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LA VERDAD NECESITA DE LA GLORIA

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Por Luis Sexto

Uno de los hallazgos del lector que fui y soy es que el periodismo, además de objetivo y dinámico, necesita ser interesante. Acepto el criterio de que para escribir una cuartilla hay que leer diez cuartillas ajenas. Por lo tanto, antes que periodista fui lector, y nunca leí, ni leo, en un periódico o una revista, nada que no sea capaz de interesarme. Y la credencial de “lo interesante” se  aprecia en las primeras líneas. Interesante, digo, no solo porque el tema o asunto lo sea, sino por la imaginación con que es construido y es trasegado a la expresión”.

No puedo excluir que cada día creo más en los vasos comunicantes del periodismo y la literatura. Como diría el catalán Alberto Chillón, entre literatura y periodismo existe una larga crónica de relaciones promiscuas. Al menos, en términos generales y en ciertos géneros. Por ejemplo, si  una historia periodística me la presentan en un reportaje con la inarmónica, seca y lenta forma de un informe sindical o administrativo, colmado de obviedades, ya empiezo a desencantarme. Y si ello me ocurre a mí, que leo casi por obligación, cuántos lectores más se sentirán aburridos ante esa prosa notarial que suele creerse como la ideal para el trabajo informativo.

El periodismo es un ejercicio de cultura que parte del  mestizaje cultural, es decir, no solo saber de técnica periodística, sino de todo lo demás que convierta al periodista en una especie de sujeto del Renacimiento. Por tanto, para hacer creadora la legítima promiscuidad entre literatura y periodismo hace falta un desván atestado de experiencias vitales y de lecturas. Esa ha de ser la norma profesional por una parte; por la otra, el resultado tendrá también, como es lógico, un componente personal de facultades, talento, aptitudes. Por ello, en el ejercicio del periodismo se ha de aspirar a calzar botas de siete leguas, para poder usar cómodamente los zapatos que correspondan a nuestros pies.

No me parece posible por ahora una mayor presencia del periodismo literario en los medios cubanos. Muchas barreras lo impiden. En primer término, el paternalismo. Todavía creemos que hay que atemperar el estilo y la técnica a los lectores más rezagados, como si esos “lectores” en verdad leyeran. Alguien una vez me escribió criticando que yo usaba palabras muy raras, y citaba el término peyorativo. “Yo, que tengo dos títulos universitarios —decía airadamente el lector—, no sé qué significa esa palabra”.  Me parece, pues, que no hay que culpar al periodista; más bien, al lector, que no se inquieta por incrementar el saber que le validan sus títulos, y a la Universidad, que gradúa alumnos por dos veces sin que sepan qué significa peyorativo. Además, la falta de espacio ha limitado la extensión del periodismo literario.  Por último, mientras tengamos una concepción del periodismo subordinado a la propaganda, y no se imponga  el equilibrio entre lo importante y lo interesante, y no le sea reconocido al periodismo su papel activo en la creación de la opinión pública y  como promovedor de cultura, seguirá predominando ese “espíritu de cobrador de cuentas” que decía Miguel Ángel de la Torre distinguía a sus colegas en la década de los 1920. Tengamos presente, también, que el periodismo literario es, además,  signo de vocación, inquietud, talento. Es decir, es prerrogativa individual.

.El colega Enrique Milanés León  me formuló recientemente una pregunta sutil: “¿Usted se atrevería a ver en el  Premio José Martí que usted recibió en 2009, además de propio, como un estímulo adicional a que otros sigan un reporterismo de más vuelo?”  Y Tiene razón el agudísimo y modesto Milanés. Creo que esta vez el Premio José Martí no se caracterizó tanto por premiar a un periodista como por reconocer y estimular un tipo de vocación y de ejercicio periodístico. Un periodismo negado a ser una especie de acta del acontecer; un periodismo que parte de la convicción de que debe disponer de un espacio en la sociedad, como una visión sesgada que, desde el mismo balcón, sea capaz de completar la visión frontal que suele caracterizar a la política.

Es decir, en lo particular he creído que yo también tengo una opinión, aunque no coincida con quienes toman las decisiones. Y como la tengo, he de decirla en el medio donde mi crédito posee franquicia. Y he de decirla, no como la dicen los políticos, sino, aunque a la larga coincidamos con aquellos, como exige la relación entre periodista y lector: una forma que interese y atraiga, despegue y se eleve. No sé… pero pensar de otra manera equivaldría a desconocer a Martí. Las ideas del Maestro son también todavía tan hermosas y verdaderas, porque aún está vigente la forma con que las arropó. Como dijo uno de mis escritores predilectos desde la adolescencia, León Bloy: la forma no es un lujo, porque la verdad necesita siempre estar en la gloria.

Hay que tener en cuenta, también,  las facultades personales. Y por otra parte, cuando en las universidades se habla de periodismo literario, el alumno de pregrado ya ha asimilado un concepto tradicional del periodismo, con lo cual no hay tiempo académico para hacerle ver que el periodismo personal implica negar lo aprendido para poder enriquecerlo. Sin embargo, mi experiencia docente confirma que entre 40 alumnos, unos tres o cuatro tienen inclinación para trascender por el uso de formas más creadoras. No creo que por ahora podamos aspirar a más. No es desdeñable el valor de la individualidad. El talento parece, por momentos, una fruta en extinción

Reparo, en ese sentido, que el clima creador de una redacción depende de los editores, los cuadros. En la teoría de la dirección se establece que el 80 por ciento de lo que sucede en una empresa es atribuible a los que dirigen. Y desde Maquiavelo para acá se sabe que un conglomerado humano será lo que sus dirigentes hagan de él. Por lo tanto, a editores con un concepto plano del periodismo, ha de corresponder un periodismo plano en ese medio. Solo sobresalen los herejes que, con su obra tozuda y paciente, llegan a ser aceptados. Incluso premiados.

A veces olvidamos que el hombre como especie tiene la facultad de reconstruir lo vivido. Por ello existe la historia. Y ese privilegio de tener memoria y evaluar y reproducir lo vivido, alimenta el arte de la plástica, la literatura, incluso la música. El juglar acompañó el desarrollo de la civilización. Y entre juglar y periodista hubo poca diferencia. Por tanto, para no hacer pesadas estas palabras, el periodista ha de contar su noticia de la forma más vívida posible, cuando la noticia merezca convertirse en una novela breve y apasionante. Hoy recordamos y elogiamos a Kapuscinski, a García Márquez, a Hemingway, a Norman Mailer, a Pablo de la Torriente, a John Reed, a Alma Guillermo Prieto, a Joan Didion,  porque supieron o saben “contar la historia como novela y la novela como historia”, de acuerdo con el principio de Mailer”.

Sin excusas, uno ha de imponerse modelos. Porque la originalidad en el vacío no está fuera de toda duda: yo dudo de ella. Y por lo tanto sigo deseando que mi obra tenga la pasión y la valentía de León Bloy; la precisión de Hemingway; la imaginación de García Márquez; el estilo musical de Jorge Mañach; la audacia de Pablo de la Torriente Brau. Y la sinceridad de Luis Sexto, que es el único mérito que me tolero.

Y para hablar de colegas actuales,  pediría el uso de los adjetivos a Jorge Garrido; la síntesis a Argelio Santiesteban; el desenfado a Rolando Pérez Betancourt; la capacidad fabuladora a Leonardo Padura y el rigor estilístico de Eduardo Montes de Oca”. Y lo pediría por una razón principal: eso que reconozco en ellos, a mí me falta.

 




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