crónica persevera siendo uno de los géneros periodísticos de más escurridiza definición. Por momento se llama cronista al que es tan solo articulista, o expositor, o reportero. En cuanto me concierne, me parece haber resuelto –para mi gobierno, desde luego- el litigio entre los teóricos y los profesionales en su múltiple y contradictorio enfoque. La crónica habitualmente es un cuento, pero al contrario de este, que ha de discurrir bajo la influencia de lo activo, de la acción, las peripecias de la crónica se deslizan sobre el predominio de lo lírico, lo subjetivo. La emoción. Y Matanzas, la Yucayo gentil de la canción, va desenvolviéndose en este libro mediante los rostros y líneas de sus fundadores, personajes, escenarios, catástrofes, leyendas, títulos, mientras las letras del autor la expresan con una ternura inusual en un volumen historiográfico.

Raúl Ruiz acaricia el lomo marino y montuno -piedra y agua, esplendor y sombra- de la ciudad que escogió como metáfora y justificación de su existencia. El historiador ha trascendido las fechas y los nombres que exige el rigor de su oficio, sin hacerlos desparecer. Las ha dotado de la dimensión de lo que, perviviendo como referencia, se trueca en asidero, justificación, en silueta u olor que, al deambular a través del tráfago de un día y otro, nos confirma en lo que somos.

Toda esa querencia por Matanzas me juntó sentimentalmente a Raúl Ruiz, aunque no alcancé su estatura amatoria. Él la quiso  con el apego del nicho propio, sustancia de carne y espíritu; yo con la perseverancia del viajero que, deslumbrado, nunca rechaza, sino, por el contrario, procura la vuelta a ese sitio seminal. Mi primera impresión de esa ciudad  se engarzó con los puentes. De niño, viajero en una Flecha de Oro –la ruta de los pobres-, procedente de Las Villas, se me reveló a la derecha  la ventana azul del mar, atravesado en la desembocadura del San Juan por un cruce ferroviario, y a la izquierda la lejana silueta de las pasarelas de la calzada de San Luis. El niño miraba desde el paso de hierro del Calixto García. Nunca olvidé la visión. Y me ocurrió como a muchos, o a todos, cuando al transitar por la ciudad les perturba el discurrir de los 15 viaductos sobre los tres ríos que, en lógico rebautizo, debían de legitimarle a la ciudad el apelativo de la Venecia de Cuba, con las góndolas inmóviles de sus puentes.

Nuestros nombres se aparearon, tomo a tomo, en los anaqueles del Registro Civil de Buenavista. Pero uno no es del sitio donde se mojó en el bautismo de la luz. Uno pertenece al ámbito donde la luz se le reveló en la mirada de una mujer, la prolongación de los hijos, las angustias de un ideal. O donde, como a mí, se le depuraron los filtros de la sensibilidad, al roce de un fulgor natural y humano que, en vez de relampaguear afuera, alumbra adentro. 

          

05/03/2010 09:39 Luis Sexto #. Literatura



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