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DE SEGUNDA MANO

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Por Luis Sexto

Las librerías de segunda mano se emparientan con  almacenes pujantes, muestrarios de sorpresas, reunión de  milagros donde lo viejo reaparece como nuevo para quien ignoraba su existencia. Lo descubrí cuando, muy joven, en ciertas tardes me echaba a las calles de La Habana con la inquietud casi inconsciente de ver, oír y vivir de los aires del pueblo y de la historia. Llegaba, con cierto recurrencia a Canelo, muy cerca del templo gótico de los jesuitas en la calle de Reina,  ancha y democrática calle que viene desde los fraternos bancos de los parques, ensanchándose en las aceras, cediendo al peatón el palio que no perteneció jamás a monarca tan clemente y dadivosa y que parecer estremecerse cuando en los Tres Centavos, a precio tan barato, compra el cielo que como un patio, allí en el empalme con Salvador Allende, se rebaja a hablar con la ciudad.

  Las sorpresas eran múltiples en esos tiempos, porque en el hurgar casi hipnótico además de libros, tropezabas con Labrador Ruiz,  Núñez Olano o Luis Gómez-Wangüermert,  tan abstraídos como tú.

En las librerías de viejo he visto el título insólito, ese que nunca esperabas encontrar, como El Papa Borgia, de Ferrara, hábil para clarear apócrifas cloacas de la historia europea, o Ariel o la vida de Shelley, de André Maurois. O abres, más bien por hábito, un ejemplar que ya leíste y encuentras anotaciones manuscritas un tanto injustas sobre el autor que, además de reconocido poeta, es amigo tuyo.  

Vas de asombro en asombro, de tentación en tentación. Y compras este, aquel, y también el del amigo, porque quieres protegerle el crédito, impedir que alguien más conozca aquellas opiniones dictadas, según el tono predominante, por la intolerancia. O la ignorancia ilustrada. Aún lo conservas. Pero has llegado a pensar que quizás el gesto de abnegación del bolsillo no era imprescindible. Uno, aunque no quiera, escribe para que otros lean y luego piensen o digan... cualquier cosa. Es riesgo del escritor y derecho del lector.

Las sorpresas pueden variar. Y un día de pronto te llama al periódico un lector e informa que un revendedor, uno de los que tienden sus ofertas en una acera, tiene  en su inventario un libro dedicado por Waldo Medina a una persona con tus señas. Le respondes que nunca te has desprendido de un texto que Waldo te hubiera dedicado. Tal vez –sugieres- pensó entregármelo y la muerte se adelantó. El lector te recomienda que vayas rápidamente o podría el librero venderlo, así, con tu nombre escrito en la letra desparramada de aquel abogado y periodista que, en la Cuba previa a 1959, mereció el título de Juez del pueblo por sus fallos contra los garroteros y los casatenientes.

Y una nueva sorpresa se adhiere a las demás. Porque te diriges a la esquina donde se acuestan los anaqueles del revendedor, junto al cine Yara. Y descubres que Obdulio es mucho más que un tratante. Luego de conocerlo, te percatas de la sensibilidad con la cual organiza y opera su negocio. Le das una vuelta cualquier tarde, y el saludo que te tira es un “qué estás leyendo”. De modo que enseguida comprendes que comercializa sus libros después de haberlos leído. Y lamentas que no todos los libreros sean iguales o parecidos a Obdulio, porque paseas de un lado al otro, mirando, hojeando, sopesando, y ninguno de los empleados de la librería se interesan por lo que buscas, ni intentan proponerte un título reciente, del cual quizás no sepan ni el nombre del autor. Y acostumbrado a creerlos simples custodios o cobradores, te extrañas cuando alguien desanuda la norma, como Miguelito, que fue administrador la librería de Monte y Cárdenas. O aquel español en la librería Las Américas, en Montreal, Canadá.  Me preguntó si necesitaba ayuda para encontrar lo que mis preferencias deseaban. Entre mis manos, tres libros ya sumaban algo más de 30 dólares, y le dije: deje, deje, que si me ayuda me va a  dejar sin el dinero sagrado de la comida. En esencia, el librero ha de ser un persuasivo promotor de la lectura.  

El libro dedicado por Waldo de modo tan original en la página 118, se titulaba Dos novelas de Macondo. El viejo, sabio de múltiple ciencia, quería tal vez influir en mi formación, pero olvidó entregármelo o murió antes, y alguien, tras su muerte, lo llevó a alguna librería de segunda mano. El ejemplar, por cierto, estaba sucio y estropeado. Obdulio, al saber que yo era el autor de las crónicas dominicales en JR quería regalármelo. Y le propuse una transacción justa. En mi subdesarrollada biblioteca figuraba esa edición. Cuidada. Limpia. Y se la di a cambio.

La memoria de Waldo merecía rescatar su dedicatoria. Aunque cuando me muera, ese libro, junto con el de mi amigo poeta, tachado de insultos, tal vez volverá a Obdulio. Y quién  lo encontrará sorprendiéndose de que en las librerías  de viejo reaparezcan las cosas como si fuesen nuevas.  

 

05/02/2010 14:06 Luis Sexto #. Crónicas



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